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FASES DE GRAVEDAD
Dan Simmons
Título original: Phases of GravityTraducción: Carlos Gardini© 1989 by Dan Simmons© 1991 Ediciones B S.A.Calle Rocafort 104 - BarcelonaISBN: 84-406-2003-9Edición digital: SadracR6 07/03 L
 A Robert y Kathryn Simmons
PRIMERA PARTE - POONAEl vuelo 001 de Pan Am dejó atrás el claro de luna y descendió hacia el aeropuerto deNueva Delhi a través de las nubes y la oscuridad. Mirando el ala, Baedecker sintió que eltirón de la gravedad se mezclaba con la tensión de un viejo piloto obligado a aterrizar como pasajero. Cuando las ruedas rozaron la pista, Baedecker miró el reloj: las 3.47 horalocal. Sintió pinchazos de dolor detrás de los ojos al mirar las oscuras siluetas de losdepósitos de agua y los edificios más allá de la luz intermitente del ala. El enorme 747 viróbruscamente a la derecha y carreteó hasta detenerse. El gemido de los motores seahondó y se apagó, dejando a Baedecker con el eco de su fatigado pulso en los oídos.Hacía veinticuatro horas que no dormía.Incluso antes de que la lenta cola llegara a la salida, Baedecker sintió la vaharada decalor y humedad. Al bajar por la escalerilla al pegajoso asfalto, sintió el tirón de latremenda, masa del planeta bajo sus pies, aumentada por el peso de los cientos demillones de almas desdichadas que poblaban el sub-continente, e irguió los hombros paracombatir el abatimiento.«Debí haberme hecho la tarjeta de crédito», pensó. En la penumbra, con los demáspasajeros, esperó a que el autobús azul y blanco se acercara por el oscuro pavimento. Laterminal era un borrón luminoso en el horizonte. Las nubes reflejaban las luces queparpadeaban más allá de la pista.No hubiera sido muy difícil. Sólo le habían pedido que se sentara frente a las cámaras ylas luces, sonriera y dijera:«¿Me conocéis? Hace dieciséis años pisé la Luna. Eso no me ayuda cuando quieroreservar un billete de avión o pagar una cena en un café francés.» Dos líneas más decháchara y el cierre estándar con la inscripción de su nombre en la tarjeta de plástico:RICHARD E. BAEDECKER.El edificio de la aduana parecía un enorme depósito. Luces amarillas de sodio colgabande las vigas de metal, dando un aire grasiento y ceroso a la tez de la gente. Baedecker tenía la camisa pegada al cuerpo. Las colas avanzaban despacio. Baedecker estabahabituado a las impertinencias de los vistas de aduana, pero esos hombrecillos de pelonegro y camisa beige establecían nuevos récords de impertinencia burocrática día a día.Un par de metros delante de él, una mujer india mayor esperaba con sus dos hijas, lastres con saris de algodón barato. Impaciente por sus respuestas, el funcionario queestaba detrás del maltrecho mostrador arrojó las dos maletas baratas al suelo delcobertizo. Telas brillantes y estampadas, sostenes y bragas rasgadas se desparramaron.
 
El vista se volvió hacia otro agente y masculló algo en hindi. Ambos sonrieron con sorna.De pronto el adormilado Baedecker se percató de que uno de los vistas le hablaba a él.—¿Cómo ha dicho?—He preguntado si es esto todo lo que tiene para declarar. ¿No trae nada más? —Elsonsonete del inglés con acento indio sonaba extrañamente familiar para Baedecker. Selo había escuchado a personal hotelero indio en todo el mundo. Sólo que entonces el tonono revelaba suspicacia ni enfado.—Sí. Esto es todo. —Baedecker señaló el formulario rosa que había llenado antes deaterrizar.—¿Es todo lo que lleva? ¿Una bolsa? —El agente alzó la vieja bolsa negra como sicontuviera contrabando o explosivos.—Es todo.El hombre frunció el entrecejo y se lo pasó desdeñosamente a otro agente de camisabeige, quien trazó una X sobre la bolsa como si la violencia del movimiento pudieraexorcizar posibles peligros.—Andando, andando —dijo el primer agente, gesticulando. —Gracias —dijoBaedecker. Cogió la bolsa y salió a la oscuridad.Sólo se veía negrura. Dos triángulos negros. Ni siquiera las estrellas eran visiblesdurante el descenso final. Enfundados en los voluminosos trajes de presión, ceñidos por correas y hebillas, solo veían el cielo uniforme y negro. Durante la mayor parte de lasecuencia de combustión final y descenso, el módulo de aterrizaje se había invertido y lasuperficie lunar era invisible. lo en los minutos finales Baedecker pudo mirar elresplandor de la trémula superficie lunar.«Es igual que en las simulaciones», pensó. Tenía que haber algo más. Tenía que sentir algo más. Pero mientras respondía automáticamente a las transmisiones y preguntas deHouston, mientras tecleaba meros en el ordenador y le leía cifras a Dave, esepensamiento indigno volvía una y otra vez. «Es igual que las simulaciones.»—¡Señor Baedecker! —Tardó un minuto en registrar el grito. Alguien lo llamaba desdehacía un rato. En un callejón entre la aduana y la terminal, Baedecker miró a su alrededor.Miles de insectos bailaban en el resplandor de los reflectores. Gentes envueltas entúnicas blancas dormían en la acera, acurrucadas contra los oscuros edificios. Hombremorenos de camisa brillante se apoyaban contra los taxis amarillos y negros. Baedecker giró hacia el otro lado cuando la muchacha se le acercó.—¡Señor Baedecker! Hola. —La muchacha se detuvo con un simpático gesto desaludo, irguió la cabeza, aspiró una profunda bocanada de aire.—Hola —dijo Baedecker. No sabía quién era esa joven, pero tuvo una fuerte sensaciónde
