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El negro cerebro de Piranesi
«El negro cerebro de Piranesi...», dice en alguna parte Victor Hugo. El hombre a quien pertenecía ese cerebro nació en 1720 de una de esas familias venecianas en las queconvivían armoniosamente la vida artesana, las profesiones liberales y la Iglesia. Su padre-cantero-, su tío Matteo Lucchesi -ingeniero y arquitecto-, junto al cual adquirió el jovenGiovanni Battista los rudimentos de saberes técnicos que, más tarde, sustentaron su obra, ysu hermano Angelo -cartujo-, que le enseñó la historia de Roma, contribuyeron a formar los diversos aspectos de su por- venir de artista. El tío Matteo, sobre todo, fue -si nosatrevemos a llamarlo así-, una suerte de primer y bastante mediocre antecedente dePiranesi: su sobrino heredó de él, no sólo una teoría errónea sobre los orígenes etruscos dela arquitectura griega, que defendió con obstinación durante toda su vida, sino también surespeto por el arte arquitectónico considerado como una forma de creación divina. El grangrabador, que fue el intérprete y casi el inventor de la trágica belleza de Roma, ostentóhasta el final con orgullo, y acaso algo arbitrariamente, el título de arquitecto veneciano:
architectus venitianus
. Fue igualmente en Venecia donde aprendió la pintura con loshermanos Valeriani y, más significativamente aún, con los Bibbiena, virtuosos y poetas dearquitecturas de teatro. Finalmente, tras regresar por unos meses a Venecia en 1744,cuando ya empezaba a echar sus raíces en Roma, parece ser que frecuentó brevemente eltaller de Tiépolo; en cualquier caso, este último maestro del gran estilo veneciano ejerciósobre él su influencia.Fue en 1740 y a la edad de veinte años cuando Piranesi, como dibujante agregado alséquito del embajador veneciano Foscarini, cruzó por primera vez la Puerta del Pueblo. Ningún hombre -si en aquel momento se hubiera podido pronosticar su porvenir- merecíatanto como él una entrada triunfal en la Ciudad Eterna. De hecho, el joven artista empezó por estudiar el grabado junto a un tal Giuseppe Vasi, minucioso fabricante de vistas deRoma, a quien su alumno parecía demasiado buen pintor para que llegara a ser nunca un buen grabador. Con razón pues el grabado, en manos de Vasi y de otros muchos honradosfabricantes de estampas, no era s que un procedimiento económico y rápido dereproducción mecánica, para el cual un exceso de talento resultaba más peligroso que útil. No obstante y por motivos en parte exteriores -tales como la dificultad de hacer carrera dearquitecto y decorador en la Roma un tanto adormecida del siglo XVIII-, en parte debidosal temperamento mismo del artista, el grabado acabará siendo para Piranesi el único mediode expresión. Las veleidades del pintor de decorados, la vocación entusiasta del arquitecto,ceden en apariencia el pasó al grabador: en realidad, han impuesto a su buril cierto estilo yciertos temas. Al mismo tiempo, el artista ha encontrado su tema, que es Roma, con cuyasimágenes llenará, durante casi treinta y ocho años, las aproximadamente mil planchas desu obra descriptiva. En el grupo más restringido de las obras de su juventud, donde reina, por el contrario, una libre fantasía arquitectónica y, en particular, en las fogosas
 Prisionesimaginarias
, combinará con audacia elementos romanos, transferia lo irracional lasustancia de Roma.
 
Aparte la breve ausencia de 1744, en que regresa a Venecia por la razón que suele obligar a los poetas y artistas a volver a casa: la falta de dinero, Piranesi no abandonó Roma másque para explorar sus alrededores inmediatos y para hacer dos peregrinaciones de másconsideración -sobre todo en aquellos tiempos de caminos difíciles-, una de ellas a Umbríaen 1764, a la búsqueda de antigüedades etruscas de Corneto y de Chiusi; la otra en 1774 alreino de Nápoles, en donde Pompeya y Herculano, recientemente descubiertas, y Pesto,hallada no hacía mucho, eran por entonces unas atracciones novísimas. Piranesi nos hadejado unos croquis alucinados de las calles muertas de Pompeya; de Pesto se traerá unosdibujos admirables que prueban una vez más que los ojos y las manos de un pintor sonmás sabios que su cerebro, dado que él continuó considerando hasta el final la arquitecturagriega como un simple sucedáneo de la etrusca y muy inferior al arte del albañil romano.Esta teoría, menos insostenible entonces que en nuestros días debido a la ignorancia casitotal en que se estaba de la Grecia propiamente dicha, lo comprometió en una largaquerella con algunos anticuarios de su tiempo, entre otros el ardiente Wincklemann,amante y teórico de la estatuaria griega. El incomparable abate situaba a Grecia en el lugar que le correspondía, en el primero, pero al carecer casi por completo de originaleshelénicos de la época grande, llegaba a exaltar, como características del arte griego, unasmediocres copias helenísticas o grecorromanas, y a caer, a su vez, en la sistematización yel error. Esta vana querella sirvió a Piranesi, sin duda, tan pronto de excitante como dederivativo; merecería ser olvidada si no fuera interesante ver enfrentarse así, ante un problema mal planteado, a dos hombres que revivificaron nuestro concepto de lo antiguo.Se conocen algunos de los sucesivos domicilios romanos que ocupó Piranesi: primero fueel palacio de Venecia, entonces embajada de la Serenísima República cerca de la SantaSede; más tarde la tienda del Corso en donde, de regreso a su visita al país natal y reñidocon su familia que le había suprimido su ayuda material, se instaló como agente delmercader de estampas veneciano Giuseppe Wagner; finalmente, el taller de la Via Felice-la vía Sixtina de hoy-, en donde las segundas pruebas de las
 Prisiones
se hallaban enventa en casa del autor al precio de veinte escudos y en el cual Piranesi acabó su existenciade artista afamado y cubierto de honores, Miembro de la Academia de San Lucas en 1757y ennoblecido por Clemente XIII en 1767.Como tantos otros hombres de buen gusto por entonces instalados en Roma, el caballeroPiranesi no desdeñó dedicarse al provechoso oficio de corredor de antigüedades; algunosde los grabados de sus
Vasi, Candelabri, Cippi, Sarcophagi, Tripodi, Lucerne ed Ornamenti antichi
sirvieron para que, entre los aficionados, circulase la imagen de una pieza hermosa. Al parecer, se rodeó sobre todo de un grupo de artistas y de conocedoresextranjeros: el amable Hubert Robert que parece, a veces, haberse impuesto la tarea deretraducir, en términos de rococó, la Roma barroca de Piranesi; el editor Bouchard, que publicó las primeras pruebas de las
 Prisiones
y de las Antigüedades romanas. «Buzzard»,como lo escribía Piranesi que, sin duda, ceceaba su nombre a la manera veneciana. Entrelos ingleses se contaban el arquitecto y decorador Robert Adam, que adaptó el clasicismoitaliano a los gustos y usos británicos, y ese otro arquitecto londinense, George Dance, quese inspiró, según dicen, de las
 Prisiones imaginarias
para construir los muy tangiblescalabozos de Newgate. El hilo que hasta el final lo unió a Venecia fue, durante aquellosaños, la amiscad de la familia papal y bancaria de los Rezzonico: el papa Clemente XIII le
 
