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GUSTAVE FLAUBERTLA LEYENDA DE SAN JULIAN EL HOSPITALARIOTraducido por Consuelo BergesILos padres de Juli
á
n viv
í
an en un castillo rodeado de bosques, en la ladera de una colina. Lascuatro torres de las esquinas remataban en techumbres puntiagudas cubiertas de escamas de plomoy la base de los muros se apoyaban en bloques de rocas que se despe
ñ
aban abruptamente hasta elfondo de los fosos.El pavimento de los patios era regular como el enlosado de una iglesia. Largas g
á
rgolas,figurando dragones con las fauces inclinadas hacia abajo, escup
í
an hac
í
a la cisterna el agua delas lluvias. Y en el resalto de las ventanas de todos los pisos crec
í
a en un tiesto de barropintado una albahaca o un heliotropo.Un segundo cercado, hecho de estacas, proteg
í
a en primer lugar una huerta de
á
rboles frutales,luego un cuadro donde las flores se combinaban formando cifras, despu
é
s una enramada conglorietas para tomar el fresco, y un juego de mallo que serv
í
a para entretenimiento de lospajes. Al otro lado estaban la porqueriza, los establos, el horno de cocer el pan, el lagar ylos graneros. En todo el contorno prosperaba un verde pastizal, cerrado por un seto de espinos.Se viv
í
a en paz desde hac
í
a tanto tiempo, que ya no se bajaba el rastrillo; los fosos estabanllenos de agua; las golondrinas hac
í
an sus nidos en las hendiduras de las almenas; y elarquero, que se pasaba el d
í
a paseando por la cortina, en cuanto el sol pegaba demasiado, semet
í
a en la atalaya y se quedaba dormido como un fraile.En el interior, reluc
í
an los herrajes por doquier; en los aposentos, los tapices proteg
í
an delfr
í
o; y los armarios estaban rebosantes de ropa blanca, se apilaban en las bodegas los tonelesde vino, las arcas de roble reventaban bajo el peso de los sacos de dinero.En la sala de armas, entre estandartes y cabezas de animales feroces, se ve
í
an armas de todoslos tiempos y de todos los pa
í
ses, desde las hondas de los amalecitas y los venablos de losgaramantas hasta los chafarotes de los sarracenos y las cotas de mallas de los normandos.En el gran asador de la cocina se pod
í
a ensartar un buey; la capilla era tan suntuosa como eloratorio de un monarca. Hasta hab
í
a, en un lugar apartado, un ba
ñ
o a la romana; pero el buencaballero del castillo no lo usaba, porque le parec
í
a cosa de id
ó
latras.Envuelto siempre en una pelliza de zorro, se paseaba por su casa, administraba la justicia enlos litigios de sus vasallos, mediaba en las querellas de sus vecinos. En invierno, miraba caerlos copos de nieve o hac
í
a que le leyeran historias. Nada m
á
s comenzar el buen tiempo, se ibaen su mula por las peque
ñ
as veredas, a orillas de los trigales que verdeaban ya, y charlaba conlos labriegos, d
á
ndoles consejos. Al cabo de muchas aventuras, hab
í
a tomado por esposa a unadoncella de alto linaje.Era muy blanca, un poco altiva y seria. Los picos de su capirote rozaban el dintel de laspuertas; la cola de su vestido de pa
ñ
o arrastraba tres pasos detr
á
s de ella. Llevaba elgobierno de la casa como el de un monasterio; cada ma
ñ
ana distribu
í
a el trabajo a los criados,vigilaba las mermeladas y los ung
ü
entos, hilaba en la rueca o bordaba manteles de altar.Afuerza de rogar a Dios, le naci
ó
un hijo.Su advenimiento se celebr
ó
con grandes festejos y con una comida que dur
ó
tres d
í
as y cuatronoches, con iluminaci
ó
n de antorchas, al son de las arpas y sobre alfombras de hojas. Sesirvieron las m
á
s raras especias, con gallinas grandes como corderos; por juego, de un pastelsurgi
ó
un enano; y las escudillas no bastaban ya, pues la multitud aumentaba sin cesar, y huboque beber en los olifantes y en los yelmos.La reci
é
n parida no asisti
ó
a estas fiestas. Estaba tranquilamente en su lecho. Una noche sedespert
ó
y, bajo un rayo de luna que entraba por la ventana, vislumbr
ó
un anciano en h
á
bito desayal, rosario al costado, morral al hombro y toda la traza de un eremita.--¡ Albricias, oh madre, tu hijo ser
á
un santo!La se
ñ
ora iba a gritar; pero el monje, pisando los rayos de la luna, ascendi
ó
suavemente en elaire y desapareci
ó
. Los cantos del banquete se elevaron m
á
s alto. La madre oy
ó
las voces de los
á
ngeles; y reclin
ó
la cabeza en la almohada, sobre la cual se destacaba un hueso de m
á
rtir enun marco de carbunclos.Al d
í
a siguiente, todos los criados a quienes preguntaron declararon que no hab
í
an visto aleremita.
