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El Romance de la Momia.
Le roman de la momie.
Theophile Gautier.
Prólogo:"Tengo presentimiento de que encontraremos en el valle de Biban-El-Moluk una tumbasin profanar, decía a un joven inglés de tipo distinguido, un caballero de aspecto muchomás humilde, mientras se enjugaba con un gran pañuelo de hierbas la calva frente, en laque brillaba las gotas de sudor, como si fuese de porosa arcilla y estuviese llena de agualo mismo que una gargolita de Tebas. —¡Osiris lo quiera! —respondió el joven lord al doctor alemán—. Es ésta unainvocación que podemos permitirnos frente a la antigua "Diopolis magna". Sinembargo, muchas veces nos hemos equivocado y muchas se nos han adelantado losescudriñadores de tesoros. —Una tumba que no habrán curioseado los reyes pastores, los medos de Cambises, losgriegos, los romanos ni los árabes, y que nos entregue intactas sus riquezas y virgen sumisterio —continuó el sabio con un entusiasmo que hacía se le alegrasen los ojos trassus gafas azules. —Y con ese asunto publicará usted una memoria de las más eruditas que le colocará,científicamente, a la altura de los Champollión, los Rosellini, los Wilkinson, los Lepsiusy los Belzonis —agregó el joven lord. —Y se la dedicaré, milord; y se la dedicaré; porque sin usted que me ha tratado conregia liberalidad, no hubiera podido corroborar mi teoría visitando los monumentos yhubiese muerto en mi pueblecillo alemán sin haber contemplado las maravillas de estaantigua comarca —respondió el sabio en tono conmovido.Esta conversación se desarrollaba cerca del Nilo, a la entrada del valle de Biban-El-Moluk, entre lord Evandale, que montaba un caballo árabe y el doctor Rumphius, quemodestamente cabalgaba en un asno, cuya descarnada grupa azotaba un "fellah", que asíse llama a los labriegos egipcios. La "canga"1 en que vinieron los dos viajeros y quedebía servirles de albergue durante su estancia, estaba amarrada en la otra orilla del Nilo, delante de la aldea de Luxor, con sus remos recogidos y sus grandes velastriangulares enrolladas en las vergas.Después de haber consagrado algunos días a visitas y a estudiar las asombrosas ruinasde Tebas —gigantescos restos de un mundo desmesurado—, habían atravesado el río, enun "sandal", ligera embarcación usada en el país, y se dirigían hacia la estéril cordilleraque guarda en su seno, en lo profundo de misteriosos hipogeos, los antiguos habitantesde los palacios que existieron en la otra margen del río.Varios marineros acompañaban, a respetuosa distancia, a lord Evandale y al doctor Rumphius, mientras los demás guardaban la embarcación y fumaban tranquilamente sus pipas, echados en el puente del barco, a la sombra de los camarotes.Lord Evandale era uno de esos jóvenes completamente irreprochables que se forman enla sociedad aristocrática inglesa. Iba a todas partes con la desdeñosa seguridad que hacesentir una gran fortuna hereditaria, un apellido ilustre que figura en el libro del "Peerage
 
an Baronetage", esa segunda Biblia de Inglaterra, y una belleza de la que sólo podíadecirse que era demasiado perfecta para un hombre. Su cabeza, de forma pura pero fría, parecía una copia de Meleagro o de Antinoo. El rosado color de sus labios y de susmejillas simulaba estar producido por el carmín y los afeites; y sus cabellos de un rubiooscuro se rizaban naturalmente con toda la perfección con que un peluquero refinado oun hábil ayuda de cámara hubiese podido peinarlos, Sin embargo, la firme mirada de sus pupilas de color azul de acero, y el ligero movimiento de "sneer" que hacía sobresalir sulabio inferior, corregían lo que el conjunto de sus facciones pudiese haber tenido dedemasiado afeminado.El joven lord era miembro del "Círculo de los Yates", y de vez en cuando se permitía elcapricho de hacer una excursión en su ligero barco "Puck", construido con madera deteca, decorado como el gabinete de una dama y que conducía, una tripulación poconumerosa, pero compuesta de marinos escogidos.El año anterior, lord Evandale había visitado Islandia, y en éste recorría Egipto,mientras su yate le aguardaba en la rada de Alejandría. Consigo llevó a un sabio, unmédico, un naturalista, un dibujante y un fotógrafo, con el fin de que su excursión noresultase inútil. Era muy instruido y sus éxitos de sociedad no habían hecho olvidar sustriunfos en la Universidad de Cambridge.Iba vestido con la corrección y el meticuloso aseo característicos de los ingleses, quevan por los arenales del desierto tan elegantemente trajeados como cuando pasean por elmuelle de Ramsgate o por las especiosas aceras del West-End. Su traje se componía deun paletó, chaleco y pantalón de cotí blanco que rechazaba los rayos solares; unaestrecha corbata azul con motas blancas, y un sombrero de jipi-japa muy fino yadornado con velo de gasa, completaba su vestimenta.El egiptólogo Rumphius conservaba en el ardoroso clima de Egipto el tradicional trajenegro del sabio, con sus delanteros deformados, su cuello arrugado y sus botonesajados. El pantalón, harto usado, brillaba en algunas partes y dejaba ver la trama; junto ala rodilla derecha, un observador atento hubiera notado una serie de rayas obscuras quese destacaban del tono grisáceo del paño y que denotaban la costumbre que el sabiotenia de limpiar la pluma, demasiado cargada de tinta, en esa parte de su traje. Lacorbata de muselina, enrollada como una cuerda, flotaba alrededor de un cuello notable por el gran desarrollo de ese cartílago que el vulgo llama "la nuez".Además de vestirse con descuido de sabio, nada tenia Rumphius de guapo. Algunoscabellos rojizos, entremezclados con canas, se agrupaban detrás de sus orejas y seencrespaban con el roce del cuello demasiado alto de la levita. Su cráneo,completamente calvo, brillaba como una bola de billar; la nariz era de prodigiosalongitud, y su punta esponjosa y bulbosa. Esa configuración de su cara combinada conlos discos azules de las gafas, que ocupaban el sitio de los ojos, le daban una vagaapariencia de ibis, aun mayor por el hundimiento de los hombros, lo que constituía unaspecto muy propio para un descifrador de inscripciones y rollos jeroglíficos.Al verle se le hubiera creído un dios ibiocéfalo, como los que se ven en los frescosfúnebres, confinado en el cuerpo de un sabio por una trasmigración especial.El lord y el doctor se encaminaban hacia las rocas que, cortadas a pico, encierran elfúnebre valle de Bilan-El-Moluk —necrópolis real de la antigua Tebas—, sosteniendo laconversación de la que hemos citado algunas frases, cuando entró bruscamente enescena un nuevo personaje que salió, como un troglodita, por la negra boca de unsepulcro vacío.Estaba vestido de manera bastante teatral y se colocó ante los viajeros saludándoles conese gracioso saludo propio de los orientales, humilde, cariñoso y digno al mismotiempo.
 
