Era un griego, contratista de excavaciones, mercader y fabricante de antigüedades, quevendía objetos nuevos cuando, necesitándolos, no los tenía antiguos. No tenía laapariencia del famélico y vulgar explotador de extranjeros; llevaba sombrero de fieltrorojo, del que pendía por detrás una larga borla de seda azul, y que dejaba ver, bajo elestrecho borde de un capote de tela cosida, unas sienes afeitadas que tenían el color deuna barba recién rasurada. El color verdoso de su cara, las negras cejas, la nariz corva,los ojos de ave de rapiña, su gran bigote, su barbilla casi seccionada por un hoyuelo que parecía la cicatriz de un sablazo, le hubieran hecho parecer un auténtico bandolero si larudeza de sus rasgos no estuviese atenuada por la fingida amenidad y la servil sonrisadel especulador que se halla frecuentemente en relación con el público.Su traje estaba cuidadosamente compuesto y consistía en una chaqueta de color canela,ribeteada con seda del mismo color, polainas de paño parecido al de la chaqueta,chaleco blanco adornado con botones que simulaban flores de manzanilla, ancha fajaroja y enormes gregüescos bombachos con numerosos pliegues.Hacía tiempo que el griego observaba la canga anclada frente a Luxor. El tamaño de lalancha, el número de sus remeros, la magnificencia de la instalación y principalmente el pabellón inglés izado en la popa, le habían hecho olfatear, con su instinto mercantil,algún rico viajero cuya curiosidad científica podría explotar, y que no se satisfaría conlas estatuillas de pasta azul o verde esmaltada, los escarabajos grabados, las estampas de banales jeroglíficos y demás pequeños objetos del arte egipcio. Seguía atentamente lasidas y venidas de los viajeros en torno de las ruinas, y, seguro de que no dejarían deatravesar el río para visitar los hipogeos reales cuando hubiesen satisfecho sucuriosidad, les esperaba en su terreno con la seguridad de sacarles algo.El griego consideraba todo aquel recinto fúnebre como suyo, y maltrataba a losescudriñadores subalternos, a los que se les ocurría escarbar en los sepulcros.Con la agudeza propia de los griegos, calculó rápidamente lo que podía sacar de lordEvandale, según su aspecto, y resolvió no engañarle, pensando que ganaría más con laverdad que con el engaño. Así, pues, renunció a hacer recorrer al noble inglés loshipogeos cien veces visitados, y desechó la idea de hacerle emprender excavaciones enlos sitios en que ya sabía que nada podía encontrarse, por haber extraído y vendido élmismo cuanto de curioso hubiese en ellos.Argyropoulos —que así se llamaba el griego—, al escudriñar los recodos del vallemenos explorados que los demás, porque las excavaciones practicadas en esos sitioshabían sido infructuosas, se había percatado de que en cierto sitio, detrás de unas rocascuyo aspecto parecía natural, debía seguramente existir la entrada de una galeríadisimulada con especial cuidado, y que su gran experiencia en ese género deindagaciones le había permitido reconocer por mil indicios imperceptibles para ojosmenos perspicaces que los suyos, tan penetrantes como los de los gipaetos posados enlos entablamentos de los templos.Hacía dos años que había hecho ese descubrimiento, y desde entonces se había propuesto no dirigir sus miradas ni sus pasos hacia aquel sitio, con el fin de no llamar laatención de los profanadores de sepulcros."¿Tiene intención su señoría de efectuar algunas excavaciones?", dijo el griegoArgyropoulos en una especie de jerga cosmopolita, cuya extravagante sintaxis ygrotescas consonancias no ensayaremos de describir, pero que podrán imaginar fácilmente los que hayan recorrido los puntos de Levante en que hacen escala losvapores y hayan tenido necesidad de recurrir a esos oragomanes políglotas queconcluyen por no saber ningún idioma. Por suerte, tanto lord Evandale como su doctocompañero, conocían todas las lenguas de donde Argyropoulos tomaba sus palabras."Puedo poner a su disposición un centenar de intrépidos fellaes que, impulsados por el
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