 
Sue
ñ
o o realidad, aquello ten
í
a que ser un mensaje del cielo; mas la se
ñ
ora se guard
ó
muy biende decir nada. por miedo de que la acusaran de orgullo.Los convidados se fueron al amanecer; y el padre de Juli
á
n estaba fuera de la poterna, adondeacababa de acompa
ñ
ar al
ú
ltimo, cuando, de pronto, surgi
ó
ante
é
l, en la niebla un mendigo.Era un bohemio de barba trenzada, con aros de plata en ambos brazos y ojos centelleantes. Conexpresi
ó
n de iluminado, balbuci
ó
estas palabras incoherentes:--¡Ah, ah!, ¡tu hijo!... ¡mucha sangre!... ¡mucha gloria!... ¡siempre bienaventurado!... lafamilia de un emperador.Y, agach
á
ndose para recoger la limosna, se perdi
ó
entre la hierba, se esfum
ó
.El buen caballero mir
ó
a uno y a otro lado, llam
ó
cuanto pudo. ¡Nadie! Silbaba el viento, sellevaba las brumas ma
ñ
aneras.El caballero atribuy
ó
aquella (visi
ó
n al cansancio de su cabeza por haber dormido tan poco. «Sihablo de esto, se reir
á
n de m
í
», pens
ó
. Sin embargo, los esplendores destinados a su hijo ledeslumbraban, aunque la promesa no fuese clara y hasta dudara de haberla o
í
do.Los esposos se guardaron mutuamente su secreto. Pero los dos quer
í
an al hijo con parejo amor;y como le respetaban como a elegido de Dios, prodigaron a su persona atenciones sin tasa. Sobresu cuna, blando el colch
ó
n de fin
í
sima pluma, ard
í
a permanentemente una l
á
mpara en forma depaloma; tres nodrizas le mec
í
an y, bien fajado en sus pa
ñ
ales, rosadita la cara y azules losojos, con su manto de brocado y su gorro recamado de perlas, parec
í
a un ni
ñ
o Jes
ú
s. Le salieronlos dientes sin que llorase ni una vez.Cuando cumpli
ó
siete a
ñ
os, la madre le ense
ñó
a cantar. Para hacerle valeroso, el padre leencaram
ó
en un caballo grande. El ni
ñ
o sonre
í
a de satisfacci
ó
n y no tard
ó
en saber cuanto saberdeb
í
an los destreros.Un fraile anciano, muy docto, le ense
ñó
las Sagradas Escrituras, la numeraci
ó
n de los
á
rabes,las letras latinas y a hacer unas pinturas muy graciosas en pergamino. Trabajaban juntos, en loalto de una torre, resguardados del ruido.Terminada la lecci
ó
n, bajaban al jard
í
n, donde,andando paso a paso, estudiaban las flores.A veces vislumbraban, caminando por el fondo del valle, una reata de bestias de cargaconducidas por un peat
ó
n ataviado a la oriental. El se
ñ
or del castillo ve
í
a que era un mercadery mandaba a su encuentro a un criado. El forastero recib
í
a confiado la llamada, se desviaba desu camino e, introducido en el locutorio, sacaba de sus ba
ú
les piezas de terciopelo y de seda,orfebrer
í
as, perfumes, cosas extra
ñ
as de uso desconocido; y el buen hombre se iba con unasustanciosa ganancia y sin haber sufrido violencia alguna. Otras veces llamaba a la puerta unacaravana de peregrinos. Sus h
á
bitos, mojados humeaban en el atrio; y, una vez saciada elhambre, contaban sus viajes: las naves extraviadas en la mar brav
í
a, las caminatas a pie porlas arenas que abrasaban, la ferocidad de los paganos, las cavernas de Siria, el Bel
é
n y elSepulcro. Despu
é
s regalaban al mancebo conchas de sus esclavinas.Frecuentemente, el se
ñ
or del castillo festejaba a sus antiguos caballeros de armas. Mientrasbeb
í
an, recordaban sus guerras, los asaltos a las fortalezas con el batir de las catapultas,las heridas prodigiosas. Juli
á
n, que los escuchaba, se pon
í
a a gritar, y su padre no dudaba queel mancebo iba a ser un conquistador. Mas al anochecer, al salir del
Á
ngelus, cuando pasabaentre los mendicantes inclinados, echabamano a su escarcela con tanta modestia y tan noblecontinente, que su madre esperaba firmemente verle llegar a arzobispo.Ten
í
