profesor de latín -con cierta debilidad por Catulo- en unapequeña universidad del medio oeste.El quinto y último hijo nació a los cuatro años y siete mesesdel día de la boda; de tal suceso, sin embargo, la madre tuvola fortuna de no recuperarse, razón por la cual Joe Bunden,en un acceso inhabitual de contrición sentimental, puso albenjamín su propio nombre, y se casó de nuevo. La segundaseñora Bunden era una arpía alta y angulosa que, cual brazoejecutor de la justicia sin saberlo, ocasionalmente propinabaa su marido(1) Bud: tipo, chico, amigo, compadre. (N. del T.)-según erasabido- vigorosas palizas con estacas de la lumbre.El primer acto oficial del nuevo régimen fue privar a Julietade su nombre, que pasó a ser Jule a secas; a partir de aquelinstante Julieta y su madrastra, en quienes latía una mutua einstintiva antipatía desde el día mismo en que se conocieron,se odiaron abiertamente. No sería sino dos años después,empero, cuando la situación se haría insoportable. A lossiete años, Julieta era una chiquilla traviesa como unduende, delgada como un junco y morena como una baya, conangostos ojos negros y sin fondo, como los de un animalito, ynegra melena curtida por el sol. Un marimacho que zurrabaimparcialmente a sus menos despiertos hermanos y maldecía asus padres con pasmosa fluidez.Joe Bunden, en sus periódicos arrebatos de plañideraembriaguez, se lamentaba de la desintegración de la familia eimploraba a Julieta que fuera más cordial con su madrastra.Como quiera que la brecha abierta entre las dos fuerainsalvable, Joe Bunden se vio obligado, a fin de procurarsealgo de paz, a enviar a Julieta a casa de la abuela.Allí todo era diferente, hasta el punto de que su protestaretadora ante el orden existente se convirtió en merabeligerancia perpleja; y, pasado un tiempo, ante la ausenciade cualquier tensión emocional, en una suerte de felicidadnegativa. También allí había quehaceres en la casa y en elhuerto, pero vivían juntas apaciblemente. Su abuela, que erala madre de su padre, había dejado atrás las perturbadorasramificaciones del sexo, y consiguientemente era juiciosa;controlaba a Julieta de modo casi tan sutil que jamás habíaentre ellas roce alguno. Julieta poseía al fin, sindesazones, la paz e intimidad que deseaba.La casa cuyo foco tormentoso había sido no la habríareconocido. El cambio, que sobrevino en el momento crucial,la había expurgado de su orgullo ardiente y suceptible, de subelicosidad nerviosa e inquieta, del mismo modo que su vidaanterior la había expurgado de todo afecto animal por los
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