déjà vu 
. ¿Quién diablos lo saludaba en Nueva Delhi a las cuatro y media de lamañana? ¿Alguien de la embajada? No, no sabían que llegaba, y en todo caso no lesimportaba. Ya no. ¿Bombay Electronics? Difícil. No en Nueva Delhi. Y esa joven rubia eraobviamente norteamericana. Siempre torpe para recordar nombres y rostros, Baedecker se sonrojó con culpabilidad y embarazo. Hurgó en la memoria. Nada.—Soy Maggie Brown —dijo la muchacha, extendiendo la mano. El la estrec,sorprendido de hallarla tan fresca. Sentía la piel febril. ¿Maggie Brown? Ella se apartó unmechón de pelo que le llegaba hasta los hombros, y Baedecker de nuevo tuvo lasensación de haberla visto antes. Debía de haber trabajado para la NASA, aunqueparecía demasiado joven para...—Soy amiga de Scott —dijo ella con una sonrisa. Tenía boca ancha, y un pequeñoorificio entre los dientes frontales. El efecto era curiosamente agradable.—La amiga de Scott. Desde luego. Hola. —Baedecker le volvió a darla mano y miró entorno otra vez. Varios taxistas se habían acercado para ofrecer sus servicios. Baedecker 
 
meneó la cabeza, pero sólo parlotearon más. Baedecker cogió el codo de la joven y seapartó de la turba gesticulante—. ¿Qué haces aquí, en la India? Y en este lugar. —Baedecker señaló la calle angosta y la larga sombra de la terminal. Ahora la recordaba.Joan le había enseñado una foto la última vez que Baedecker estuvo en Boston. Los ojosverdes se le habían grabado en la memoria.—Hace tres meses que estoy aquí —dijo ella—. Scott rara vez tiene tiempo paraverme, pero voy allí cuando está libre. A Poona, quiero decir. Encontré un trabajo degobernanta... no gobernanta, en realidad, sino una especie de tutora. La familia de unmédico. Buena gente. Vive en el sector británico. De todos modos, estaba con Scott lasemana pasada, cuando recibió su telegrama.—Oh —dijo Baedecker. No se le ocurrió otra respuesta en varios segundos. En el cielotrepaba un pequeño reactor—. ¿Scott está allí? Pensaba que lo vería en... Poona.—Scott está en un retiro, en la granja del Maestro. No regresará hasta el martes. Mepidió que le avisara. Yo estoy visitando a una vieja amiga de la Fundación Educativa deVieja Delhi.—¿El Maestro? ¿Te refieres a ese gurú?—Así lo llaman todos. De cualquier modo, Scott me pidió que le avisara, y pensé queusted no se quedaría mucho tiempo en Nueva Delhi.—¿Y has venido antes de que amanezca para darme este mensaje? —Baedecker miróatentamente a la joven. Mientras se alejaban de los potentes focos, la tez de la muchachaparecía brillar con fulgor propio. Baedecker notó que una luz tenue teñía el cielo hacia eleste.—No hay problema —dijo ella, cogiéndole el brazo—. Mi tren llegó hace pocas horas.No tenía nada que hacer hasta que abrieran las oficinas de la Fundación.Habían llegado al frente de la terminal. Baedecker notó que estaban en la campiña, acierta distancia de la ciudad. Veía edificios de apartamentos a lo lejos, pero los ruidos yolores que los rodeaban era campestres. La calzada del aeropuerto conducía a unaautopista ancha, pero en las cercanías había caminos de tierra bajo banianos de muchostroncos.—¿Cuándo despega su vuelo, señor Baedecker?—¿A Bombay? A las ocho y media. Pero no me llames «señor». Llámame Richard, por favor.—Vale, Richard. ¿Qué tal si damos un paseo y luego vamos a desayunar?—De acuerdo —dijo Baedecker. En ese momento habría dado cualquier cosa por disponer de una habitación vacía, una cama, tiempo para dormir. ¿Qué hora sería en St.Louis? Su mente fatigada no podía con esa simple aritmética. Siguió a la muchacha queechó a andar por la calzada mojada por la lluvia. Enfrente despuntaba el sol.Hacía tres días que despuntaba el sol cuando aterrizaron. Los detalles se perfilabancon claridad. Se había planeado de ese modo.Más tarde Baedecker apenas recordaba el descenso por la escalerilla y el momento enque saltó del módulo lunar. Todos los años de preparación, simulación y expectativashabían conducido a ese instante, esa brusca intersección del momento y el lugar, pero loque Baedecker recordaba después era una vaga sensación de frustración y urgencia.Llevaban un retraso de veintitrés minutos cuando Dave lo precedió escalerilla abajo.Ponerse los trajes y chequear los cincuenta y un ítems del sistema de soporte vital y ladespresurización les había llevado más tiempo que en las simulaciones.Se desplazaron por la superficie, verificando su equilibrio, recogiendo muestras,tratando de recobrar el tiempo perdido. Baedecker había dedicado muchas horas a idear una frase breve para recitarla cuando pisara el suelo lunar —su «nota al pie de lahistoria», como la había llamado Joan—, pero Dave hizo una broma al saltar del estribo,Houston pidió un chequeo radial y el momento pasó.
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