En una playa gris, azotada por el viento y por las olas de un mar perezoso, una mujermira desde la orilla hacia el horizonte. Está vestida con un basto pedazo de tela negra,parecido a un saco. Cada atardecer se queda un largo rato mirando a la lejanía de esemar gris y ruidoso. La brisa, que no cesa nunca, le agita el pelo negro, largo,levantándolo ligeramente. Tras un rato de observación regresa lentamente a unpequeño chamizo hecho con ramas y palmas, en cuyo interior descansa una niña detres años. La mujer la mantiene abrigada con una gruesa frazada negra, y la hacereposar sobre un pequeño lecho de hojas secas, que contra lo que pudiera parecerresulta confortable. Cada mañana la mujer recolecta durante tres o cuatro horaspequeños moluscos e invertebrados que la marea baja ha abandonado sobre la arena.Primero se alimenta ella, tragándolos crudos y disfrutando de su frescor. Luego recogeen un capazo unos cuantos, que primero lava con el agua dulce de su cantimplora, paraluego masticarlos un poco y, ya reblandecidos, dárselos a su hija. Ésta es una niñacallada, de grandes ojos verdes, con los que mira ensoñadoramente a su madre. Nohabla, ni sale de la choza. Por las mañanas juegan las dos a juegos sencillos, y por latarde, mientras la mayor otea el mar desde la orilla, la pequeña juega con palitos, hojassecas, conchas, moluscos, haciendo pequeños mundos en la diminutez de la arena quetiene entre las manos. Es feliz, aunque todavía no tiene consciencia de serlo.Cada noche la mujer canta a la pequeña una canción, apenas tatareada dulce ycadenciosamente. La niña reposa su mente en la mirada profunda de su madre, y vacerrando los ojos mientras su consciencia se envuelve en la dulce cobertura de laprotección, del alma cercana de ella.Un día la mujer ve, a la lejanía, lo que esperaba ver, lo que anhelaba no ver. Unapequeña embarcación, con cuatro hombres sobre ella, se acerca poco a poco, a golpede remo. Ya cerca de la costa, se bajan de la barca y la empujan para llevarla hacia laarena, donde la dejan reposando. La mujer conoce a los cuatro hombres. Son de sutribu, y sabe por ello a qué han venido.Lo que queda de ese día y la noche la pasan los cuatro junto a la mujer y su hija. Tienenel pelo negro y largo, barbas poco cuidadas y la piel de una fuerte palidez. Cantan esanoche alrededor de un fuego las canciones que durante milenios han enseñado padresa hijos. La niña les observa maravillada, sin temor. Comen luego en silencio lasgalletas de avena que han traído en la embarcación. Finalmente, cuando la luna ya estáen lo alto, se acuestan a pocos metros de la choza, sobre sus mantas extendidas en laarena.La mujer pasa esa última noche con su hija, abrazándola con dulzura, acariciándola elsuave pelo y el rostro, sin dormir, porque no quiere perder nada de esas últimas horas.Con la primera luz de la madrugada, los hombres ponen la barca en el agua, y toman ala niña en brazos para llevársela. Ésta se queda mirando a su madre con temor, casicon pánico, pero no grita, ni llora, sólo extiende sus brazos hacia ella. La mujer intentadespedirse pero no puede, el dolor la supera, se arrodilla en la arena con los brazos enel estómago, superada por el sufrimiento.Pasa un año.La mujer sigue viviendo en la playa, Sigue vestida con el mismo pedazo de tela. Su pelomuestra algunas canas. Su rostro muestra las huellas de un sufrimiento sordo, oculto,intenso. Sigue mirando al mar, pero ahora no sólo por las tardes, sino casi todo el día.Un día ve de nuevo la barca, a lo lejos, como un puntito negro. Se queda inmóvil,inerme, con unas copiosas lágrimas resbalando silenciosamente por su rostro.Esta vez los cuatro hombres (son los mismos que un año antes) vienen sin pesar en elcorazón, casi con una sonrisa en la cara. Empujan la barca hacia la arena, y entoncescogen en vilo a la pequeña, que ahora tiene, claro, cuatro años.La niña se acerca corriendo a su madre, salta a su cuello, se abrazan olvidándose de loshombres, de la playa, del mundo. Cuando después de algunos minutos se separan un
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