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d o s s i e r
demostrado bastante bien. Lo que horroriza a la moderna sensibilidad políticano es la violencia
per se
, sino la que carece de sentido. Esa violencia que no esni revolucionaria ni contrarrevolucionaria, la que no puede ser explicada por lahistoria del progreso, la que nos parece insensata. Al no estar esclarecida porparadigma alguno, la violencia no revolucionaria nos parece obtusa.Como no podemos explicarla, damos la espalda a la historia. Vale la penaseñalar dos de esos esfuerzos. El primero recurre a la cultura, el segundo a lateología. El giro cultural distingue a la cultura moderna de la premoderna yluego ofrece a ésta como una explicación de la violencia política. Si la violen-cia revolucionaria o contrarrevolucionaria surge de identidades de mercadocomo la clase, entonces se dice que la violencia no revolucionaria es el resulta-do de una diferencia cultural. A escala mundial, esto se llamó el choque de ci-vilizaciones.
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En el plano local, es decir, cuando no cruza las fronteras entreOccidente y el resto, se le llama conflicto comunal, como en el sur de Asia, oconflicto étnico, como en África. Existe una gran resistencia, moral y política,a estudiar detenidamente esta violencia colocándola en un contexto histórico.
I
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IDENTIDADESLEGALESYPOLÍTICAS
Si queremos que la violencia política sea concebible, necesitamos entender elproceso mediante el cual víctimas y victimarios se polarizan como
identidades de grupo
. ¿Quiénes creen ser los autores de la violencia? Y, ¿a quién creen queeliminarán? Inclusive si las identidades impulsadas a través de la violencia pro-vienen de campos ajenos a la política –como la raza (de la biología) o el grupoétnico o la religión (de la cultura)–, necesitamos desnaturalizar esas identidadesesbozando su historia y explicando sus vínculos con formas organizadas de poder.Así como ubicamos las identidades de mercado como la clase en la historiade los mercados para entenderlas como producto de relaciones históricas espe-cíficas, del mismo modo debemos recurrir a la historia de la formación del Es-tado para entender la naturaleza histórica de las identidades políticas. Particu-
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Véase, por ejemplo, Samuel Huntington,
The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order
,Nueva York, Simon and Schuster, 1996. [Versión en español:
El choque de civilizaciones y la reconfiguración del orden mundial
, México, Paidós, 1998.]
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