encomendó menudas tareas de decorador y se dirigió a él como arquitecto para hacer unostrabajos en San Juan de Letrán que, por lo demás, jamás se realizaron, ni siquiera seemprendieron. En 1764, un sobrino del papa, el cardenal Rezzonico, encargó a su vez aPiranesi que reconstruyera parcialmente y redecorase la Iglesia de Santa María delAventino, propiedad de la Orden de Malta, de la que él era Gran Prior. Este encargomodesto se prestaba menos a la majestad que a la gracia: Piranesi transformó la pequeñafachada de la iglesia y los grandes muros de la plaza de los Caballeros de Malta, en unamable conjunto ornado de blasones y trofeos en donde, al igual que en sus
Grutescos
, secombinaban elementos arquitectónicos de la antigüedad con fantasías venecianas. Esta fuela única ocasión en que aquel hombre, loco por la arquitectura, pudo expresarse converdadero mármol y verdaderas piedras.Lo que sabemos sobre la vida privada de Piranesi se reduce a su matrimonio con la hija deun jardinero, hermosa niña de ojos negros en quien el artista creyó ver el tipo romano más puro. Cuenta la leyenda que Piranesi conoció a esta Angelica Pasquini en las ruinasentonces noblemente desiertas del Foro, en donde se hallaba dibujando aquella tarde, y latomó por mujer tras haberla poseído en el acto sobre aquel suelo consagrado a la memoriade la Antigüedad. Si la anécdota es auténtica, el violento soñador debió figurarse queestaba gozando de la misma Magna Tellus, de la Dea Roma encarnada en aquel cuerposólido de joven popolana. Una versión disrinta pero que no contradice a la primera, diceque el artisca se apresuró a celebrar el matrimonio cuando supo que la hermosa le aportaríaen dote la cantidad de ciento cincuenta piastras. Fuera lo que fuese, tuvo tres hijos de estaAngelica, que continuaron, sin genialidad pero asiduamente, sus trabajos: Francesco elmás competente, unió como su padre al oficio de grabador el de arqueólogo y corredor deantigüedades; él fue quien le procuró a Gustavo III de Suecia los mármoles mediocres (y aveces dudosos) que hoy forman una pequeña colección conmovedora de «entendidoaficionado» del XVIII, cn una sala del Palacio Real de Estocolmo.Debemos a un francés, a Jacques-Guillaume Legrand, el haber recogido de labios deFrancesco Piranesi la mayoria de los detalles que poseemos sobre la vida, las palabras y elcarácter de Piranesi, y lo que n queda de los escritos del artista confirma susdeclaraciones. Vemos a un hombre apasionado, ebrio de trabajo, que se despreocupaba desu salud y de sus comodidades, que despreciaba la malaria de la Campiña romana y sealimentaba exclusivamente de arroz frío durante sus largas estancias en los parajessolitarios y malsanos que eran por aquel entonces la Villa de Adriano y las antiguas ruinasde Albano y de Cora; que lo una vez a la semana encendía su parco fuego decampamento para no distraer nada del tiempo de dicado a sus exploraciones y trabajos.«La verdad y el vigor de sus efectos -señala Jacques-Guillaume Legrand con esa sobria pertinencia que caracteriza a los pensadores del siglo XVIII-, la justa proyección de sussombras y su transparencia, o felices liceneias a este respecto, la indicación misma de lastonalidades de color, se deben a la observación exacta que él hacía de la naturaleza, bajo elsol ardiente o el claro de luna.» Es fácil ìmaginarse, bajo el insoportable resplandor delmediodía o en la noche clara, a esce observador al acecho de lo inalcanzable, buscando enlo que parece inmóvil aquello que se mueve y cambia, escudriñando con la mirada lasruinas para descubrir en ellas el secreto de un resalto, el lugar de un sombreado, al igual
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Gracias! me ha sido muy útil!

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