melancólico fueran asesinados junto con él. No insinúo que, de haber seguido fieles a sus antiguos dioses,hubieran podido seguir con vida. Más bien deseo creer que las potencias de arriba tenían interés ensignificar con ello que quienquiera que abrace una fe con esperanzas de obtener ventajas materiales y nopor los bienes espirituales que procura, hace un flaco negocio. A la distancia que de ellos nos separa,ignoramos si esos bienes espirituales les fueron o no otorgados a Edwin y a sus ligios.
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Dejemos el trasfondo histórico y las consecuencias de aquella memorable sesión; volvamos a esaspocas frases del
thane
para extraer de ellas las enseñanzas que aún pueden ofrecernos. En primer lugar,son unas palabras muy hermosas. La metáfora extraída de la experiencia corriente parece contener dentrode sí toda la violencia y todo el «confort» rudo de los inviernos del Norte. Después y sobre todo, laconfesión de ignorancia del
thane
sigue siendo la nuestra, o más bien seguiría, si las filosofías, lastécnicas y todas las estructuras que el hombre construye y de las que se halla prisionero no ocultaran a lainmensa mayoría de los hombres de hoy que no saben mucho más sobre la vida y la muerte de lo quesabía aquel jefe de clan más o menos bárbaro...
Adveniensque unus passarum domum citissime pervolavit,qui cum per unum ostium ingrediens, mox per aliud exierit.
La prosa latina de Beda, tan torpe, es aúndemasiado clásica para aquel pensamiento primitivo, a un tiempo concreto y fluctuante más a sus anchasen la áspera versión del rey Alfredo:
Cume an spearwa and braedlice thaet hus thurhfleo, cume thurhothre duru in, thurn othre ut gewite
. Mas no caigamos por ello en el lugar común consistente en oponerese mundo mental que preludia, a mil años de distancia, el sombrío universo poético del
Macbeth
deShakespeare al espíritu grecolatino supuestamente más lógico y menos envuelto en brumas de misterio.Es cuestión de época: un héroe de Homero, un lucumón etrusco hubieran podido hablar así.Si nos ceñimos más al texto que, en un principio, nos gustó únicamente por su belleza,advertiremos que el pensamiento del
thane
va audazmente en contra de venerables hábitos mentales queaún perduran. Quienes como Vigny, ven la vida a la manera de un espacio luminoso entre dos sombrasinfinitas, se figuran de buen grado esas dos zonas oscuras, la de antes y la de después, como inertes,indiferenciadas, como una suerte de nada-frontera. Los cristianos, a pesar de su fe en una inmortalidadbeatífica o infernal, piensan en la zona que hay después de la muerte (les preocupa bastante poco la deantes de la vida) como en el lugar del eterno descanso.
Invideo, qua quiescunt
, decía Luterocontemplando unas tumbas. Para aquel bárbaro, por el contrario, el pájaro sale del huracán y vuelve a latempestad; aquellas ráfagas de lluvia y de nieve impulsadas por el viento en la noche druidica nosrecuerdan el remolino de los átomos, los ciclones de formas de los sutras hindúes. Entre esas dosmonstruosas tormentas, el
thane
interpreta el paso del pájaro por la sala como un momento de tregua
1
.Nos sorprende mucho. El
thane
de Edwin sabía, sin embargo, que un pájaro, cuando entra en la casa delos hombres, da vueltas despavorido a riesgo de romperse las alas contra aquellas paredesincomprensibles, de quemarse con la llama o de verse atrapado por los dogos tendidos ante la chimenea.La vida, tal como la vivimos, no es un momento de tregua.Pero la imagen del pájaro venido no se sabe de dónde y que parte en no se sabe qué dirección siguesiendo un buen símbolo del inexplicable y corto paso del hombre sobre la tierra. Se podría ir aún máslejos y convertir la estancia asediada por la nieve y el viento, iluminada durante algún tiempo, en otrosímbolo igualmente angustioso: el del cerebro, habitación iluminada, fuego central, temporalmentesituado para cada uno de nosotros en medio de las cosas y sin el cual, ni el pájaro ni la tempestad hubieransido imaginados ni percibidos. 1976
II. Sixtina
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Spatio serenitatis
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