En 1964, durante el Concilio Vaticano II varios obispos hicieron importantesintervenciones sobre la sexualidad, pidiendo un diálogo de orientación renovadora. Según elcardenal Paul Émile Leger, la fecundidad
es un deber relacionado, no tanto con cada acto en particular, como con el estado mismo del matrimonio
. El Patriarca del rito de los melquitasde Antioquía, Máximo IV, de 86 años, decía sobre la anticoncepción:
aquí tenemos un conflictoentre la doctrina oficial de la Iglesia y la práctica contraria de la vasta mayoría de las familiascatólicas. Una vez más, la autoridad de la Iglesia es cuestionada en gran escala
.El cardenalLeo Joseph Suenens, por su parte, pedía:
les ruego, mis hermanos obispos, que no permitamos un nuevo caso Galileo; uno es suficiente para la Iglesia
. Apuntaba a una crisisde paradigma, en la esperanza de favorecer un desarrollo. Pero el tema fue sacado del debatepor la autoridad apostólica y se apostó por postergarlo hasta un mejor momento.
DISCERNIMIENTO ANTERIOR A
HUMANAE VITAE
Durante el Concilio Vaticano II el tema quedó reservado al Papa, asesorado por la
Comisión Pontificia para el Estudio de la Regulación de la Natalidad
, que entregó susconclusiones en 1966. En sus debates, el aporte de laicos casados, médicos, sociólogos,especialistas y, principalmente, el testimonio de las cinco mujeres de la Comisión, fueronimpresionando a teólogos y obispos participantes, cuya mayoría era inicialmente renuente aun cambio. Allí se produjo en las personas un acercamiento favorable a la nueva visión. Laicosde la Comisión que conducían programas de regulación natural de la natalidad apoyaron unainnovación pues su experiencia los había hecho evolucionar
. Pero una minoría de sacerdotesse opuso a favorecer un cambio. Lamentablemente, sin acuerdo unánime, la conclusión fuedoble y encontrada: una de
mayoría, innovadora,
y otra de
minoría
, que conservaba lasposturas históricas. Las personas partidarias de la posición conservadora reconocieronhidalgamente que no podían fundamentar completamente su posición, de la que sin embargoestaban seguros:
si pudiéramos aportar argumentos claros y convincentes por la sola razón,no sería necesaria nuestra comisión ni se daría en la Iglesia el presente estado de cosas
.Insistían los tradicionalistas:
La Iglesia no puede modificar su respuesta porque esta esverdadera (...) la doctrina en sí no puede no ser verdadera. Es verdadera porque la Iglesia (...)no ha podido equivocarse de una manera tan nefasta a lo largo de todos los siglos.
En este razonamiento podemos reconocer el modo en que se sustenta el paradigmahistórico, vigente en los últimos siglos: se da por sentado pues hasta hoy siempre ha sido así.A quien esté convencido de él, le parece del todo natural; al no convencido no le aporta nada(o bien ve una debilidad en la argumentación, pero ya
desde otro
paradigma).
EMERGE UNA NUEVA CONCEPCIÓN
Avanzados los debates en esta Comisión de expertos que asesoraba al Papa, solo cuatrode los teólogos evaluaban la anticoncepción como “intrínsecamente mala, por ley natural”,contra una significativa mayoría de quince que ya no la veía así y consideraba
reformable
estadoctrina. Teniendo en cuenta que, para asegurar la seriedad de sus conclusiones susintegrantes fueron cuidadosamente seleccionados, la mayoría que surgió a favor del cambionos parece elocuente.Para la última jornada de reuniones de 1966 el Papa agregó un Consejo de catorceobispos y cardenales de alto nivel. En la Comisión, incluyendo a los teólogos, obispos ycardenales, se alcanzó finalmente una mayoritaria aceptación de los métodos deanticoncepción, según el discernimiento de los esposos. Más aún, todos los miembros laicosrecomendaron esta innovación (31 expertos de todo el mundo, incluyendo tres
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