cabeza, a lo menos parcialmente, en aquella mañana del 19 de septiembre, para que todosea más inteligible al lector, y quizás a mí mismo también.IIISoy un antiguo bachiller, y heme aquí ahora con veintiún años cumplidos. Me llamoDolgoruki, y mi padre legal es Makar Ivanov (3) Dolgoruki, ex siervo criado de losseñores Versilov. Así pues, soy hijo legítimo, aunque ilegítimo en el más alto grado, nocabiendo la menor duda sobre mi origen. He aquí cómo fue la cosa: hace veintidós años,el propietario Versilov (mi padre), que entonces tenía veinticinco años, visitó suspropiedades de la provincia de Tula. Supongo que en aquella época era todavía un ser deescasa personalidad. Es curioso cómo este hombre que me ha impresionado tanto desdemi infancia, que ha tenido una influencia tan capital en la formación de mi alma y que,por mucho tiem.po quizá, ha contaminado todo mi porvenir, siga siendo para mí, inclusohoy y en una infinidad de puntos, un verdadero enigma. Pero volveremos sobre eso mástarde. No es tan fácil de referir. Pero, de todas formas, mi cuaderno entero estará lleno deeste hombre.En aquella época, a los veinticinco años, acababa de perder a su mujer. Era unamuchacha del gran mundo, pero no muy rica, una Fanariotova, y él tenía de ella un hijo yuna hija. Mis noticias sobre esa esposa desaparecida tan pronto son bastante incompletasy se pierden en el conjunto de mis materiales; por lo demás, muchas circunstancias de lavida de Versilov se me han escapado, hasta tal punto se ha mostrado siempre conmigoorgulloso, altivo, reservado y negligente, a pesar de una especie de humildad, pasmosa aveces, hacia mí. Menciono sin embargo, a título de indicación, que ha gastado en el cursode su existencia tres fortunas a incluso bastante grandes, por un total de más decuatrocientos mil rublos (4) y quizá me quedo corto. Ahora, naturalmente, no tiene ya uncopec. . .Pues sucedió que fue a sus propiedades «Dios sabe por qué»; por lo menos así escomo.se explicó él más tarde conmigo. Sus hijitos no estaban con él, sino en casa deparientes, según su costumbre; así es como se comportó toda la vida con su prole,legítima o ilegítima. Había en aquella hacienda una gran cantidad de criados: entre ellos,el jardinero Makar Ivanov Dolgoruki. Agregaré aquí, para no tener que volver sobre lomismo, lo siguiente: pocas personas han podido maldecir su apellido tanto como yo lo hehecho a lo largo de toda mi vida. Era una cosa estúpida, pero era así. Cada vez que yoentraba en una escuela o me encontraba con gente a la que mi edad me obligaba a rendircuentas, en una palabra, cada maestro de escuela, preceptor, censor, cura, no importaquién, después de haberme preguntado el nombre y de haberse enterado de que yo eraDolgoruki, experimentaba la necesidad de añadir:-¿El príncipe Dolgoruki?Y cada una de las veces me veía obligado a explicarles a todos aquellos holgazanes:-No, Dolgoruki
tout court
(5).Aquel
tout court
terminó por volverme loco. Anotaré como una especic de fenómenoque no me acuerdo de una sola excepción: todos me hacían la pregunta. Algunos,indudablemente, la hacían sin el menor interés; por lo demás, no sé qué podía interesaraquello a quienquiera que fuese. Pero todos lo hacían, todos, hasta el último. Al enterarsede que yo era simplemente Dolgoruki, el interrogador me examinaba de ordinario conuna mirada obtusa y estúpidamente indiferente, poniendo de manifiesto que él mismo nosabía por qué me había interrogado, y se iba. Pero los más ofensivos eran los camaradasde la escuela. ¿Cómo pregunta un escolar a un novato? El novato, aturdido y confuso, elprimer día de su entrada en la escuela (en no importa qué escuela) es la víctima
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