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Africa_inic H Macmillan 1960

Africa_inic H Macmillan 1960

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 1
 África: el “viento del cambio”
El 3 de febrero de 1960 el primer ministro británicoHarold Macmillan, al final de un viaje por África, hizo enCiudad del Cabo un discurso en que dijo: “Hemos visto eldespertar de la conciencia nacional en pueblos que durantesiglos habían vivido en dependencia de otros poderes. Quinceaños atrás este movimiento se extendió por Asia (...). Hoy estápasando lo mismo en África (...). El viento del cambio estásoplando en todo el continente”.Habría que preguntarse por qué “el viento del cambio” nohabía soplado hasta entonces en África, al cabo de quince añosdel fin de una guerra mundial que se había hecho en nombre de lalibertad de los pueblos: la “Carta del Atlántico”, que GranBretaña y Estados Unidos habían firmado el 14 de agosto de 1941,proclamaba en su artículo tercero “el derecho de todos lospueblos a elegir la forma de gobierno bajo la cual quierenvivir” (con reticencias por parte de Churchill, quien semanifestaba “un tanto escéptico acerca del sufragio universalpara los hotentotes”). Y habría que explicar también por qué erael jefe de gobierno de uno de los mayores imperios colonialesquien anunciaba ahora el cambio.La fundación de la ONU dio por un tiempo a los territorioscoloniales la esperanza de que la nueva institución proclamaríael fin de la colonización, sobre todo después de haberparticipado en una guerra mundial a la que los africanos habíanido por la fuerza, “atados con una cuerda alrededor de lacintura” para llevarlos a morir a una tierra extraña. Pero lasmetrópolis europeas no pensaban en liberar sus colonias, sino ensacar provecho de ellas para su propia recuperación, lo que lesllevó a incumplir sus promesas de los años inciertos de laguerra.
 
 2En Gran Bretaña, por ejemplo, el nuevo gobierno laboristaechó en olvido sus viejos principios antiimperialistas de la“Carta de Libertad para los pueblos colonizados”, para proponerun programa de emancipación a largo plazo en el marco de unimperio reforzado. Un político de pasado sindicalista como Bevinse transformó en un patriota que legitimaba su nueva actitud conla afirmación de que, promoviendo el desarrollo de las economíascoloniales bajo la tutela de la metrópoli, se favorecería laaparición de líderes africanos democráticos.Más ambigua era aún la posición de los Estados Unidos, apesar de su retórica antiimperialista. El programa de la guerrafría expuesto en el documento NSC68 proclamaba que no bastabacon frenar los designios del Kremlin, “puesto que la ausencia deorden entre las naciones resulta cada vez menos y menostolerable”. A lo cual añadía: “Este hecho nos impone, pornuestros propios intereses, la responsabilidad de dirigir elmundo” (“of world leadership”). En función de esta“responsabilidad”, la postura de los Estados Unidos ante losmovimientos de independencia dependería de sus propiasconcepciones acerca del orden internacional. En una conversacióncon el ministro de Asuntos exteriores de Bélgica, en octubre de1958, el secretario de Estado norteamericano John Foster Dullesmanifestaba su convicción de que el proceso de acceder a laindependencia había de ser lento: “En la actualidad, muchos delos nuevos países independientes que no estaban básicamentepreparados para su independencia se han convertido en objetivosdel comunismo internacional y eso ha conducido con frecuencia auna dictadura del proletariado”. Afirmación delirante, enespecial para 1958, que muestra los efectos que el miedo al“salvaje” susceptible de volverse rojo podía producir en losdirigentes estadounidenses.El cambio vino propiciado por el desengaño de laspotencias imperiales, que habían mantenido durante los añosanteriores esperanzas de que un refuerzo de las economías
 
 3africanas podía servir para revitalizar las de las metrópolis.Este fue sobre todo el caso de Gran Bretaña con los planes deBevin para obtener alimentos a partir de nuevas plantaciones.Mientras se consultaba a los africanos acerca de las posiblesreformas políticas, sin ninguna prisa por llevarlas a cabo, setomaban grandes decisiones sobre su economía, que habrían deafectar su desarrollo en el futuro, sin tener en cuenta suopinión acerca de estos nuevos proyectos imperiales (se hahablado por ello de la “segunda invasión colonial”).Los ingleses no consiguieron desarrollar las economías desus colonias tropicales como esperaban. Invirtieron poco enellas y en su mayor parte lo hicieron en las infraestructurasque convenían exclusivamente a los negocios de exportación (y selo hicieron pagar, de uno u otro modo, a las propias sociedadescoloniales). Los grandes programas imperiales de desarrollo,como el del ferrocarril de Rhodesia a Kenia, resultabandemasiado costosos y eran de una rentabilidad dudosa, de modoque a la hora de la verdad lo que se procuró fue hacerinversiones que diesen beneficios a corto plazo. Colonialismo ydesarrollo resultaron incompatibles y el proyecto imperial delos años cincuenta acabó en un fracaso, cuyos costes heredaronlos nuevos estados independientes.Había muchas razones para explicarlo. El desarrolloafricano había hecho aparecer un sector de trabajadoresorganizados sindicalmente en las actividades más ligadas a laexportación –en las plantaciones, las minas y los puertos-, quehabían asociado sus demandas a las de los políticosnacionalistas, lo que dio lugar a que, al fin de la Segundaguerra mundial, las reivindicaciones políticas fuesenacompañadas por otras acerca de salarios y servicios sociales,que las empresas metropolitanas se resistían a aceptar, lo queexplica las huelgas y los conflictos de estos años, tanto en elÁfrica británica como en la francesa. El problema era que losafricanos habían acabado creyendo las promesas de que se les ibaa integrar en igualdad con los europeos, y pretendían acceder a

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