Aparte la breve ausencia de 1744, en que regresa a Venecia por la razón que suele obligar a los poetas y artistas a volver a casa: la falta de dinero, Piranesi no abandonó Roma másque para explorar sus alrededores inmediatos y para hacer dos peregrinaciones de másconsideración -sobre todo en aquellos tiempos de caminos difíciles-, una de ellas a Umbríaen 1764, a la búsqueda de antigüedades etruscas de Corneto y de Chiusi; la otra en 1774 alreino de Nápoles, en donde Pompeya y Herculano, recientemente descubiertas, y Pesto,hallada no hacía mucho, eran por entonces unas atracciones novísimas. Piranesi nos hadejado unos croquis alucinados de las calles muertas de Pompeya; de Pesto se traerá unosdibujos admirables que prueban una vez más que los ojos y las manos de un pintor sonmás sabios que su cerebro, dado que él continuó considerando hasta el final la arquitecturagriega como un simple sucedáneo de la etrusca y muy inferior al arte del albañil romano.Esta teoría, menos insostenible entonces que en nuestros días debido a la ignorancia casitotal en que se estaba de la Grecia propiamente dicha, lo comprometió en una largaquerella con algunos anticuarios de su tiempo, entre otros el ardiente Wincklemann,amante y teórico de la estatuaria griega. El incomparable abate situaba a Grecia en el lugar que le correspondía, en el primero, pero al carecer casi por completo de originaleshelénicos de la época grande, llegaba a exaltar, como características del arte griego, unasmediocres copias helenísticas o grecorromanas, y a caer, a su vez, en la sistematización yel error. Esta vana querella sirvió a Piranesi, sin duda, tan pronto de excitante como dederivativo; merecería ser olvidada si no fuera interesante ver enfrentarse así, ante un problema mal planteado, a dos hombres que revivificaron nuestro concepto de lo antiguo.Se conocen algunos de los sucesivos domicilios romanos que ocupó Piranesi: primero fueel palacio de Venecia, entonces embajada de la Serenísima República cerca de la SantaSede; más tarde la tienda del Corso en donde, de regreso a su visita al país natal y reñidocon su familia que le había suprimido su ayuda material, se instaló como agente delmercader de estampas veneciano Giuseppe Wagner; finalmente, el taller de la Via Felice-la vía Sixtina de hoy-, en donde las segundas pruebas de las
Prisiones
se hallaban enventa en casa del autor al precio de veinte escudos y en el cual Piranesi acabó su existenciade artista afamado y cubierto de honores, Miembro de la Academia de San Lucas en 1757y ennoblecido por Clemente XIII en 1767.Como tantos otros hombres de buen gusto por entonces instalados en Roma, el caballeroPiranesi no desdeñó dedicarse al provechoso oficio de corredor de antigüedades; algunosde los grabados de sus
Vasi, Candelabri, Cippi, Sarcophagi, Tripodi, Lucerne ed Ornamenti antichi
sirvieron para que, entre los aficionados, circulase la imagen de una pieza hermosa. Al parecer, se rodeó sobre todo de un grupo de artistas y de conocedoresextranjeros: el amable Hubert Robert que parece, a veces, haberse impuesto la tarea deretraducir, en términos de rococó, la Roma barroca de Piranesi; el editor Bouchard, que publicó las primeras pruebas de las
Prisiones
y de las Antigüedades romanas. «Buzzard»,como lo escribía Piranesi que, sin duda, ceceaba su nombre a la manera veneciana. Entrelos ingleses se contaban el arquitecto y decorador Robert Adam, que adaptó el clasicismoitaliano a los gustos y usos británicos, y ese otro arquitecto londinense, George Dance, quese inspiró, según dicen, de las
Prisiones imaginarias
para construir los muy tangiblescalabozos de Newgate. El hilo que hasta el final lo unió a Venecia fue, durante aquellosaños, la amiscad de la familia papal y bancaria de los Rezzonico: el papa Clemente XIII le
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