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Por Edwin Muller
(Basado en el libro «The Builders of the Bridge», por D. B. Steinman)
O HAY en el mundo otro puente cuya historia sea tan interesante como la delPuente de Brooklyn. Cuando la colosal estructura se terminó en 1883, era laobra de ingeniería sobresaliente del siglo; el puente de un solo tramo máslargo que se había construido hasta entonces, el más alto y de mayor resistencia, y el primero en que se habían usado cables de acero. Hoy hay puente más grandes; pero quizásno existirían si el de Brooklyn no hubiese mostrado el camino para la construcción de estasobras gigantescas.El mejor tiempo para ver el puente es al rayar el alba. De entre la niebla que cubre lasuperficie del agua surgen las dos majestuosas torres góticas de granito, ennegrecidas por más de medio siglo de intemperie. Los cuatro cables enormes descienden de las torres enmajestuosa curva a encontrarse con el arco del piso, el cual cuelga de ellos por una red decables secundarios que de lejos parecen meros hilos. Si bien el criterio fundamental del proyecto fue la resistencia, no se descuidó la estética, y el puente descuella por su bellezano menos que por su enormidad y solidez.Esta noble obra es un monumento a la ingeniosidad y la perseverancia de dosingenieros ilustres: John A. Roebling, que la concibió y proyectó, y su hijo Washington quela construyó. Pocos hombres han perpetuado su memoria con monumento tan grandioso; pero el erigirlo costó caro a padre e hijo. John Roebling pagó con la vida, y Washington,que se encargó del trabajo a los 35 años de edad, cuando rebosaba de vigor y energía, pasócasi todo el resto de su vida quebrantado de salud, lisiado y sufriendo terribles agonías.Siendo aún estudiante de ingeniería, John Roebling vio el primer puente colganteque se construyó en Alemania, su país natal. Cautivado por la eficacia de este método deconstrucción, lo escogió por tema de su tesis de grado.En 1831, a la edad de 25 años, emigró a la región occidental del estado dePensilvania. Después de despejar un pedazo de tierra virgen y establecer una haciendaagrícola, emprendió el negocio de construir casas y levantar planos topográficos. Por lanoche se ocupaba en hacer inventos, y, sobre todo, en el estudio asiduo de los puentescolgantes.Pág.1
 
En aquellos tiempos los barcos de canal tenían que transportarse de un lado a otrode colinas y montañas hasta de 600 metros de altura, en vagones arrastrados con cables decáñamo. Un día se rompió uno de estos cables; el vagón se precipitó cuesta abajo y mató ados hombres. A Roebling, que presenció el accidente, se le ocurrió la idea de que, si lograbaretorcer alambres de hierro flexible, podría hacerse un cable metálico cuatro veces másresistente que uno de cáñamo del mismo diámetro.Roebling construyó en su finca un largo cobertizo para retorcer los alambres, y, conla ayuda de los vecinos, hizo a mano el primer cable metálico, que dio muy buenosresultados. En 1842 patentó su invento, el cual inició una gran industria nueva. El cobertizode Roebling ha evolucionado hasta convertirse en la inmensa fábrica actual de John A.Roebling, situada en un pueblo de Nueva Jersey llamado Roebling también. El cable deacero revolucionó completamente la construccn de puentes y posibilila de losrascacielos, pues sin él no podrían existir los ascensores de larga carrera que se necesitan para tales edificios.A fin de demostrar la eficacia de su nuevo material, Roebling aceptó un contrato para construir un puente colgante sobre el Río Allegheny sin ganancia alguna. Esto le trajosu gran oportunidad: un puente sobre el Monongahela, en Pittsburg. Luego construyó otros puentes, entre ellos el de la estrechura del Niágara, que fue el primer puente ferroviariocolgante que se construyó en el mundo y se miraba entonces como una de las grandesmaravillas de la época.Por los años de 1860, Brooklyn, que era la ciudad norteamericana que crecía conmayor rapidez (su población era entonces de unos 250,000 habitantes) se veía penosamenterestringida en sus actividades por falta de medios adecuados de transporte. El paso a NuevaYork en ferry-botes necesitaba hasta dos horas en los días de niebla o hielo. A menudo sehabía pensado en un puente sobre el Río del Este, pero siempre se consideró imposibleconstruirlo, pues, a fin de no estorbar la navegación, habría que hacerlo de cerca de 490metros