la estación de servicio y la charcutería, o propietarios de pequeños talleres industriales junto a la línea Newark-Irvington, o autónomos que trabajaban como fontaneros, electricistas, pintores de brocha gorda ocaldereros), o eran vendedores de a pie, como mi padre, que un día tras otro por las calles de la ciudad ylas casas de la gente iba vendiendo sus géneros a comisión. Los médicos y abogados judíos, así como loscomerciantes triunfadores que poseían grandes tiendas en el centro de la ciudad, vivían en casasunifamiliares en las calles que partían de la vertiente oriental de la colina donde estaba la avenidaChancellor, más cerca del parque Weequahic, con sus prados y árboles, ciento veinte hectáreas de terrenoajardinado cuyo estanque con botes, campo de golf y pista de carreras de caballos trotones separaba lasección de Weequahic de las plantas industriales y las terminales de carga que se sucedían a lo largo de laRuta 27 y el viaducto del Ferrocarril de Pensilvania al este de esa zona, el floreciente aeropuerto más aleste y el mismo borde del continente todavía más al este, los depósitos y muelles de la bahía de Newark,donde se descargaban mercancías procedentes del mundo entero. En el borde occidental del barrio, elextremo sin parque donde vivíamos, residía algún que otro maestro de escuela o farmacéutico, pero por lodemás pocos eran los profesionales entre nuestros vecinos más cercanos y, desde luego, allí no vivíaninguna de las prósperas familias de empresarios o fabricantes. Los hombres trabajaban cincuenta, se-senta, o incluso setenta o más horas a la semana; las mujeres lo hacían continuamente, con escasa ayudade aparatos ahorradores de esfuerzo, lavando la ropa, planchando camisas, remendando calcetines, dandovuelta a los cuellos, cosiendo botones, protegiendo las prendas de lana contra la polilla, puliendomuebles, barriendo y fregando los suelos, lavando las ventanas, limpiando los fregaderos, las bañeras, loslavabos y los fogones, pasando el aspirador por las alfombras, cuidando de los enfermos, yendo a lacompra, cocinando, dando de comer a los parientes, aseando armarios y cajones, supervisando las tareasde pintura y las reparaciones domésticas, preparándolo todo para las prácticas religiosas, pagando lasfacturas y llevando las cuentas de la familia, al mismo tiempo que se ocupaban de la salud, la ropa, lalimpieza, los estudios, la nutrición, la conducta, los cumpleaños, la disciplina y la moral de sus hijos.Unas pocas mujeres trabajaban con sus maridos en las cercanas calles comerciales, ayudadas por sushijos mayores al salir de la escuela y los sábados, repartiendo encargos y ocupándose de las existencias yla limpieza.El trabajo, más que la religión, era lo que, a mi modo de ver, identificaba y distinguía a nuestrosvecinos. En el vecindario nadie llevaba barba ni vestía al anticuado estilo del Viejo Mundo, y nadie usabakipá ni en la calle ni en las casas que solía visitar con mis amigos de la infancia. Los adultos ya norealizaban las prácticas externas, reconocibles, de la religión, si es que la practicaban en serio de algunamanera, y, aparte de los tenderos más viejos, como el sastre y el carnicero
kosher
(y los abuelos acha-cosos o decrépitos que se veían obligados a vivir con sus vástagos adultos), casi nadie del barrio hablabacon acento. En 1940, los padres judíos y sus hijos que vivían en el rincón sudoeste de la ciudad másgrande de Nueva Jersey hablaban entre ellos en un inglés norteamericano que se parecía más a la lenguahablada en Altoona o Binghamton que a los dialectos que hablaban a las mil maravillas nuestroshomólogos judíos en los cinco distritos situados al otro lado del Hudson. Troqueladas en el escaparate dela carnicería y grabadas en los dinteles de las pequeñas sinagogas del barrio había palabras hebreas, peroen ningún otro lugar, excepto en el cementerio, tenía uno ocasión de ver el alfabeto del libro de oracionesmás que en las cartas familiares en la lengua materna empleadas sin cesar por prácticamente todo elmundo para todos los fines concebibles, importantes o triviales. En el quiosco que se alzaba ante laesquina de la confitería, el número de clientes que compraban
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era diez veces superior a losque se llevaban el diario en yiddish, el
Forvertz.
Israel aún no existía, seis millones de judíos aún no habían dejado de existir, y la relación que teníacon nosotros la lejana Palestina (bajo protectorado británico desde la disolución, en 1918, por parte de losaliados victoriosos, de las remotas provincias del extinto Imperio otomano) era un misterio para mí.Cuando un forastero que llevaba barba y a quien jamás había visto sin sombrero se presentaba cada pocosmeses, después de que hubiera oscurecido, para pedir en un inglés chapurreado una contribucióndestinada al establecimiento de una patria nacional judía en Palestina, yo, que no era un niño ignorante,
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