Beashley, W.G.,
Historia Contemporánea de Japón.
Alianza, Madrid, 1995.Capítulo 13La ocupación militar, 1945-1952El lenguaje usado por el emperador para informar a su pueblo de la decisión de rendirsefue en extremo elíptico. «Pese a haber hecho todos y cada uno mejor que se podía», decía enel mensaje, « ... la situación de la guerra no se ha desarrollado necesariamente en beneficio deJapón». A fin de evitar más derramamiento de sangre, acaso incluso «la extinción total de lacivilización humana», Japón tendrá que «soportar lo insoportable y sufrir lo insufrible».Muy pronto se vio lo que en la práctica esto quería decir. La aparición en Tokio de lasfuerzas aéreas norteamericanas y de una flota aijada anclada en Yokosuka, al sur de Tokio, lasórdenes dadas a los soldados japoneses en ultramar de deponer las armas y a los que estabanen el país de regresar pacíficamente a sus pueblos y ciudades de origen, todo esto trajo a casade forma vívida la realidad de la derrota. Por primera vez Japón estaba bajo ocupación militar extranjera. En la zona de Tokio-Yokohama la población permanecía en lo posible encerradaen sus casas por temor a atrocidades y represalias. Por todas panes se veía que laadministración del país, al igual que la economía, estaba en el caos: la producción, paralizada; pocos trenes, menos transpone por carretera; apenas había alimentos, por lomenos en las ciudades. Para una nación que durante semanas había sido exhortada a prepararse para resistir hasta la última trinchera, el cambio era desconcertante pese al bombardeo y a las otras señales del desastre multiplicadas por doquier el año anterior. Laterminación de la guerra trajo, por lo tanto, una sensación de alivio, pero también el
shock
dela desilusión. La secuela era también una sorda apatía, evidente en la forma de caminar de lagente, en el silencio de las calles, en la concienzuda provisión de divertir al conquistador.Tan brusca fue la rotura con lo de antes que uno puede estar tentado a considerar septiembre de 1945 como el final no de un capítulo, sino de una historia, y a tomar a todo loque siguió como parte de un nuevo comienzo. Y, efectivamente, así fue en muchos aspectos.La derrota actuó como una catarsis, agotando las emociones que hasta entonces los japoneseshabían centrado en sus relaciones con el mundo exterior. También abría la vía a cambiosradicales impuestos por los vencedores en las instituciones politicas y sociales. Sin embargo,este cambio de trayectoria puede ser exagerado. Una vez que pasó el choque y que los japoneses volvieron a tomar la iniciativa en la dirección de sus propios asuntos, dieron a lonuevo algo de la actitud y personalidad de lo viejo: menos de la América de los años cuarentay más del Japón de los años veinte y treinta. El resultado es que en muchos contextos se puede trazar hoy una línea de continuidad con el pasado reciente mucho más larga de lo queantes hubiera parecido posible.
La solución política de la postguerra
La política a seguir en el Japón ocupado fue elaborada por el gobierno norteamericanodespués de un mínimo de consultas con los aliados. Su finalidad básica, como se expresabaen una circular enviada al jefe de las tropas aliadas de Japón en noviembre de 1945, eraasegurarse de «que Japón no volviera a ser una amenaza a la paz y seguridad mundial» para poder ser readmitido «como miembro responsable y pacífico en la familia de naciones». Los pasos que para ello tendrían que darse serían: «abolición del militarismo y delultranacionalismo en todas sus formas, el desarme y desmilitarización de Japón con un1
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