Las fieras de TarzánEdgar Rice Burroughs
ISecuestro-El misterio más profundo envuelve el caso -manifestó D'Arnot-. Tengo informes de primera mano, según los cuales ni la policía ni losagentes especiales de su estado mayor tienen la más remota idea delmodo en que se consumó la fuga. Todo lo que saben es que NicolásRokoff se les ha escapado. John Clayton, lord Greystoke -en otro tiempo «Tarzán de los Monos»-,permaneció silencioso, sentado allí, en el piso parisiense de su amigoPaul D'Arnot, con la meditativa mirada fija en la puntera de suinmaculada bota.En su imaginación se agitaban mil recuerdos, provocados por laevasión de su archienemigo de la cárcel militar en la que cumplía lasentencia a cadena perpetua a la que le condenaron merced al testimo-nio del hombre-mono.Pensó en la cantidad de intentos de asesinato que había urdido Rokoff contra él y comprendió que lo que aquel individuo hizo hasta entoncesno era nada comparado con lo que tramaría y desearía hacer ahora queestaba libre de nuevo. Tarzán acababa de trasladar a Londres a su esposa y a su hijo, con elfm de ahorrarles las incomodidades y peligros de la estación lluviosa desu vasta hacienda de Uziri, el territorio de los salvajes guerreros waziricuyos extensos dominios africanos gobernó tiempo atrás el hombre-mono.Había atravesado el canal de la Mancha para hacer una breve visita asu viejo amigo, pero la noticia de la fuga del ruso había proyectado unasombra ominosa sobre su viaje, de modo que, aunque acababa de llegara París, ya estaba considerando la conveniencia de volver de inmediato aLondres.-No es que tema por mi vida, Paul -rompió Tarzán su silencio por fin-.Hasta la fecha, siempre he superado todas las tentativas asesinas deRokoff contra mí, pero ahora he de pensar en otras personas. O muchome equivoco o ese criminal se apresurará a ensañarse con mi mujer ocon mi hijo, antes que atacarme a mí directamente, porque es indudableque sabe que así puede infligirme mayores tribulaciones. De modo quehe de regresar en seguida y permanecer junto a ellos hasta que Rokoff seencuentre de nuevo entre rejas... o en el cementerio.Mientras Tarzán y D'Arnot mantenían esta conversación en París,otros dos hombres dialogaban en una casita de campo de los alrededoresde Londres. Se trataba de dos sujetos esquinados, de aire hosco,siniestro.Uno era barbudo, pero el otro, la palidez de cuyo rostro denotaba unalarga permanencia en lugar cerrado, mostraba en su semblante unasomo de pelo negro que sólo llevaba creciendo unos días. Este último
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