CAPÍTULO I
Desde mi más tierna infancia, mi padre, muchas veces, me habló del Pabellón de Oro. Nací al noroeste de Maizuru, en un promontorio solitario que penetra como una cuña en elmar del Japón. Mi padre no era de allí, sino de Shiraku, las afueras al este de Maizuru.Cediendo a vivas instancias, mi padre abrazó el estado de clérigo, y, siendo ya monje, fueencargado de un templo situado sobre una colina perdida. Allí se casó y su mujer le dio unhijo -que soy yo.En la cercana aldea del Cabo Nariu no había ningún colegio a propósito para mí, y muy pronto llegó el momento de abandonar el hogar. Me acogió un tío mío, en el país de mi padre, y todos los días recorría a pie el trayecto entre su casa y el colegio del barrio Este deMaizuru.El país natal de mi padre era una tierra inundada de luz. Sin embargo, todos los años, hacianoviembre o diciembre, incluso en días que amanecían bajo un cielo puro y sin nubes, caíande pronto cuatro o cinco aguaceros. De ahí que mi corazón, mi inestable corazón, sea comoesta tierra que le vio crecer.En los atardeceres de mayo, desde la casa de mi tío, en la pequeña habitación donde hacíamis deberes, yo contemplaba, frente a mí, las colinas. Bajo los rayos del poniente, susladeras cubiertas de hojas nuevas parecían mamparas de oro desplegadas en medio de lallanura. Pero lo que yo veía era el Pabellón de Oro. A menudo, en fotografías y en los librosde clase, mis ojos habían contemplado el verdadero Pabellón
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