algunos insectos y alguna humedad acaso anterior alsiglo
XVI
.
E
ntre ellos estaban -y hago alusión porque la
H
istoria es muy amiga de las simetrías- las memoriasde
A
bdalá, el último rey zirí de
G
ranada, destronadopor el almorávide
Y
usuf -predecesor del constructorde la
K
arauín-, y muerto en
A
gmat en circunstanciassemejantes a las del rey de
S
evilla
A
lmutamid.
H
uboalgo, sin embargo, que llamó especialmente laatención de los arquitectos, personas curiosas, perono expertas en materia de paleografía.
S
e trataba deunos manuscritos que destacaban de los demás por dosrazones: por estar encuadernados a la perfección,como si una mano cuidadosa los hubiese depositadoallí con esmero, y por su color carmesí, que eltiempo no había apenas empalidecido.
L
a ordenación de los hallazgos de la
K
arauín durómucho, y no todas las manos que en ellaintervinieron fueron tan honradas como habría sidode desear.
D
esaparecieron numerosos manuscritos devalor histórico incalculable.
A
lgunos de ellos hanreaparecido, con los años, en bibliotecas públicas oprivadas europeas, e incluso en poder de anticuariosy libreros más o menos desaprensivos.
E
l manuscritocarmesí, que formaba un tomo de grosor considerable,había sido hurtado ya antes de la segunda visita delos arquitectos.
P
or avatares que el hombre no esquién no sólo para descifrar, sino ni siquiera paraplantearse, llegó a mi conocimiento su paradero enuna conocida biblioteca de
R
abat.
C
uando lo tuve en mis manos, admiré primero suelegante caligrafía, que variaba con morosidad comosi quien escribió todas sus páginas lo hubiese hechoa través de una vida entera, y me sobrecogió unaextraña impresión que, al conocer su contenido,comprendí.
E
l manuscrito reúne las memorias de otroúltimo rey; pero éste, definitivamente último.
S
onlas memorias de
B
oabdil, el sultán en cuyo tiempo seextingue de hecho el
I
slam en
E
spaña: el que entregó
G
ranada a los
R
eyes
C
atólicos el 2 de enero de 1492.
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