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Las niñas se quedan

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Un cuento de Alice Munro, Premio #Nobel de Literatura 2013
Un cuento de Alice Munro, Premio #Nobel de Literatura 2013

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03/18/2014

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Las niñas se quedan
Alice Munro
ace treinta años, una familia pasaba las vacaciones en la costa estede la isla de Vancouver. Un padre y una madre jóvenes, sus doshijas pequeñas y un matrimonio mayor, los padres del marido.Qué tiempo tan maravilloso. Cada mañana, todas las mañanas soncomo ésta, el primer rayo de luz solar atraviesa las ramas altas y quemala bruma que reposa sobre el agua en calma del estrecho de Georgia. Lamarea baja, una gran extensión vacía de arena todavía húmeda peropor la que se puede caminar fácilmente, como el cemento en su últimafase de secado. La verdad es que la marea está menos baja; cadamañana se reduce más la vereda de arena, pero aún parece lo bastanteamplia. Los cambios de la marea son de gran interés para el abuelo,pero no tanto para los demás.A Pauline, la joven madre, en realidad no le gusta tanto la playa como elcamino que recorre la parte trasera de las casitas, aproximadamente alo largo de una milla, en dirección al norte, hasta interrumpirse en laorilla de un riachuelo que corre hacia el mar.Si no fuera por la marea, sería difícil recordar que esto es el mar. En elhorizonte, más allá del agua, se ven las montañas de la península, lacordillera que forma el muro oriental del continente norteamericano.Esos montículos y picos montañosos que se perfilan a través de labruma y que asoman aquí y allá por entre los árboles, que Paulinecontempla mientras empuja la sillita de paseo de su hija por el camino,también son de interés para el abuelo. Y para su hijo Brian, el marido dePauline. Los dos hombres tratan constantemente de dilucidar qué escada cosa. ¿Cuáles de esas formas son en realidad montañascontinentales y cuáles son improbables cerros de las islas que asomanfrente a la orilla? Es difícil llegar a una conclusión cuando la formaciónes muy compleja y hay partes que alteran el sentido de la distanciadependiendo de la distinta luz que a lo largo del día las ilumine.Pero hay un mapa, alojado bajo un cristal, entre las casitas y la playa.Uno se puede quedar mirando el mapa y después observar lo que tienedelante y consultar de nuevo el mapa hasta aclararse. El abuelo y Brianlo hacen todos los días y normalmente no se ponen de acuerdo, aunquecon el mapa delante uno pensaría que no hay mucho lugar para el
H
 
desacuerdo. A Brian el mapa le parece impreciso. Pero su padre noquiere oír ni una sola crítica sobre aspecto alguno del lugar, que élmismo eligió para las vacaciones. El mapa, como el alojamiento y eltiempo, es perfecto.La madre de Brian ni siquiera quiere mirar el mapa. Dice que ledesconcierta. Los hombres se ríen, están de acuerdo en que está sumidaen la confusión mental. Su marido opina que le ocurre porque es mujer.Brian opina que le ocurre porque es su madre. Su preocupación es quealguien tenga hambre o tenga sed, que las niñas lleven sus gorras paraprotegerse del sol y que las hayan bañado en crema de protección solar.¿Y qué es esa extraña picadura que Caitlin tiene en su brazo y que noparece la picadura de un mosquito? Obliga a su marido a llevar unagorra de algodón y dice que también Brian debería llevarla, le recuerdalo malo que se puso por culpa del sol aquel verano que fueron aOkanagan, cuando era niño. Brian a veces le dice: «Anda, mamá, cierrala boca». Su tono es de lo más afectuoso, pero su padre es capaz dellamarle la atención, a estas alturas, diciéndole que ésa no es forma dehablarle a su madre.-A ella le da igual -afirma Brian.-¿Cómo lo sabes? -pregunta su padre.-Por el amor de Dios -dice su madre.Cada mañana, Pauline se desliza de la cama en cuanto se despierta; sedesliza fuera del alcance de los largos brazos y piernas de Brian, queadormilados la buscan. Se despierta con los primeros chillidos ybalbuceos del bebe. Mara, en la habitación de las niñas, y luego con elchirriar de su cuna, donde la pequeña -tiene dieciséis meses y estállegando al final de la primera infancia- se levanta para agarrarse a losbarrotes. Continúa con su suave y afable parloteo mientras Pauline lacoge -Caitlin, de casi cinco años, se mueve de un lado a otro en la camasin despertarse- y carga con ella hasta la cocina, donde la pone en elsuelo para cambiarla. Después la coloca en su sillita y le da una galletay un biberón de manzana, mientras Pauline se pone el vestido detirantes y las sandalias, se dirige al baño y se peina, lo más rápida ysilenciosamente que puede. Salen de la casa y dejan atrás otras casas alrecorrer el camino lleno de baches, sin pavimentar, casi cubierto por laprofunda sombra de la mañana, el suelo de un túnel que discurre entrelos abetos y los cedros.
 
El abuelo, que también se levanta temprano, las ve desde el porche desu casa y Pauline lo ve a él. Se limitan a saludarse con la mano. Él yPauline no tienen mucho que decirse (aunque las continuas bufonadasde Brian o algún que otro insistente alboroto de la abuela, acompañadode disculpas, les hacen sentir cierta afinidad; no quieren mirarse el unoal otro por miedo a que su mirada revele un matiz de desprecio hacia losdemás).Durante estas vacaciones, Pauline roba tiempo de donde puede parapoder estar sola; estar con Mara es casi lo mismo que estar sola. Lospaseos a primera hora de la mañana o a última hora de la mañana,cuando lava y cuelga los pañales. Podría sacar otra hora por la tarde,mientras Mara duerme la siesta, pero Brian ha montado un refugio en laplaya y siempre baja el moisés para que Mara pueda dormir allí yPauline no tenga que ausentarse. Le dice que sus padres se ofenderíansi ella siempre se escabullera. Se muestra de acuerdo, no obstante, enque ella necesita tiempo para estudiar cuidadosamente su diálogo enuna obra teatro en la que va a participar este septiembre, de vuelta aVictoria.Pauline no es actriz. Se trata de una producción de aficionados, pero ellani siquiera es una actriz aficionada. No es que ella se presentar a para elpapel, lo que ocurrió es que ya había leído la obra: Eurídice, de JeanAnouilh. Pero claro, es que Pauline lee de todo.En junio, un hombre al que conoció en una barbacoa le preguntó si legustaría tener un papel en la obra. La gente que había asistido a labarbacoa eran, en su mayoría, profesoras y profesores con sus maridoso esposas; la cena se celebraba en casa del director del instituto dondeenseña Brian. La profesora de francés, una viuda, trajo a su hijo, yamayorcito, que estaba viviendo con ella durante el verano y trabajabacomo recepcionista nocturno en un hotel del centro. Ella le contó a todoel mundo que el chico había conseguido un trabajo de profesor en unaescuela universitaria al oeste del estado de Washington y quecomenzaba en otoño.Se llamaba Jeffrey Toom. «Toom, no Tumba»
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, decía, como si lehiriese lo trivial de la broma. Tenía un apellido diferente al de su madreporque ésta había enviudado dos veces y era el hijo de su primermarido. «No tengo garantías de que dure. Es un contrato de un año»,decía sobre el trabajo. ¿Qué iba a enseñar?-Arte dra-má-ti-co -decía, arrastrando las sílabas en tono burlón.

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