a su sitio en la capilla al lado de sus padres y, por largos que fueran los oficios,permanec
í
a todo el tiempo de rodillas, el sombrero en el suelo y la manos juntas.Un d
í
a, durante la misa, alz
ó
la cabeza y percibi
ó
un ratoncillo blanco que sal
í
a de un agujerodel muro El ratoncillo correte
ó
por el primer escal
ó
n del altar y, despu
é
s de dos o tresvueltas a la derecha y a la izquierda, se fue por donde hab
í
a venido. Le perturb
ó
la idea deque pod
í
a volver a ver al ratoncillo. Volvi
ó
; y todos los domingos le esperaba, y como esto leimportunaba, cogi
ó
odio al ratoncillo y decidi
ó
acabar con
é
l.Cerr
ó
la puerta, sembr
ó
en los escalones las migajas de un pastel y se apost
ó
delante delagujero con un palo en la mano.Pasado mucho tiempo, asom
ó
un hociquito rosado y luego el ratoncillo entero. Juli
á
n le asest
ó
 un ligero golpe y se qued
ó
estupefacto ante aquel cuerpecillo que ya no se mov
í
a. Una gota desangre maculaba la losa. Juli
á
n la limpi
ó
r
á
pido con la manga, tir
ó
afuera el ratoncillo y nodijo nada a nadie.Toda suerte de pajarillos picoteaban los granos de la huerta. Imagin
ó
meter guisantes en unaca
ñ
a hueca. Cuando o
í
a gorjear en un
á
rbol, se acercaba despacito, levantaba el tubo, inflabalos carrillos y los p
á
jaros le llov
í
an sobre los hombros en abundancia tal, que no pod
í
a menosde re
í
r, satisfecho de su artima
ñ
a.Una ma
ñ
ana, al volver por la cortina, vio en la cima de la muralla una paloma que se pavoneabamuy oronda al sol. Juli
á
n se par
ó
a mirarla; como en aquel lugar la muralla ten
í
a brecha,encontr
ó
una piedra, la cogi
ó
, balance
ó
el brazo y la piedra abati
ó
a la paloma, que cay
ó
 redonda al foso.
 
Juli
á
n se precipit
ó
hacia el fondo, rasgu
ñá
ndose con los matojos, huroneando por doquier, m
á
sligero que un cachorro.La paloma, con las alas rotas, palpitaba, suspendida en las ramas de una alhe
ñ
a.La persistencia de su vida irrit
ó
al ni
ñ
o. Se puso a estrangularla; y las convulsiones del avele hac
í
an palpitar fuerte el coraz
ó
n, le infund
í
an una voluptuosidad salvaje y tumultuosa. Enla rigidez postrera, el ni
ñ
o se sinti
ó
desfallecer.Por la noche, durante la cena, el padre declar
ó
que el muchacho estaba ya en edad de aprenderla monter
í
a; y fue a buscar un viejo cuaderno de escritura que conten
í
a, en preguntas yrespuestas, todo lo referente a la caza. En este cuaderno, un maestro ense
ñ
aba a su disc
í
puloel arte de adiestrar a los perros y de amaestrar a los halcones, de tender trampas, c
ó
moreconocer el ciervo por sus cagarrutas, el zorro por su rastro, el lobo por la huella de susgarras, mejor manera de discernir sus rutas, c
ó
mo se los levanta, d
ó
nde se encuentrangeneralmente sus madrigueras, cu
á
les son los vientos m
á
s propicios, con la enumeraci
ó
n de lasvoces de los animales y las reglas de cebar a los perros.Cuando Juli
á
n supo recitar de memoria todas estas cosas, su padre le form
ó
una jaur
í
a.En primer lugar se distingu
í
an veinticuatro lebreles berberiscos, m
á
s veloces que las gacelas,pero propensos a enfurecerse; despu
é
s diecisiete parejas de perros bretones, con manchasblancas sobre fondo rojo, infalibles en su cr
é
dito, fuertes de pecho y grandes aulladores. Parael ataque al jabal
í
y las escapadas peligrosas hab
í
a cuarenta grifones, peludos como osos. Unosmastines de Tartaria, casi tan altos como asnos, color de fuego, largos de espinazo y derechoel corvej
ó
n, estaban destinados a perseguir a los uros. El pelaje negro de los podencos reluc
í
acomo raso; el ladrido de los talbots no ten
í
a nada que envidiar al de los bigles cantores. Enun patio separado gru
