GABRIELA, CLAVO Y CANELA – JORGE AMADO
Esta historia de amor por curiosa coincidencia, como diría doña Arminda-,comenzó el mismo día claro, de sol primaveral, en que el estanciero JesuínoMendonza mató a tiros de revólver a doña Sinházinha Guedes Mendonza, suesposa, exponente de la sociedad local, morena casi gorda, muy dada a lasfiestas de Iglesia, y al doctor Osmundo Pimentel, cirujano-dentista llegado aIlhéus hacía pocos meses, muchacho elegante con veleidades de poeta.Pues en aquella misma mañana, antes de que la tragedia conmoviese a laciudad, la vieja Filomena por fin había conseguido cumplir su antigua ame-naza de abandonar la cocina del árabe Nacib, emprendiendo viaje en el trende las ocho hacia Agua Preta, lugar en el que un hijo suyo prosperaba.Como luego opinara Juan Fulgencio -hombre de mucho saber y dueño de laPapelería Modelo, centro de la vida intelectual de Ilhéus- el día había sidomal elegido, aun siendo día hermoso, el primero de sol después de la largaestación de las lluvias, sol como una caricia sobre la piel. No era un díaapropiado para derramar sangre. No obstante, como el coronel JesuínoMendonza era hombre de honor, y muy decidido, poco afecto a lecturas y arazones estéticas, tales consideraciones ni siquiera le pasaron por la cabezadolorida por los cuernos. Apenas los relojes dieron las dos horas de la siestaél - surgiendo inesperadamente, ya que todos lo hacían en la estancia- des-pachó a la bella Sinházinha y al seductor Osmundo, de dos certeros balazosa cada uno. Y consiguió que la ciudad olvidase los restantes asuntos que te-nía para comentar: que el barco de la "Costera" había encallado por la ma-ñana a la entrada del puerto; el establecimiento de la primera línea de óm-nibus que uniría a Ilhéus con Itabuna; el gran baile recientemente celebra-do en el Club Progreso, y hasta el apasionante caso de Mundinho (diminuti-vo de Edmundo) Falcão, que había enarbolado la história de las dragas parala entrada del puerto. En lo que respecta al pequeño drama personal de Na-cib, súbitamente sin cocinera, apenas si sus más íntimos amigos habían to-mado conocimiento del mismo, y sin concederle la menor importancia. To-dos habíanse vuelto hacia la tragedia que les emocionaba, hacia la historiade la mu jer del estanciero y el dentista, tanto por la alta clase social a laque pertenecían los tres personajes que intervenían en dicha historia, cuan-to por la riqueza de detalles de la misma, algunos picantes y sabrosos. Por-que, a pesar del tan cacareado y vanidoso progreso de la ciudad ("Ilhéus seciviliza con un ritmo impetuoso", había escrito el doctor Ezequiel Prado, fa-moso abogado, en el "Diario de Ilhéus”), todavía interesaban en aquella tie-rra, y por encima de todo, las historias como ésa, violentas, de amor, celosy sangre. Íbanse perdiendo, con el correr del tiempo, los ecos de los últimos
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