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Barbara Cartland - La mansión del amor

Barbara Cartland - La mansión del amor

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10/04/2013

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La mansión del amor 
Barbara CartlandCapítulo 1Tengo entendido, Darcia, que tu tía desea que la visites mañana en París. —Así es, reverenda madre. —Sabes que no apruebo que mis alumnas vayan a París ni tengan nada que ver conesa ciudad. —Sí, reverenda madre. —Habría sido mejor que ella te visitara aquí, en el convento. —Tal vez, reverenda madre, el viaje le resultase muy pesado.Se hizo el silencio mientras la superiora observaba con mirada escrutadora a la joven quetenía frente a ella, al otro lado del escritorio. No había duda de que Darcia, desde que estaba a su cargo, se había convertido en una belleza.Quizá por eso estaba reacia, aunque no era plenamente consciente de ello, a permitir que la joven, aun acompañada, viajara desde la tranquila y enclaustrada atmósfera del colegio a laque se conocía como «la ciudad más alegre del mundo».Sin embargo, la reverenda madre tenía que reconocer que Darcia era una alumnamodelo en todos aspectos.Se esforzaba mucho y no había ninguna otra que tuviera tantas distinciones académicas,y aunque era la única inglesa, simpatizaban con ella todas las demás y era la favorita de las monjas.Su cabello de reflejos cobrizos y sus ojos, de un extraño verde avellana, eran unacombinación única entre los cientos de jovencitas que habían pasado por el internado en los últimosaños.Agradaba a la superiora la compostura con que Darcia esperaba a escuchar si podría visitar ono a su tía, sin insistir ni mostrarse impaciente.La reverenda madre tomó su decisión: —Muy bien, Darcia. Puedes ir a París y como tu tía dice que enviará un guía por ti, eso meahorrará conseguirte una acompañante. Pero debes dejar claro que este tipo de arreglos no sonsatisfactorios para mí. —Alo ha, reverenda madre —asintDarcia con tono obediente—, y gracias po permitirme aceptar la invitación de mi tía. —Un mensajero espera, así que debes escribirle una nota enseguida. —Gracias —repitDarcia e hizo una reverencia antes de abandonar el despacho.Sólo cuando cerró la puerta dio un salto de alegría y corrió con lo que la superiora habríaconsiderado una prisa innecesaria hacia el aula, que en aquel momento estaba vacía.Abrió su pupitre, sacó papel de escribir y puso unas líneas, que habrían dejado estupefacta a lareverenda madre. Decían así:
Queridísimo mío:
 
 No puedo esperar hasta mañana y estacontigo tan p to como puedan llevarme tuscaballos.
 
 Mi amor y mil besos.
 
 Darcia.
 Cerró el sobre y se dirigió al vestíbulo, donde la monja de guardia le entregó lamisiva al sirviente que esperaba fuera.Por la puerta entreabierta, Darcia lo vio montar en un caballo de pura sangre y sinduda muy veloz.Enseguida corrió escaleras arriba para decidir qué se pondría al día siguiente, cuandovisitara París por primera vez en dos años.El carruaje que pasó a recoger a Darcia a la mañana siguiente era sumamente cómodo, pero no llevaba escudo de armas ni cualquier otro distintivo en las portezuelas.El conductor y el palafrenero iban sobre el pescante y el guía, un hombre de edad queesperaba respetuoso ante la puerta del convento, se inclinó ante Darcia cuando ésta apareció.Ella inclinó la cabeza y subió al carruaje en silencio.El guía se sentó de espaldas a los caballos y, mientras el carruaje se alejaba, Darciase asomó para agitar la mano en señal de despedida a la monja que la observaba, hasta queésta cerró la puerta.Sólo entonces se arrellanó Darcia a sus anchas y dijo al hombre que iba frente a ella. —¿Cómo estás, Briggy? —Encantado de verla, señorita Darcia. Ha crecido y cambiado tanto en estos dosúltimos años, que dudo que el amo la reconozca. —¡Tengo tantos deseos de verlo! Estos dos años sin él me han parecido muy largos.
 — 
Supuse que era así como se sentía. Pero el amo estaba decidido a que recibiera usteduna buena educación. —Me han metido tantos conocimientos, que a veces me siento como un pavo relleno.Ambos se rieron. —¿Cómo está papá? —Bien, pero ya lo conoce, señorita: vive demasiado aprisa. —No le queda s remedio. Sería extraño si no lo hiciera. —Muy extraño, es verdad. —¿Donde estáis viviendo? Creía que nuestra casa de París estaba cerrada. —La abrimos especialmente para que el amo pueda verla al; pero me encargórecomendarle que es importante que nadie la vea ni se entere de que lo visita.Darcia pareció sorprendida, pero antes de que pudiera hablar, Briggy continuó diciendo: —Me dio este velo para que se lo ponga sobre el sombrero antes de entrar en la casa. Nodesea que la servidumbre sepa de dónde llega. El conductor ha jurado guardar el secreto.Como lleva muchos años con nosotros, no es probable que se vaya de la lengua.Darcia rio muy divertida. —Todo suena muy al estilo de papá, ¿por qué? ¿Cuál es la razón de tanto secreto y lanecesidad de que yo sea casi invisible? —Por supuesto que no será invisible, señorita Darcia. Si no lo considera unaimpertinencia, le diré que se ha puesto tan hermosa, que el amo se llevará una gran sorpresa. —Eso espero. Desde pequeña he sabido que a papá sólo le agradan las mujeres bonitasy solía rezar cada noche para ser cuando creciera muy bonita y agradarle. —No hay duda de que sus oraciones fueron escuchadas,señorita.
 