ñí
an, sacudiendo la cadena y salt
á
ndoseles los ojos, ocho dogos alanos,animales formidables que saltan al vientre de los jinetes y no temen a los leones.Todos com
í
an pan de trigo, beb
í
an en los pilones de piedra y ten
í
an un nombre sonoro.Quiz
á
la halconer
í
a superaba a la jaur
í
a; el buen se
ñ
or del castillo, a fuerza de dinero, sehab
í
a agenciado terzuelos del C
á
ucaso, sacres de Babilonia, gerifaltes de Alemania y halconesperegrinos, capturados en los acantilados, en las costas de los mares fr
í
os, en remotos pa
í
ses.Estaban en un cobertizo cubierto de b
á
lago, y, atados a las perchas por orden de tama
ñ
o, ten
í
andelante un terr
ó
n de c
é
sped, donde los posaban de vez en cuando para desentumecerlos.Se confeccionaron morrales, anzuelos, trampas, toda clase de instrumentos.Con frecuencia llevaban al campo perros de muestra, que levantaban en seguida la pieza.Entonces los monteros, avanzando paso a paso, lanzaban con precauci
ó
n sobre sus cuerposimpasibles una inmensa red. Un montero los hac
í
a ladrar; echaban a volar las codornices; y lasdamas de la comarca, invitadas con los maridos, los ni
ñ
os, las doncellas, todo el mundo seprecipitaba sobre ellas y las cog
í
an f
á
cilmente.Otras veces, para desencamar las liebres, se tocaba el tambor, ca
í
an los zorros en los fosos, obien se disparaba un cepo y apresaba un lobo por la pata.Pero Juli
á
n despreci
ó
estos c
ó
modos artificios; prefer
í
a cazar lejos de la gente, con uncaballo y su halc
ó
n. Este era casi siempre un gran tartaret de Escitia, blanco como la nieve.Su capuch
ó
n de cuero remataba en un penacho; en sus patas, azules, vibraban cascabeles de oro,y el halc
ó
n se sosten
í
a firme sobre el brazo de su amo, mientras el caballo galopaba y se ibanextendiendo las llanuras. Juli
á
n le desataba las correas y le soltaba de pronto; el animal,intr
é
pido, ascend
í
a en el aire derecho como una flecha; y se ve
í
an dos manchas que dabanvueltas, se juntaban y luego desaparec
í
an en las alturas del azur. No tardaba en bajar elhalc
ó
n desgarrando alg
ú
n p
á
jaro, y tornaba a posarse sobre el guantelete, tembl
á
ndole las alas.As
í
caz
ó
Juli
á
n la garza, el milano, la corneja y el buitre.Le gustaba tocar la trompa y seguir a los perros que corr
í
an por las laderas de las colinas,saltaban los riachuelos, sub
í
an hacia los bosques; y cuando el ciervo comenzaba a gemir bajolas dentelladas, le abat
í
a pr
é
stamente y luego se deleitaba con la furia de los mastines que ledevoraban, despedazado sobre su piel humeante.Los d
í
as de bruma, se met
í
a en las ci
é
nagas para acechar a los gansos, a las nutrias, a lospatos salvajes.Tres escuderos le esperaban desde el alba al pie de la escalinata; y era en vano que el viejofraile, asom
á
ndose a su tronera, le hiciera se
ñ
as de llamada: Juli
á
n no miraba atr
á
s. Caminabaal sol abrasador, bajo la lluvia, con la tormenta, beb
í
a en el hueco de la mano el agua de loshontanares; com
í
a, trotando, manzanas silvestres. Cuando estaba cansado, descansaba bajo unroble, y volv
í
a a medianoche, cubierto de sangre y de barro, con espinas en el pelo y olor abestias feroces. Lleg
ó
a ser como ellas. Cuando su madre le besaba, aceptaba fr
í
amente suabrazo, como abstra
í
do en pensamientos profundos.Mat
ó
osos a cuchilladas, toros con el hacha, jabal
í
es con venablo; y hasta una vez que no ten
í
am
á
s que un palo se defendi
ó
con
é
l contra unos lobos que estaban royendo cad
á
veres al pie deuna horca.Una ma
ñ
ana de invierno, sali
ó
antes del alba, bien equipado, con una ballesta al hombro y un
of 00

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