PRÓLOGO
Fredric Jameson, contra la tentación de la nada
Editar una selección de escritos de Fredric Jameson —necesaria-mente parcial y
arbitraria
en el buen sentido de someter a arbitraje las mu-chas selecciones posibles— puede ser una desmesura: es arriesgarse a ponersobre el tapete toda la complejidad, la ambigüedad y el sustrato conflictivo y (por ahora) indecible de la distinción, y la simultánea articulación, entre “mo-dernidad” y “posmodernidad”, dos nociones de las que lo menos que puededecirse es que —si se las toma en serio— ponen a prueba la capacidad inte-lectual de la sutileza vigilante contra el cómodo refugio de los teoremas siem-pre de antemano demostrables: aquello que Pascal llamaba el espíritu de
fine- za
en su combate contra el espíritu de
geometría
.El riesgo, sin embargo, bien vale la pena. Y no se nos oculta que lapena es mucha: digamos, para permanecer pascalianos, que es el destino mis-mo de esos “juncos pensantes” que somos todos, lo que está en juego en épo-cas como la nuestra, caracterizadas, como diría el propio Jameson, “por unmilenarismo de signo inverso, en que las premoniciones catastróficas o reden-toras del futuro han sido reemplazadas por la sensación del fin de esto o aque-llo (el fin de las ideologías, del arte o las clases sociales; la “crisis” del leni-nismo, de la socialdemocracia o del estado de bienestar, etc.)”. Es decir, unaépoca en la que la forma que adopta la ideología dominante es la de un pensa-miento del fin de todas las cosas sin que se prevea el comienzo de ninguna: ladeclamada “muerte de la Historia” es la promoción de una
horizontalidad sin horizonte
,
de una planicie sin accidentes —y ya decir “accidentes” es asumiruna cierta concepción de la historia, en la que el acontecimiento es siempreindeterminado y azaroso— por eso, hablar del “destino” del pensamiento enuna época que ha perdido —que ha
olvidado
— el sentido de la tragedia, eshacerse cargo de que la cultura se ha vuelto irresistiblemente
cómica
.
: con unacomicidad que podría ser la de la mueca grotescamente congelada del “hom-bre que ríe” de Víctor Hugo, pero que (avatar último de una parodia que sevuelve imposible cuando
toda
la realidad deviene parodia de sí misma) resul-ta ser más bien la del grosero espectáculo revisteril en el que la risa es reduci-da a la pura reacción mecánica, nerviosa, ante el ridículo de una existenciadespojada de ilusiones.
7
De esa comicidad habla, en cierto modo, Jameson. Pero lo hace
se- riamente
,
buscando en el posmodernismo “la lógica cultural del capitalismo
Leave a Comment