repentina y dramática, en la personalidad de un sujeto cuando le alteramos el rostro. Mesentía exaltado ante los éxitos que había logrado al respecto. Empero, yo también comoSir Humphrey Dhabi, aprendí más de mis fracasos que de mis éxitos.Algunos enfermos no manifestaron cambio alguno en su personalidad después dela cirugía plástica. En la mayoría de los casos, un individuo que poseía un rostroextraordinariamente feo o algún rasgo impresionante que había sido corregido por lacirugía, experimentó casi inmediatamente (por lo general a los veintiún días deefectuada la operación), un aumento considerable en sus sentimientos de autestimacióny autoconfianza. En algunos casos, sin embargo, el paciente continuó sintiéndoseinadaptado y experimentado sentimientos de inferioridad. En resumen, estos“fracasados” continuaron sintiéndose, actuando y conduciéndose exactamente igual quesi aún tuvieran un rostro feo.Lo anterior me indicó que la reconstrucción de la imagen física en sí no era laverdadera clave en el cambio de la personalidad. Luego había algo más sobre lo cual lacirugía facial generalmente influía, pero que a veces no sufría cambio alguno. Cuandolográbamos reconstruir ese “algo más”, el individuo cambiaba favorablemente. Si no lolográbamos, el sujeto permanecería exactamente igual que antes de la operación, auncuando la alteración de sus rasgos físicos fuera total.EL ROSTRO DE LA PERSONALIDADEra como si la personalidad misma tuviese “rostro”. Todo me hizo pensar que esaintangible “cara de la personalidad” contrituía la verdadera clave de los cambios de la personalidad. Si ese rostro continuaba desfigurado, deformado, “feo” o inferior, la persona seguía desempeñando ese mismo papel en su conducta a pesar de los cambiosoperados en su apariencia física. Cuando ese “rostro de la personalidad” se podíareconstruir, cuando era posible extirpar las viejas cicatrices emocionales, la persona ensí cambiaba aun sin el auxilio de la cirugía plástica. Una vez que hube comenzado aexplorar en este terreno, encontré más y más fenómenos que confirmaban el hecho deque la autoimagen –el concepto mental y espiritual que de sí mismo se forja elindividuo- constituía la verdadera clave de la personalidad y de la conducta.Ampliaremos este tema en el capítulo primero de la presente obra.LA VERDAD ESTA DONDE SE LE ENCUENTRASiempre he creído en ir a donde fuere necesario para llegar ante la verdad, inclusosi para ello tenemos que cruzar fronteras internacionales. Cuando hace años decidíhacerme cirujano plástico, los médicos alemanes adelantaban con mucho a los demás países en este terreno, así que emprendí el camino hacia Alemania.En mi búsqueda de la “autoimagen”, también yo tuve que cruzar fronteras, aunqueéstas hayan sido invisibles. A pesar de que la ciencia psicológica reconoce laautoimagen y su papel de clave en la conducta humana, la respuesta que dan los psicólogos a las preguntas de cómo ejerce influencia la autoimagen, cómo crea una pesonalidad nueva, y qué acontece dentro del sistema nervioso humano cuando cambiala autoimagen, es sumamente vaga.La mayoría de mis respuestas las encontré en la nueva ciencia llamada cibernética,que restaura la teleología como un concepto respetable de la ciencia. Resulta algoextraño que la nueva ciencia de la cibernética se haya desarrollado a partir del trabajo
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