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Diane Carey - Harén

Diane Carey - Harén

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10/08/2013

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 Harén
Diane Carey
 
 1
Era un día americano. Había una bruma inglesa, y flores silvestres inglesas en un paisajeinglés; pero el día era absolutamente americano. Los caballos que estaban en las cuadraspercibían la sutil diferencia. También las palomas. Incluso las chinitas lanzadas contra lacristalera de la ventana de la Mansión Greyhurst sonaban ese día con un repiqueteo especial.Mientras el sol comenzaba a iluminar las suaves y verdes colinas de Inglaterra, las chinitassiguieron tintineando contra el cristal, una tras otra, hasta que se agitaron las cortinas devolantes y dejaron ver un rostro.Una joven, sacudiendo el pelo rubio, abrió la ventana de par en par. Le iluminaba la cara unasonrisa que no había perdido la alegría de la adolescencia. Sus ojos conservaban también uncentelleo de picardía mientras miraban al joven delgado que, con traje de montar, permanecíaen pie bajo la ventana.-¿No le gustaría a Madame cabalgar un rato antes del desayuno? -preguntó con igualcomedimiento que si se acabara de encontrar con ella en la puerta de entrada.-Charles Wyndon -le acusó la joven, dando al nombre la inflexión de un epíteto-, ¿qué estáshaciendo aquí tan temprano? Creía que los diplomáticos se quedaban en la cama hasta la horadel té.La sonrisa de Charles se hizo aún más amplia al oír la voz de ella, su parrafada americana,clara y sin acento, tan diferente de su propio inglés titubeante, peculiar de los altos estratossociales de Inglaterra. A Charles le agradaban las diferencias melódicas entre sus dos voces.Le gustaba hablarle sólo para poder oírla hablar a ella. Su tez tenía la tonalidad rosada de unacara inglesa, sus ojos tenían el mismo azul que se entreveía a través de los árboles; pero elsonido de su voz era por completo americano, tan agreste e independiente como la propia América. No había muchas cosas por las que sintiera un especial cariño, pero Jessica Greyrepresentaba la parte más preciosa de su vida. Se vio obligado a salir de su ensimismamientopara poder contestar. Jessica se asemejaba a Julieta en la ventana, con su camisón de puñosde encaje y el pelo alborotado...-Serán los diplomáticos viejos -le contestó-. Los jóvenes con bellísimas prometidas están en pieantes de apuntar el alba.Jessica apoyó la barbilla sobre la mano.-Iré contigo si puedo montar el alazán.Él rió.-Te desafío a una carrera hasta las cuadras. El que llegue antes se quedará con el alazán.-¡Ahora mismo bajo!Desapareció de la ventana y Charles supo que había jugado bien sus cartas. Jessica eraincapaz de resistirse a un desafío, pero..., ¿hasta dónde llegaría con tal de ganar? Tras unsegundo de reflexión le gritó:-¡Más vale que te vistas antes!
 
La hierba era de un verde brillante y destellaba con el rocío; Los jóvenes celebraban su juventud con cada zancada mientras corrían despreocupados por los alrededores, riendo hastaquedar sin aliento. En realidad, Charles tenía que correr de firme para mantenerse a la alturade ella. La figura de Jessica, con su impecable traje de montar verde, lucía como unaesmeralda tallada. Charles le echó una rápida mirada y vio cómo el cabello se le desbordabasobre los hombros al caérsele las horquillas. Ello le obligó a espabilarse al haber quedado algorezagado. Se lanzó de nuevo para alcanzarla. Jessica volvió la vista al situarse Charles detrásde ella. Cuando al fin se dispuso a pasarla, lo cogió por el borde de la chaqueta. Él intentósoltarse inclinándose hacia la izquierda, pero ya habían llegado a las cuadras. La granedificación de piedra olía a estiércol fresco y a caballo, estimulando los sentidos de cualquieraque tuviese sangre inglesa en las venas.-¡He ganado!Jessica se detuvo ante el gran portalón, y su voz sonó como un clarín.-Nada de eso -jadeó Charles-. Te adelanté media cabeza.Como Jessica no estaba dispuesta a dejarse apabullar, acorraló al mozo de cuadra que teníamas cerca, y le preguntó:-Tú lo viste. ¿Verdad, Tommy?El muchacho asintió alzando sus pobladas cejas.-Me ha parecido un empate, señorita -dijo cauteloso, con una prudente sonrisa.-¡Estás ciego, Tommy! -le acusó Charles-. He ganado por un cuerpo.Jessica se detuvo a recoger una horquilla que se le había caído en el último instante.-Hace un momento era por media cabeza; ahora es por un cuerpo. ¡Puff! Si tía Lily pudieraverme, seguro que se desmayaría. -y se volvió a Tommy amonestándole-. Ni una palabra,¿eh?El mozo sonrió.-Claro, señorita.Jessica se recogió el pelo en un simulacro del perfecto moño que se hiciera poco antes y, condos horquillas en la boca, habló a Charles.-Dice que las mujeres de los diplomáticos han de cuidar la dignidad.Charles le alargó otra horquilla.-Y tiene toda la razón.-Pero no soy yo todavía la mujer de un diplomático -dijo ella con ligereza; luego, dirigiéndose aTommy, hizo un ademán de cabeza indicando las cuadras.-Haz el favor de traer la yegua nueva a Mr. Wyndon. Yo montaré el alazán.Tommy desapareció entre las sombras de la cuadra. Charles se enfrentó a Jessica.-¿Que vas a montar el alazán? ¿Por qué razón, si me permites preguntarlo?Frunció los labios con aviesa sonrisa. Era formidable tener veintitrés años y llevar la vozcantante.

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