Juli
á
n se precipit
ó
hacia el fondo, rasgu
ñá
ndose con los matojos, huroneando por doquier, m
á
sligero que un cachorro.La paloma, con las alas rotas, palpitaba, suspendida en las ramas de una alhe
ñ
a.La persistencia de su vida irrit
ó
al ni
ñ
o. Se puso a estrangularla; y las convulsiones del avele hac
í
an palpitar fuerte el coraz
ó
n, le infund
í
an una voluptuosidad salvaje y tumultuosa. Enla rigidez postrera, el ni
ñ
o se sinti
ó
desfallecer.Por la noche, durante la cena, el padre declar
ó
que el muchacho estaba ya en edad de aprenderla monter
í
a; y fue a buscar un viejo cuaderno de escritura que conten
í
a, en preguntas yrespuestas, todo lo referente a la caza. En este cuaderno, un maestro ense
ñ
aba a su disc
í
puloel arte de adiestrar a los perros y de amaestrar a los halcones, de tender trampas, c
ó
moreconocer el ciervo por sus cagarrutas, el zorro por su rastro, el lobo por la huella de susgarras, mejor manera de discernir sus rutas, c
ó
mo se los levanta, d
ó
nde se encuentrangeneralmente sus madrigueras, cu
á
les son los vientos m
á
s propicios, con la enumeraci
ó
n de lasvoces de los animales y las reglas de cebar a los perros.Cuando Juli
á
n supo recitar de memoria todas estas cosas, su padre le form
ó
una jaur
í
a.En primer lugar se distingu
í
an veinticuatro lebreles berberiscos, m
á
s veloces que las gacelas,pero propensos a enfurecerse; despu
é
s diecisiete parejas de perros bretones, con manchasblancas sobre fondo rojo, infalibles en su cr
é
dito, fuertes de pecho y grandes aulladores. Parael ataque al jabal
í
y las escapadas peligrosas hab
í
a cuarenta grifones, peludos como osos. Unosmastines de Tartaria, casi tan altos como asnos, color de fuego, largos de espinazo y derechoel corvej
ó
n, estaban destinados a perseguir a los uros. El pelaje negro de los podencos reluc
í
acomo raso; el ladrido de los talbots no ten
í
a nada que envidiar al de los bigles cantores. Enun patio separado gru
ñí
an, sacudiendo la cadena y salt
á
ndoseles los ojos, ocho dogos alanos,animales formidables que saltan al vientre de los jinetes y no temen a los leones.Todos com
í
an pan de trigo, beb
í
an en los pilones de piedra y ten
í
an un nombre sonoro.Quiz
á
la halconer
í
a superaba a la jaur
í
a; el buen se
ñ
or del castillo, a fuerza de dinero, sehab
í
a agenciado terzuelos del C
á
ucaso, sacres de Babilonia, gerifaltes de Alemania y halconesperegrinos, capturados en los acantilados, en las costas de los mares fr
í
os, en remotos pa
í
ses.Estaban en un cobertizo cubierto de b
á
lago, y, atados a las perchas por orden de tama
ñ
o, ten
í
andelante un terr
ó
n de c
é
sped, donde los posaban de vez en cuando para desentumecerlos.Se confeccionaron morrales, anzuelos, trampas, toda clase de instrumentos.Con frecuencia llevaban al campo perros de muestra, que levantaban en seguida la pieza.Entonces los monteros, avanzando paso a paso, lanzaban con precauci
ó
n sobre sus cuerposimpasibles una inmensa red. Un montero los hac
í
a ladrar; echaban a volar las codornices; y lasdamas de la comarca, invitadas con los maridos, los ni
ñ
os, las doncellas, todo el mundo seprecipitaba sobre ellas y las cog
í
an f
á
cilmente.Otras veces, para desencamar las liebres, se tocaba el tambor, ca
í
an los zorros en los fosos, obien se disparaba un cepo y apresaba un lobo por la pata.Pero Juli
á
n despreci
ó
estos c
ó
modos artificios; prefer
í
a cazar lejos de la gente, con uncaballo y su halc
ó
n. Este era casi siempre un gran tartaret de Escitia, blanco como la nieve.Su capuch
ó
n de cuero remataba en un penacho; en sus patas, azules, vibraban cascabeles de oro,y el halc
ó
n se sosten
í
a firme sobre el brazo de su amo, mientras el caballo galopaba y se ibanextendiendo las llanuras. Juli
á
n le desataba las correas y le soltaba de pronto; el animal,intr
é
pido, ascend
í
a en el aire derecho como una flecha; y se ve
í
an dos manchas que dabanvueltas, se juntaban y luego desaparec
í
an en las alturas del azur. No tardaba en bajar elhalc
ó
n desgarrando alg
ú
n p
á
jaro, y tornaba a posarse sobre el guantelete, tembl
á
ndole las alas.As
í
caz
ó
Juli
á
n la garza, el milano, la corneja y el buitre.Le gustaba tocar la trompa y seguir a los perros que corr
í
an por las laderas de las colinas,saltaban los riachuelos, sub
í
an hacia los bosques; y cuando el ciervo comenzaba a gemir bajolas dentelladas, le abat
í
a pr
é
stamente y luego se deleitaba con la furia de los mastines que ledevoraban, despedazado sobre su piel humeante.Los d
í
as de bruma, se met
í
a en las ci
é
nagas para acechar a los gansos, a las nutrias, a lospatos salvajes.Tres escuderos le esperaban desde el alba al pie de la escalinata; y era en vano que el viejofraile, asom
á
ndose a su tronera, le hiciera se
ñ
as de llamada: Juli
á
n no miraba atr
á
s. Caminabaal sol abrasador, bajo la lluvia, con la tormenta, beb
í
a en el hueco de la mano el agua de loshontanares; com
í
a, trotando, manzanas silvestres. Cuando estaba cansado, descansaba bajo unroble, y volv
í
a a medianoche, cubierto de sangre y de barro, con espinas en el pelo y olor abestias feroces. Lleg
ó
a ser como ellas. Cuando su madre le besaba, aceptaba fr
í
amente suabrazo, como abstra
í
do en pensamientos profundos.Mat
ó
osos a cuchilladas, toros con el hacha, jabal
í
es con venablo; y hasta una vez que no ten
í
am
á
s que un palo se defendi
ó
con
é
l contra unos lobos que estaban royendo cad
á
veres al pie deuna horca.Una ma
ñ
ana de invierno, sali
ó
antes del alba, bien equipado, con una ballesta al hombro y un
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