Todo lleva a pensar que las presiones de la economía soncada vez más abrumadoras, en especial en aquellos ámbitosdonde los resultados de la investigación son altamente renta- bles, como la medicina, la biotecnología (sobre todo en ma-teria agrícola) y, de modo más general, la genética, por nohablar de la investigación militar. Así es como tantos inves-tigadores o equipos de investigación caen bajo el control de
grandes rmas industriales dedicadas a asegurarse, a través
de las patentes, el monopolio de productos de alto rendimien-to comercial; y que la frontera, desde hace mucho tiempo im- precisa, entre la investigación fundamental, realizada en loslaboratorios universitarios, y la investigación aplicada tiende
poco a poco a desaparecer: los cientícos desinteresados, que
no conocen más programa que el que se desprende de la lógicade su investigación y que saben dar a las demandas «comer-ciales » el mínimo estricto de concesiones indispensable paraasegurarse los créditos necesarios para su trabajo, corren el peligro de encontrarse poco a poco marginados, por lo menos
en algunos ámbitos, a causa de la insuciencia de las ayudas
públicas, y pese al reconocimiento interno de que disfrutan,en favor de amplios equipos casi industriales, que trabajan para satisfacer unas demandas subordinadas a los imperativosdel lucro. Y la vinculación de la industria con la investigaciónse ha hecho actualmente tan estrecha, que no pasa día sin que
se conozcan nuevos casos de conictos entre los investigado
-res y los intereses comerciales (por ejemplo: una compañíaestadounidense que produce una vacuna que aumenta las de-
fensas contra el virus responsable del sida intentó, a nes delaño 2000, impedir la publicación de un artículo cientíco quemostraba que esa vacuna no era ecaz). Es de temer, por tan
-to, que la lógica de la competitividad, que, como se pudo ver
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