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Tristes Tópicos. Claude Levi-Strauss

Tristes Tópicos. Claude Levi-Strauss

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Published by Cami Flores
Capítulos 29: "Hombres, Mujeres y Jefes" y 30: "Un vasito de ron"
Autor: Claude Levi-Strauss
Capítulos 29: "Hombres, Mujeres y Jefes" y 30: "Un vasito de ron"
Autor: Claude Levi-Strauss

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Categories:Types, School Work
Published by: Cami Flores on Oct 01, 2013
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10/01/2013

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 Tristes trópicos
C. Lévi-Strauss 
Capítulo XXIX: “Hombres, mujeres, jefes.”
1
[...] Muchas veces he hecho alusión a las mujeres del jefe.La poligamia, que es prácticamente su privilegio, consti-tuye la compensación moral y sentimental de sus pesadasobligaciones, al mismo tiempo que le proporciona unmedioparacumplirlas.Salvorarasexcepciones,sóloeljefeyelbrujo(cuandoestasfuncionesserepartenentredosin-dividuos) pueden tener varias mujeres. Pero aquí se trata de un tipo de poligamia bastante especial. En lugar de unmatrimonio plural en el sentido propio del término, setiene más bien un matrimonio monogámico al que seagregan relaciones de naturaleza diferente. La primera mujerdesempeñaelpapelhabitualdelamujermonógama en los matrimonios ordinarios. Se conforma a los usos dela división del trabajo entre los sexos, cuida los niños, seocupa de la cocina y recoge los productos salvajes. Lasuniones posteriores, si bien son reconocidas como matri-monios, son de otro orden. Las mujeres secundarias perte-necen a una generación más joven. La primera mujer lesllama “hijas” o “sobrinas”. Además, no obedecen a las re-glas de división sexual del trabajo sino que participan in-distintamente de las ocupaciones masculinas o femeninas.En el campo, desdeñan los trabajos domésticos y perma-necen ociosas, ya jugando con los niños, que de hecho sonde su generación, ya acariciando a su marido; mientrastantolaprimeramujerseafanaalrededordelhogarylaco-cina. Pero cuando el jefe parte en expedición de caza o deexploración –o a cualquier otra empresa masculina–, susmujeres secundarias lo acompañan y le prestan asistencia física y moral. Esas muchachas con aspecto de jovencitas,elegidasentrelassbonitasysanasdelgrupo,sonparael jefe, amantes más que esposas. Vive con ella en una cama-radería amorosa que presenta un notable contraste con la atmósfera conyugal de la primer unión.Los hombres y las mujeres no se bañan al mismo tiempo,pero a menudo se ve al marido y sus mujeres poligámicastomarunbañojuntos,pretextoparagrandesbatallasacuá-ticas, pruebas e innumerables gracias. A la noche, juega con ellas, ya sea amorosamente –revolcándose en la arena,abrazados de a dos, tres o cuatro– ya de manera pueril–por ejemplo, el jefe wakletoçu y sus dos mujeres más jó-venes, extendidos sobre la espalda, formando sobre elsuelounaestrelladetrespuntas,levantansuspiesenelaireyloshacenchocarmutuamente,plantacontraplanta,aunritmo regular.La unión poligámica se presenta, de esa manera, como su-perposición de una forma pluralista de camaradería amo-rosa y del matrimonio monogámico; al mismo tiempo, esun atributo del mando, dotado de un valor funcional,tanto desde el punto de vista económico como psicoló-gico. Lasmujeresviven habitualmenteen muy buena rela-ción, y aunque la suerte de la primera parezca a veces in-grata (trabaja mientras oye a su lado las carcajadas de sumarido y de sus pequeñas amantes, y hasta asiste a los mástiernos retozos) no manifiesta mal humor. Esta distribu-ción de los papeles no es, en efecto, ni inmutable ni rigu-rosa, y a veces, aunque con menos frecuencias, el marido y su primera mujer también juegan; ella no está de ninguna maneraexcluidadelavidaalegre.Además,sumenorparti-cipación en las relaciones de camaradería amorosa está compensada por una mayor respetabilidad y cierta auto-ridad sobre sus jóvenes compañeras.Este sistema implica graves consecuencias para la vida delgrupo. Al retirar periódicamente jóvenes mujeres del cicloregular de los matrimonios, el jefe provoca un desequili-brio entre el número de muchachos y muchachas en edadmatrimonial.Loshombres jóvenesson lasvíctimasprinci-pales de esta situación y se ven condenados a permanecersolteros durante muchos años, o a desposar viudas o mu- jeres viejas repudiadas por sus maridos. Los nambiquara resuelven entonces el problema de otra manera: mediante
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Constructores de Otredad
1
En:
Tristes trópicos 
. EUDEBA, Buenos Aires, 1976. pp. 310-312.
 
