como aquel anónimo sevillano que nos dio la de Roma, o como Darío, que nos diola de Francia. No pasé de algún borrador urdido con palabras de pocas sílabas,que juiciosamente destruí. Es curiosa la suerte del escritor. Al principio es barroco, vanidosamente barroco, y al cabo de los años puede lograr, si son favorables los astros, no la sencillez,que no es nada, sino la modesta y secreta complejidad. Menos que las escuelas me ha educado una biblioteca –la de mi padre-; pese a lasvicisitudes del tiempo y de las geografías, creo no haber leído en vano aquellosqueridos volúmenes. En el Poema conjetural se advertirá la influencia de losmonólogos dramáticos de Robert Browning; en otros, la de Lugones y, así loespero, la de Whitman. Al rever estas páginas, me he sentido más cerca delmodernismo que de las sectas ulteriores que su corrupción engendró y que ahoralo niegan.Peter escribió que todas las artes propenden a la condición de la música, acaso porque en ella el fondo es la forma, ya que no podemos referir una melodía como podemos referir las líneas generales de un cuento. La poesía, admitido esedictamen, sería un arte híbrido: la sujeción de un sistema abstracto de símbolos,el lenguaje, a fines musicales. Los diccionarios tienen la culpa de ese conceptoerróneo. Suele olvidarse que son repertorios artificiosos, muy posteriores a laslenguas que ordenan. La raíz del lenguaje es irracional y de carácter mágico. Eldanés que articulaba el nombre de Thor o el sajón que articulaba el nombre deThunor no sabía si esas palabras significaban el dios del trueno o el estrépito quesucede al relámpago. La poesía quiere volver a esa antigua magia. Sin prefijadasleyes, obra de un modo vacilante y osado, como si caminara en la oscuridad. Ajedrez misterioso la poesía, cuyo tablero y cuyas piezas cambian como en unsueño y sobre el cual me inclinaré después de haber muerto. J.L.B.
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