femenino que, desde entonces, se conoce como: “...todo acto de violenciabasado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener comoresultado un daño o sufrimiento físico, sexual o psicológico para la mujer, asícomo las amenazas de tales actos, la coacción o la privación arbitraria de lalibertad, tanto si se producen en la vida pública como en la vida privada...”.A partir de esa fecha, el Cine abandonará progresivamente laautocomplacencia que se esconde tras la falta de compromiso. Durante eselento despertar de la conciencia cinematográfica, el maltrato de género irácobrando vida en la pantalla a medida que deje de atrincherarse tras unpatriarcado atávico en el que la mujer no pasa de ejercer como madre yesposa. En otras palabras, dejará de recibir un trato transversal yacomodaticio, basado en la complicidad impuesta por un sistema de valoresque reprime el ejercicio de las libertades públicas y constriñe la conciencia yla capacidad de acción individuales.Asimismo, la concepción escénica del maltrato de género se iráadaptando -en lo que toca a su representación plástica y evolución diegética-,a la necesidad de concienciar a la población de sus graves efectos. Tan es así,que pronto se pasa (tanto en la realidad como en la ficción) de una indolentetransigencia a una férrea intolerancia entre algunos sectores de la sociedad.Para entender la dimensión del fenómeno, es indispensable detenerse,primero de todo, en su análisis terminológico. Así, según reza la Ley Orgánica1/2004 de 28 de diciembre de la Constitución Española (CE): «Se trata de unaviolencia que se dirige sobre las mujeres por el hecho mismo de serlo, por serconsideradas, por sus agresores, carentes de los derechos mínimos delibertad, respeto y capacidad de decisión». La singularidad de la Ley reside ensu voluntad por combatir el maltrato de género, a cuyo fin se dirige la misma
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