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AISTHESIS N°39 (2006): 26-48
entró en un período histórico de decadencia, manifestado con claridad en eldevocionismo privado hacia el que derivó el culto litúrgico en el siglo
XIX
y suexpresión arquitectónica. En efecto, la espacialidad del templo católico, queen el contexto europeo buscaba diferenciarse del modelo protestante, acentuóuna cierta polarización sobre dos elementos nuevos: el tabernáculo, lugar sim-bólico de la presencia eucarística —en función del cual el altar pasaba a unsegundo término—, y el púlpito —no el ambón— lugar de la predicación y dela enseñanza de la doctrina de la Iglesia.En el siglo
XIX
se llegó a un olvido casi completo del concepto de participa-ción de los fieles como consecuencia de la clericalización del culto. Mientrasel celebrante, de espaldas a la asamblea, susurraba desde el altar la misa,los fieles se ocupaban en otros ejercicios de piedad individual independientesde la celebración litúrgica. Únicamente durante el Sanctus, la consagración yla comunión se prestaba atención al rito, recitando ciertas oraciones reco-mendadas.El espacio de las iglesias manifestaba esta disociación entre la liturgia y elpueblo, tendiendo a acentuar la separación clero/fieles que se expresaba en elconfinamiento del presbiterio en un ábside aislado por un comulgatorio y,también en altura, por gradas. El altar —convertido en un estrecho tablero enla base del retablo o de un tabernáculo empotrado en el fondo del ábside—era el lugar misterioso donde el celebrante oficiaba en secreto un rito cadavez más distante debido también a una lengua incomprensible y a una expre-sión física cada vez más empobrecida.En la nave, transformada en lugar de espera, surgieron los bancos, cuyadisposición en línea de batallón limitaba cualquier movimiento de participa-ción, acentuando no sólo la separación clero/fieles, sino también la individua-lidad de cada fiel. Por el contrario, y en parte como consecuencia de la in-fluencia de los templos erigidos por las órdenes religiosas, fueron cobrandomayor importancia los altares laterales convertidos además en puntos de de-voción que tendían a dispersar la atención de los fieles con su retahíla deimágenes, velas, flores, reclinatorios, etcétera.Esta situación generó un ambiente de inquietud que se manifestó en diversosestudios de renovación litúrgica en el contexto —precisamente— de algunasórdenes religiosas. En concreto, a mediados del siglo
XIX
aparecieron diversasaproximaciones en este sentido en los monasterios benedictinos de Solesmes enFrancia, Beuron en Alemania y Maredsous en Bélgica.En Solesmes fue sobre todo el benedictino Prosper Guéranger quien, pormedio de sus publicaciones —particularmente con su comentario histórico ydoctrinal del ciclo litúrgico y santoral en 15 volúmenes, titulado
L’Annéeliturgique
, aparecido en 1841— contribuyó a un redescubrimiento —todavíatocado de un cierto romanticismo— de la liturgia. A dos sacerdotes alemanes,discípulos de Guéranger, los hermanos Wolter, se debe la fundación benedicti-na de Beuron en 1863. Asimismo, a Beuron se deben dos fundaciones más deenorme importancia en el desarrollo del Movimiento Litúrgico: Maredsous yMont-César, ambas en Bélgica.
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