se sucedieran unas a otras, hay unas inmensas ondulaciones paralelas de colorrubio ceniciento que se van extendiendo en sentido ascendente. Luego,allende las arenas, muy lejos, la cadena líbica forma un muro de color tiza,ligeramente difuminado por vapores violetas. Enfrente, empieza a ponerse elsol. El cielo, por el norte, tiene un matiz gris perla mientras que en el cenitunas nubes de color púrpura, dispuestas como las vedijas de unas crinesgigantescas, se diluyen por la bóveda azul. Estos rayos de luz semejantes allamas se van oscureciendo y las partes de cielo adquieren una palideznacarada; los matorrales, las piedras, la tierra, todo ahora parece duro como elbronce. Y en el espacio flota un polvillo de oro tan fino que se confunde conla vibración de la luz.SAN ANTONIO que lleva la barba larga, cabellos largos y una túnica de piel de cabra, estásentado con las piernas cruzadas, haciendo esteras. En cuanto el soldesaparece, da un gran suspiro y dice mirando al horizonte:¡Un día más! ¡Ha pasado otro día!No obstante, yo antaño no me sentía tan miserable. Antes de queacabara la noche, empezaba a rezar mis oraciones; luego bajaba al río a poragua y subía después por el áspero sendero, con el odre al hombro, cantandohimnos. Más tarde, me entretenía ordenándolo todo en mi cabaña. Tomabamis herramientas, trataba de que las esteras quedaran muy uniformes y lascestas, ligeras, pues hasta mis más insignificantes acciones me parecíanentonces deberes que nada de penoso tenían.Abandonaba mi tarea a horas regulares y, rezando con los brazos encruz, sentía como si se derramase una fuente de misericordia desde lo alto delcielo hasta mi corazón. Ahora, esa fuente está seca. ¿Por qué?
Pasea por el recinto de las rocas, lentamente.
Todos me censuraban cuando me fui de casa. Mi madre cayó al suelomoribunda, mi hermana me hacía señas desde lejos para que volviese y laotra,Amonaria, lloraba. Amonaria era esa niña con quien me tropezaba cadatarde a orillas del aljibe, cuando llevaba allí a sus búfalos. Se echó a correrdetrás de mí. Las ajorcas de sus pies brillaban entre el polvo y su túnica,abierta hasta las caderas, flotaba al viento. El anciano asceta que me llevabaconsigo la insultó a gritos. Nuestros dos camellos seguían galopando; ydespués no he vuelto a ver a nadie.Primero elegí por vivienda la tumba de un Faraón. Pero en esospalacios subterráneos circulan hechizos y las tinieblas parecen más densasdebido a los antiguos vapores de las hierbas aromáticas. Del fondo de lossarcófagos oía elevarse una voz doliente que me llamaba; o veía cobrar vida,
Leave a Comment