las relaciones homosexuales, que llaman poéticamente
ta-mindige kihandige 
, es decir, “el amor mentira”. Esas rela-ciones son frecuentes entre los jóvenes y se desarrollanconuna publicidad mucho mayorque lasrelacionesnormales.Los participantes no se retiran al matorral como losadultosdelsexoopuesto.Seinstalancercadeunadelasfo-gatas del campamento bajo la mirada divertida de los ve-cinos. El incidente da lugar a bromas, generalmente dis-cretas. Esas relaciones son consideradas infantiles y casi nose les presta atención. Queda por saber si esos ejerciciosvan hasta la satisfacción completa o si se limitan a efusivi-dades sentimentales acompañadas de juegos eróticos, talescomo los que caracterizan, en amplia medida, las rela-ciones entre cónyuges.Las relaciones homosexuales sólo son permitidas entreadolescentes que se encuentran en la relación de primoscruzados, es decir en las que uno de ellos está normal-mentedestinadoaserelesposodelahermanadelotro,ala que, por lo tanto, el hermano sirve provisionalmente desustituto. Cuando uno pregunta a un indígena acerca delos contactos de ese tipo; la respuesta es siempre la misma:“Son primos (o cuñados) que se hacen el amor”. En la edad adulta, los cuñados siguen manifestando una gran li-bertad.Noesraroverdosotreshombres,casadosypadresde familia, paseándose por la noche, tiernamente abra-zados.Sea lo que fuere con respecto a estas soluciones de reem-plazo, el privilegio poligámico que los hace necesarios re-presentauna concesión importante que elgrupohaceasu jefe. ¿Qué significación tiene para este último? El acceso  jóvenesylindasmuchachasleocasionaunasatisfacciónnotanto física (por razones ya expuestas) como sentimental.Sobre todo, el matrimonio poligámico y sus atributos es-pecíficos constituyen el medio puesto por el grupo a dis-posicióndeljefeparaayudarloacumplirsusdeberes.Sies-tuviera solo, difícilmente podría hacer más que los otros.Sus mujeres secundarias, liberadas de los servicios propiosde su sexo por status particular, le prestan asistencia y loconfortan. Ellas son la recompensa del poder y al mismotiempo su instrumento [...].
Capítulo XXXVIII: “Un vasito de ron”
2
[...] Ninguna sociedad es perfecta. Todas implican pornaturaleza una impureza incompatible con las normasque proclaman y que se traduce concretamente por cierta dosis de injusticia, de insensibilidad, de crueldad. ¿Có-mo evaluar esta dosis? La investigación etnográfica loconsigue. Pues si es cierto que la comparación de un pe-queño número de sociedades las hace aparecer muy dis-tintas entre sí, esas diferencias se atenúan cuando elcampo de investigación se amplía. Se descubre entoncesque ninguna sociedad es profundamente buena; peroninguna es absolutamente mala; todas ofrecen ciertasventajas a sus miembros, teniendo en cuenta un residuode iniquidad cuya importancia aparece más o menosconstante y que quizás corresponde a una inercia especí-fica que se opone, en el plano de la vida social, a los es-fuerzos de organización.Esta frase sorprenderá al amante de los relatos de viajesqueseemocionafrentealrecuerdodelascostumbres“bár-baras” de tal o cual población. Sin embargo, esas reac-ciones a flor de piel no resisten a una apreciación correcta de los hechos y su reubicación en una perspectiva am-pliada. Tomemos el caso de la antropofagia, que de todaslas prácticas salvajes es la que nos inspira más horror y de-sagrado. Se deberá, en primer lugar, disociar las formaspropiamente alimentarias, es decir, aquellas donde el ape-tito de carne humana se explica por la carencia de otro ali-mento animal como ocurría en ciertas islas polinesias.Ninguna sociedad está moralmente protegida de talescrisis de hambre; el hambre puede llevar a los hombres a comercualquiercosa:elejemplorecientedeloscamposdeexterminación lo prueba.Quedan entonces las formas de antropofagia que sepueden llamar positivas, las que dependen de causas mís-ticas,mágicasoreligiosas.Porejemplo,laingestióndeuna partícula del cuerpo de un ascendiente o de un fragmentode un cadáver enemigo para permitir la incorporación desus virtudes o la neutralización de su poder. Al margen deque tales ritos se cumplen por lo general de manera muy discreta –con pequeñas cantidades de materia orgánica pulverizada o mezclada con otros alimentos–, se recono-cerá, aun cuando revistan formas más francas, que la con-denación moral de tales costumbres implica una creencia enlaresurreccióncorporal–que serácomprometidaporla destrucción material del cadáver– o la afirmación de unlago entre el alma y el cuerpo con su correspondiente dua-lismo. Se trata de convicciones que son de la misma natu-raleza que aquéllas en nombre de las cuales se practica la consumación ritual, y que no tenemos razones para pre-ferir. Tanto más cuanto que el desapego por la memoria del difunto, que podemos reprochar al canibalismo, no esciertamentemayor–bienalcontrarioqueelquenosotrostoleramos en los anfiteatros de disección.Pero sobretodo, debemos persuadirnos de que si unobservador de una sociedad diferente considerara ciertos
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Capítulo 2. La construcción del otro por la diversidad
2
En:
Tristes trópicos 
. op.cit. 388-390.

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