meneó la cabeza, pero sólo parlotearon más. Baedecker cogió el codo de la joven y seapartó de la turba gesticulante—. ¿Qué haces aquí, en la India? Y en este lugar. —Baedecker señaló la calle angosta y la larga sombra de la terminal. Ahora la recordaba.Joan le había enseñado una foto la última vez que Baedecker estuvo en Boston. Los ojosverdes se le habían grabado en la memoria.—Hace tres meses que estoy aquí —dijo ella—. Scott rara vez tiene tiempo paraverme, pero voy allí cuando está libre. A Poona, quiero decir. Encontré un trabajo degobernanta... no gobernanta, en realidad, sino una especie de tutora. La familia de unmédico. Buena gente. Vive en el sector británico. De todos modos, estaba con Scott lasemana pasada, cuando recibió su telegrama.—Oh —dijo Baedecker. No se le ocurrió otra respuesta en varios segundos. En el cielotrepaba un pequeño reactor—. ¿Scott está allí? Pensaba que lo vería en... Poona.—Scott está en un retiro, en la granja del Maestro. No regresará hasta el martes. Mepidió que le avisara. Yo estoy visitando a una vieja amiga de la Fundación Educativa deVieja Delhi.—¿El Maestro? ¿Te refieres a ese gurú?—Así lo llaman todos. De cualquier modo, Scott me pidió que le avisara, y pensé queusted no se quedaría mucho tiempo en Nueva Delhi.—¿Y has venido antes de que amanezca para darme este mensaje? —Baedecker miróatentamente a la joven. Mientras se alejaban de los potentes focos, la tez de la muchachaparecía brillar con fulgor propio. Baedecker notó que una luz tenue teñía el cielo hacia eleste.—No hay problema —dijo ella, cogiéndole el brazo—. Mi tren llegó hace pocas horas.No tenía nada que hacer hasta que abrieran las oficinas de la Fundación.Habían llegado al frente de la terminal. Baedecker notó que estaban en la campiña, acierta distancia de la ciudad. Veía edificios de apartamentos a lo lejos, pero los ruidos yolores que los rodeaban era campestres. La calzada del aeropuerto conducía a unaautopista ancha, pero en las cercanías había caminos de tierra bajo banianos de muchostroncos.—¿Cuándo despega su vuelo, señor Baedecker?—¿A Bombay? A las ocho y media. Pero no me llames «señor». Llámame Richard, por favor.—Vale, Richard. ¿Qué tal si damos un paseo y luego vamos a desayunar?—De acuerdo —dijo Baedecker. En ese momento habría dado cualquier cosa por disponer de una habitación vacía, una cama, tiempo para dormir. ¿Qué hora sería en St.Louis? Su mente fatigada no podía con esa simple aritmética. Siguió a la muchacha queechó a andar por la calzada mojada por la lluvia. Enfrente despuntaba el sol.Hacía tres días que despuntaba el sol cuando aterrizaron. Los detalles se perfilabancon claridad. Se había planeado de ese modo.Más tarde Baedecker apenas recordaba el descenso por la escalerilla y el momento enque saltó del módulo lunar. Todos los años de preparación, simulación y expectativashabían conducido a ese instante, esa brusca intersección del momento y el lugar, pero loque Baedecker recordaba después era una vaga sensación de frustración y urgencia.Llevaban un retraso de veintitrés minutos cuando Dave lo precedió escalerilla abajo.Ponerse los trajes y chequear los cincuenta y un ítems del sistema de soporte vital y ladespresurización les había llevado más tiempo que en las simulaciones.Se desplazaron por la superficie, verificando su equilibrio, recogiendo muestras,tratando de recobrar el tiempo perdido. Baedecker había dedicado muchas horas a idear una frase breve para recitarla cuando pisara el suelo lunar —su «nota al pie de lahistoria», como la había llamado Joan—, pero Dave hizo una broma al saltar del estribo,Houston pidió un chequeo radial y el momento pasó.
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