 —Gracias, Briggy; es lo que deseaba escuchar. Darcia había dicho la verdad al comentaque siempre había sabido que a su padre le gustaban las mujeres bonitas. Ellas a su vez, loadoraban.El único problema era que llegaban y se iban con tal rapidez, que apenas empezaba Darcia aencariñarse con alguna encantadora criatura que vivía en su casa y evidentemente mantenía unarelación íntima con su padre, cuando su lugar lo ocupaba otra y luego otra más.Recordándolo, Darcia se dio cuenta de que había olvidado sus nombres y no le era posible distinguir a una de otra. Todas tenían algo en común: como deseaban estar a bien con elapuesto, encantador y libertino lord Rowley, ponían empeño en mimar a su única hija.Pero esto no había afectado el carácter de Darcia. Desde pequeña se dio cuenta de quegran parte de lo que le decían no era sincero y que el afecto que le demostraban estabacalculado para impresionar a su padre.Las comprendía perfectamente, porque tampoco para ella existía nadie más fascinanteque el hombre a quien se tenía por el más devastador libertino de su tiempo.Conforme crecía, Darcia se percató, con una inteligencia superior a sus años, de que su padre había nacido en una época equivocada.En los días alocados del período georgiano habría estado en su elemento como jefe delos petimetres que rodeaban al regente, el «Príncipe del placer» como le llamaban, que se convertiríamás tarde en Jorge IV.Por el contrario, en la puritana y grave corte de la reinaVictoria, lord Rowley era considerado como un excéntrico que iba demasiado lejos y acabó por convertirse en oveja negra de una sociedad hipócrita. No ser descubiertos era la consigna de quienes se las arreglaban para divertirse sin incurrir en la desaprobación de «la viuda de Windsor»; así era como denominaban a la soberana.Esto obligaba a tomar precauciones, pero lord Rowley jamás supo lo que era la precaución.Se burló de los convencionalismos hasta que Inglaterra se convirtió en un lugar imposible para él yhubo de marcharse al extranjero llevándose consigo, como gesto de despedida, a una de lasdamas de honor favoritas de la reina, quien creyó, ingenua y equivocadamente, que valía la pena perder su lugar en sociedad por amor.Fue el escándalo provocado por tal acción, lo que hizo que lord Rowley pensara en hacer algo respecto a su hija.Un mes antes que Darcia cumpliera dieciséis años, la envió al convento del SagradoCorazón, después de una cuidadosa búsqueda para encontrar un internado donde no hubiera jóvenes inglesas y que tuviese, además, un alto nivel académico.Darcia no se opuso a esta decisión, porque los años le habían enseñado que era una pérdida de tiempo; pero se sorprendió bastante cuando su padre le comunicó que la habíanadmitido bajo el nombre de Darcia Rowell.Antes que pudiera preguntar nada, lord Rowley le explicó: —Primero, si se enteran de quién es tu padre, dudo que te acepten. En segundo lugar, elsaberse que estás relacionada conmigo podría perjudicarte. —¡Qtontería, papá! Estoy muy orgullosa de ser tu hija. Ninguna otra muchacha podríatener un padre más original y adorable ni que le hiciera la vida más divertida.
 — 
Eso estaría bien si fueras varón; pero eres mujer, cariño, y muy bonita. Por eso debo brindarte la oportunidad de ser tú misma. Este es el primer paso. Cuando seas mayor te explicarécon más detalle las dificultades a que habrás de enfrentarte. Por el momento, quiero que seas nosólo bella, sino instruida. La mayoría de las mujeres son unas ignorantes. A eso se debe que unhombre se canse tan pronto de ellas.

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