de luz, con el piso a 40 metros de altura sobre la superficie del agua; y, además,sería necesario cavar en el lodo hasta una profundidad de 23 metros, a fin de hallar rocafirme para los cimientos. Semejantes obstáculos no se habían vencido nunca en el mundo.Pero en 1857 un periódico de Nueva York publicó una carta en la que Roeblingindicaba la posibilidad de construir un puente sobre el Río del Este. La carta causó gransensación. Diez años después, cuando la asamblea del estado de Nueva York promulgó unaley que daba autoridad a una compañía particular para construir el puente, Roebling fuenombrado ingeniero en jefe.En los dos años que siguieron, envió a su hijo a Europa para que estudiase losúltimos adelantos hechos allí en los varios ramos de la ingeniería, sobre todo el nuevométodo de trabajar en cajones sumergidos bajo la presión de aire comprimido. Entre tanto,él estudiaba sin cesar y allegaba todos los datos asequibles. Al fin rindió un informe queaún se mira como obra clásica en la literatura de la ingeniería.El 6 de julio de 1869, John Roebling, de pie sobre los pilotes del muelle de un ferry- bote, estaba haciendo un estudio topográfico final para determinar la posición exacta de laPág.2
 
torre del lado de Brooklyn. Tan embebido se hallaba en su trabajo observando con elteodolito las señales del lado de Nueva York, que no vio el ferry-bote que se aproximaba.Topó este contra los pilotes, y dos de ellos al apretarse el uno contra el otro le aplastaron un pie. Hubo que amputarle varios dedos inmediatamente. Luego sobrevino el tétano.Roebling murió al cabo de dos semanas. En su lecho de muerte pidió encarecidamente a losdirectores de la empresa que encomendaran a su hijo Washington la construcción de la obrade ingeniería más notable del siglo.El primer problema del joven ingeniero fue el de asentar los cimientos de lasenormes torres más abajo de la profunda capa de lodo que formaba el fondo del río. A noser que este problema se resolviese satisfactoriamente, habría que desistir de la ejecucióndel proyecto. Cada cimiento debía soportar un peso de más de 70,000 toneladas métricas.Se remolcó a su lugar el cajón sumergible del lado de Brooklyn, que era una caja deltamaño de una casa grande, destapada por abajo, con paredes y cubierta herméticas. Laobra de mampostería de la torre debía alzarse sobre la cubierta del cajón, la cual era demadera y tenía unos 4 ½ metros en cuadro. Luego que el cajón empezara a hundirse, sellenaría su interior, llamado
cámara de trabajo
, de aire comprimido. Allí trabajarían losobreros, excavando en el fondo y enviando arriba el material por un sistema de tubos deextracción. El cajón descendería gradualmente por el lodo hasta llegar a suelo rocoso ofirme, sobre el cual se asentaría una masa de hormigón que llenara el cajón y sirviera decimiento a la mampostería de la torre.Roebling pasaba casi todo el día en el cajón con los obreros. El lugar era pavoroso,con hombres medio desnudos que se deslizaban como espectros en la espesa niebla, apenasvisibles a los débiles rayos de las luces de calcio, y ensordecidos por el estruendo demartillos y taladros.A medida que el cajón descendía centímetro por centímetro, se aumentaba la presiónen la cámara de trabajo. La situación era nueva y extraña para los obreros, y les causabamiedo e intranquilidad. Sentían opresión en la cabeza, y para hablar tenían que hacer granesfuerzo. Les parecía que estaban entrampados en la profundidad del agua, sin escapatoria,y casi como enterrados vivos.La excavación en el fondo del río se hacía más y más difícil. Había grandesfragmentos de roca que era preciso volar. ¿Podrían las explosiones producir en el airecomprimido vibraciones que les rompieran los tímpanos a los trabajadores? Por vía deexperimento, Roebling disparó un revólver en la cámara de trabajo, y luego hizo variasvoladuras con cargas cada vez mayores, que a nadie causaron daño alguno.Un domingo por la mañana se oyó un ruido ensordecedor cerca del cajón. De lasuperficie del río se lanzó hacia arriba una inmensa columna de agua, piedras y lodo, de150 metros de altura, y a poco las piedras comenzaron a caer en los tejados de las casasvecinas, aterrando a los moradores. Era que, por descuido de un obrero, el aire comprimidode uno de los tubos había escapado con violencia. Por fortuna, allí no había nadie entonces.Pág.3
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