seducen. ¡Cuántas emociones de mis personajes procedían de mí y cómo he reídocon algunas de sus risas que, a la vez, podrían también reírse de mí!En mis dos folletos, «Pequeño manual individualista» (1905) y «El subjetivismo»(1909), intenté sorprender a mis lectores con mis pensamientos impetuosos, ydespués los he infiltrado, en conversaciones y conferencias, con rudeza variable yquizá, acomodaticia ante mi auditorio.Prudentemente deseo olvidar lo publicado. Me interesa indagar el sentido en quehan variado o han sido inmutables mis ideas y me interesaría mucho más descubrir las causas de mis mutaciones o de mis firmezas durante la nebulosa del próximo pasado. Mas este examen debe ser independiente de lo práctico y esencial a fin deque no quede disminuida mi decidida voluntad de mostrar lo más profundo de misinceridad. Igual que se saca la venda de una herida para curarla, la confesiónremplazará o acompañará a la meditación en un tema doloroso.Al publicar mis ideas, que considero concretas, quiero olvidar al lector. Pensar en él suele suponer hacerle concesiones, valerse de la astucia, de la argucia, o de laosadía exageradas para seducirlo con cierta persuasión. Desecho las peligrosastolerancias y las imposiciones autoritarias, que son siempre perturbadoras paraesclarecer la inteligencia. Conozco por intuición ciertas verdades. No puedo llevar a otro a mi propio punto de vista. Si pienso en él, quizá oculte, desconfiado, elvalioso tesoro para que ni siquiera lo sospeche: O bien, para evitar que se burlende mis riquezas y las acepten, las mostraré en un orden de lógica aparente,iluminadas con falsos brillos que disminuyan sus verdaderas luces naturales. Ellector suele ser demasiado exigente. Lo que yo ignoro o no me interesa, él quiereque lo conozca y lo exprese. Así, al atender apremios ajenos, yo estoy expuesto aser inducido por un interés artificioso y a valerme de una seudo ciencia.Para descubrir las condiciones físicas, uno debe alejarse de las conversaciones yde las discusiones, se aísla en el laboratorio, para olvidarse, en las profundidadesde la investigación, de los hombres, de sus prejuicios, de las solicitaciones de suindustria puerilmente impaciente... ¡Cuánto más se necesita silencio y paz para penetrar en los misterios de la sabiduría! Con un halo de luz burlona, las vibrantesverdades interiores sobrepasan las más vastas y ágiles fórmulas y están lejos de las precisiones pesadas que necesitan controversia y didáctica.Además, ¿cómo estas meditaciones pudieran acaso ser útiles a algunos lectores sino sirviesen primero al que las engendra?... De todos modos, no sé, ni puedo, niquiero saber si escribo para mí solo o para un pequeño grupo de inteligenciasamigas. Esto dependerá del juicio que me inspire la obra terminada y del bien queella me aporte o me rechace. Este libro es, sobre todo, y acaso únicamente, unesfuerzo para ilustrarme a mí mismo. Lámpara ingenua que enciendo cerca de laestatua bosquejada, ¿estás destinada a salir del taller?... Poco importa. Lo que yosolicito de tu vacilante llama es ayuda para mejor continuar mi trabajo.2
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