Era un griego, contratista de excavaciones, mercader y fabricante de antigüedades, quevendía objetos nuevos cuando, necesitándolos, no los tenía antiguos. No tenía laapariencia del famélico y vulgar explotador de extranjeros; llevaba sombrero de fieltrorojo, del que pendía por detrás una larga borla de seda azul, y que dejaba ver, bajo elestrecho borde de un capote de tela cosida, unas sienes afeitadas que tenían el color deuna barba recién rasurada. El color verdoso de su cara, las negras cejas, la nariz corva,los ojos de ave de rapiña, su gran bigote, su barbilla casi seccionada por un hoyuelo que parecía la cicatriz de un sablazo, le hubieran hecho parecer un auténtico bandolero si larudeza de sus rasgos no estuviese atenuada por la fingida amenidad y la servil sonrisadel especulador que se halla frecuentemente en relación con el público.Su traje estaba cuidadosamente compuesto y consistía en una chaqueta de color canela,ribeteada con seda del mismo color, polainas de paño parecido al de la chaqueta,chaleco blanco adornado con botones que simulaban flores de manzanilla, ancha fajaroja y enormes gregüescos bombachos con numerosos pliegues.Hacía tiempo que el griego observaba la canga anclada frente a Luxor. El tamaño de lalancha, el número de sus remeros, la magnificencia de la instalación y principalmente el pabellón inglés izado en la popa, le habían hecho olfatear, con su instinto mercantil,algún rico viajero cuya curiosidad científica podría explotar, y que no se satisfaría conlas estatuillas de pasta azul o verde esmaltada, los escarabajos grabados, las estampas de banales jeroglíficos y demás pequeños objetos del arte egipcio. Seguía atentamente lasidas y venidas de los viajeros en torno de las ruinas, y, seguro de que no dejarían deatravesar el o para visitar los hipogeos reales cuando hubiesen satisfecho sucuriosidad, les esperaba en su terreno con la seguridad de sacarles algo.El griego consideraba todo aquel recinto fúnebre como suyo, y maltrataba a losescudriñadores subalternos, a los que se les ocurría escarbar en los sepulcros.Con la agudeza propia de los griegos, calculó rápidamente lo que podía sacar de lordEvandale, según su aspecto, y resolvió no engañarle, pensando que ganaría más con laverdad que con el engaño. Así, pues, renunció a hacer recorrer al noble inglés loshipogeos cien veces visitados, y desechó la idea de hacerle emprender excavaciones enlos sitios en que ya sabía que nada podía encontrarse, por haber extraído y vendido élmismo cuanto de curioso hubiese en ellos.Argyropoulos —que así se llamaba el griego—, al escudriñar los recodos del vallemenos explorados que los demás, porque las excavaciones practicadas en esos sitioshabían sido infructuosas, se había percatado de que en cierto sitio, detrás de unas rocascuyo aspecto parecía natural, debía seguramente existir la entrada de una galeríadisimulada con especial cuidado, y que su gran experiencia en ese nero deindagaciones le había permitido reconocer por mil indicios imperceptibles para ojosmenos perspicaces que los suyos, tan penetrantes como los de los gipaetos posados enlos entablamentos de los templos.Hacía dos años que había hecho ese descubrimiento, y desde entonces se había propuesto no dirigir sus miradas ni sus pasos hacia aquel sitio, con el fin de no llamar laatención de los profanadores de sepulcros."¿Tiene intención su señoría de efectuar algunas excavaciones?", dijo el griegoArgyropoulos en una especie de jerga cosmopolita, cuya extravagante sintaxis ygrotescas consonancias no ensayaremos de describir, pero que podrán imaginar fácilmente los que hayan recorrido los puntos de Levante en que hacen escala losvapores y hayan tenido necesidad de recurrir a esos oragomanes políglotas queconcluyen por no saber ningún idioma. Por suerte, tanto lord Evandale como su doctocompañero, conocían todas las lenguas de donde Argyropoulos tomaba sus palabras."Puedo poner a su disposición un centenar de intrépidos fellaes que, impulsados por el

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