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William FaulknerRelatos inéditosAdolescenciaINo era natural de la región. Como le había sido impuesto porlas ciegas maquinaciones del azar y de la aún más ciega JuntaEscolar del condado, habría de seguir siendo hasta el fin desus días extranjera en esta tierra de colinas de pinos yhondonadas de lluvia y de fecundas tierras ribereñas. El suyodebería haber sido un medio de decadencia levementesentimental, de comodidad formal entre ritos de té yactividades delicadas y superfluas.Era una mujer menuda con enormes ojos oscuros, que en elgalanteo físicamente crudo de Joe Bunden habríade hallar elfalso romance donde encauzar los ardores de sus inhibicionespresbiterianas. Los primeros diez meses de su matrimonio -untiempo de trabajo manual sin precedentes- no lograrondestruir sus ilusiones; su vida mental, proyectada haciaadelante, hacia el esperado hijo, le ayudó a sobrellevarlos.Había anhelado que fueran gemelos, niño y niña, para poderllamarles Romeo y Julieta, pero se vio forzada a prodigar suhambriento afecto a Julieta(1) únicamente.Su marido disculpó la elección del nombre con una toleranterisotada. La paternidad pesaba sólo muy levemente sobre susespaldas: como todos los machos de su índole consideraba lallegada ineludible de los hijos como un inevitableinconveniente más del matrimonio, como el riesgo de mojarselos pies mientras se pesca.A partir de entonces, de forma(1) El nombre inglés es Juliet; hemos empleado sucorrespondiente castellano, Julieta, porque resultaríaincongruente emparejar otro distinto al de Romeo. (N. del T.)regular y sucesiva, aparecieron Cyril, que un día accederíaal Cuerpo Legislativo del Estado, y Jeff Davis, que acabócolgado en Texas por el robo de un caballo, y otro varón aquien la madre, ya con el ánimo quebrado y apática enextremo, renunció a dar nombre alguno y que, porconveniencia, atendía por Bud(1), y que llegaría a ser
 
profesor de latín -con cierta debilidad por Catulo- en unapequeña universidad del medio oeste.El quinto y último hijo nació a los cuatro años y siete mesesdel día de la boda; de tal suceso, sin embargo, la madre tuvola fortuna de no recuperarse, razón por la cual Joe Bunden,en un acceso inhabitual de contrición sentimental, puso albenjamín su propio nombre, y se casó de nuevo. La segundaseñora Bunden era una arpía alta y angulosa que, cual brazoejecutor de la justicia sin saberlo, ocasionalmente propinabaa su marido(1) Bud: tipo, chico, amigo, compadre. (N. del T.)-según erasabido- vigorosas palizas con estacas de la lumbre.El primer acto oficial del nuevo régimen fue privar a Julietade su nombre, que pasó a ser Jule a secas; a partir de aquelinstante Julieta y su madrastra, en quienes latía una mutua einstintiva antipatía desde el día mismo en que se conocieron,se odiaron abiertamente. No sería sino dos años después,empero, cuando la situación se haría insoportable. A lossiete años, Julieta era una chiquilla traviesa como unduende, delgada como un junco y morena como una baya, conangostos ojos negros y sin fondo, como los de un animalito, ynegra melena curtida por el sol. Un marimacho que zurrabaimparcialmente a sus menos despiertos hermanos y maldecía asus padres con pasmosa fluidez.Joe Bunden, en sus periódicos arrebatos de plañideraembriaguez, se lamentaba de la desintegración de la familia eimploraba a Julieta que fuera más cordial con su madrastra.Como quiera que la brecha abierta entre las dos fuerainsalvable, Joe Bunden se vio obligado, a fin de procurarsealgo de paz, a enviar a Julieta a casa de la abuela.Allí todo era diferente, hasta el punto de que su protestaretadora ante el orden existente se convirtió en merabeligerancia perpleja; y, pasado un tiempo, ante la ausenciade cualquier tensión emocional, en una suerte de felicidadnegativa. También allí había quehaceres en la casa y en elhuerto, pero vivían juntas apaciblemente. Su abuela, que erala madre de su padre, había dejado atrás las perturbadorasramificaciones del sexo, y consiguientemente era juiciosa;controlaba a Julieta de modo casi tan sutil que jamás habíaentre ellas roce alguno. Julieta poseía al fin, sindesazones, la paz e intimidad que deseaba.La casa cuyo foco tormentoso había sido no la habríareconocido. El cambio, que sobrevino en el momento crucial,la había expurgado de su orgullo ardiente y suceptible, de subelicosidad nerviosa e inquieta, del mismo modo que su vidaanterior la había expurgado de todo afecto animal por los
 
padres. La mera mención de su padre y hermanos, empero,concitaba en ella toda la incontrolada turbulencia delpasado, a la sazón latente pero tan dinámica como siempre.A los doce años seguía igual físicamente. Más alta y másserena, tal vez, pero morena y delgada y activa como un gato;sin sombrero y con un descolorido vestido de algodón, ydescalza o con zapatos rotos y deformes; tímida con losextraños que pasaban ocasionalmente por la casa y desmañada eincómoda con sombrero y medias en sus raros viajes a lacapital del condado. Evitaba siempre a su padre y hermanoscon apasionada astucia animal. Podía trepar con mayorfacilidad y rapidez que cualquier chico; y, desnuda yradiante, se pasaba horas y horas en un pozo pardo delarroyo. Al anochecer solía sentarse en el porche, con laspiernas colgando y oscilando sobre el borde, mientras suabuela permanecía en el umbral y llenaba el quieto crepúsculode aroma de tabaco curado en casa.IiTiempo feliz, con quehaceres cotidianos y orgullo en sucuerpo aún plano; tiempo de trepar y nadar y dormir.Tiempo aún más feliz, pues en su decimotercer verano encontróun compañero. Lo descubrió mientras nadaba perezosamente enel pozo. Alzó la vista al oír un ruido y allí estaba, con unmono de trabajo descolorido, mirándola desde la orilla. Enuna o dos ocasiones había habido desconocidos que, al oír lassalpicaduras de sus zambullidas, habían apartado la malezapara verla. Mientras se limitaban a mirar en silencio secomportaba ante ellos con una beligerancia indiferente, peroen cuanto trataban de iniciar la charla dejaba el agua coninflamado odio creciente y recogía sus contadas ropas.Pero esta vez era un chico de su edad, con camiseta sinmangas y el sol en su cabeza redonda de pelo crespo,sinmaleza que la ocultara, que la miraba en silencio, y ella nise dio cuenta siquiera de que no se sentía importunada. Élsiguió durante un rato sus lentos movimientos con apaciblecuriosidad pueblerina, sin grosería, pero el pardo y frescocentelleo del agua acabó por vencer sus reticencias.—Diantre -dijo-. ¿Puedo meterme yo también?Ella flotó perezosamente y continuó en silencio, pero él noaguardó a recibir respuesta alguna. Con contados y escuetosmovimientos se desprendió de sus miserables ropas. Su pielera como papel viejo; trepó sobre una rama que sobresalía porencima del agua.
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