OVIDIO4
que temblaba en presencia de un viejo cargado deaños, y ofrecía sumiso al castigo del maestro aque-llas manos que habían de ser tan funestas a Héctor.Quirón fué el maestro de Aquiles, yo lo seré delamor: los dos niños temibles y los dos hijos de unadiosa. No obstante, el toro dobla la cerviz al yugodel arado y el potro generoso tiene que tascar el fre-no; yo me someteré al amor, aunque me destroce elpecho con sus saetas y sacuda sobre mí sus antor-chas encendidas.Cuanto más riguroso me flecha y abrasa con sinpar violencia, tanto más brío me infunde el anhelode vengar mis heridas. Yo no fingiré, Apolo, que he recibido de ti estaslecciones, ni que me las enseñaron los cantos de lasaves, ni que se me apareció Clío con sus hermanasal apacentar mis rebaños en los valles de Ascra. Laexperiencia dicta mi poema; no despreciéis sus avi-sos saludables: canto la verdad. ¡Madre del amor,alienta el principio de mi carrera! ¡Lejos de mí, te-nues cintas, insignias del pudor, y largos vestidosque cubrís la mitad de los pies! Nosotros cantamosplaceres fáciles, hurtos perdonables, y los versoscorrerán limpios de toda intención criminal.
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