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LA VENDIMIA. CUENTO.

LA VENDIMIA. CUENTO.

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CUENTO DE INTRIGA
CUENTO DE INTRIGA

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Published by: Carolina-Dafne Alonso-Cortés Román on Oct 28, 2013
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LA VENDIMIAEra el principio del otoño, tiempo de vendimia en las bodegas deCastilla. Comenzaba octubre y ya no hacía calor; de todas formas, nohabía sido un verano excesivamente caluroso.Cuando llegó septiembre el fruto de las cepas, con las lluvias de laprimavera y el calor y la luz del verano, había madurado lo suficiente yestaba listo para su recolección. Esto dependía del grado de maduraciónde la uva que se deseara, según el tipo de vino que se quisiera producir:una mayor cantidad de azúcar aumentaría el grado alcohólico del vino.Los viñedos de uva blanca maduraban generalmente antes que los denegra.Todos aguardaban la vendimia, en que se recogía el fruto paratransformarse en vino, una vez llegaba a la bodega. Pero no todas lasvendimias eran iguales: existía la vendimia en verde, la de noche, laecológica de cepas emparradas, o la tradicional de cepa en bajo…El trabajo comenzaba ya desde el momento en el que se cortaba elracimo y era transportado hasta la bodega. Los viñedos estaban llenos demujeres, y hasta de niños, que recogían cuidadosamente las uvas, y lasdepositaban con el mismo cuidado en cestos de mimbre.Uno de los principales viticultores de la zona era un viudo, dueño deunas famosas bodegas. Era un hombre alto, de rostro severo, con barbacanosa. Podía tener cualquier edad entre los sesenta y los setenta años.Era ancho de espaldas, de nariz aguileña y ojos negros, y siempre fueamado por las mujeres. En aquellas fechas solía tener numerososinvitados y visitantes, todos de la buena sociedad.Su hija única, de veinticinco años, lo adoraba. Era pequeña cuando lamadre murió, y su padre no le había negado ningún capricho. Era unapelirroja delgada y atractiva, con la cara llena de pecas y una narizrespingada.Uno de los visitantes que llegó aquel día era un hombre moreno, conlos músculos redondos y firmes. Era joven, de rostro tostado por el sol, conun pequeño bigote negro y cejas pobladas, y una mirada penetrante. Suspadres habían sido grandes amigos de la fallecida, y él había heredado por su parte extensas tierras de cultivo.
 
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 Aquel hombre anciano, alto y delgado como un jovencito lo imponía,muy a su pesar. Al llegar a la finca estaba nervioso, pero poco a poco sefue relajando. Sobre el arco que daba acceso a la hacienda podía verse elnombre de la propiedad, pintado en negro sobre el fondo blanco de cal.La casa era grande, blanca y cuadrada: una suntuosa estructuraarábiga, de dos plantas, con un porche de altas columnas y balconesexteriores de hierro forjado. El verde intenso de las viñas que había detráshacía que la edificación apareciera especialmente bella. Fuera, en lascolinas adyacentes, podía ver a las gentes que pasaban y repasaban ensus vueltas interminablesUn criado le abrió la verja, y le señaló el aparcamiento. Él se bajó delcoche y lo siguió por los altos escalones de piedra, hacia el porche de lamansión.El porche era también de piedra, y al entrar le sorprendió el interior dela casa. Era tan grande y espacioso como había imaginado, pero casicarente de mobiliario. Sólo había unos cuantos muebles antiguos, aunquede la mejor calidad.Nada de tapices ni cuadros en las paredes. Eran de mármol, al igualque el suelo. Detrás de las ventanas, las pintorescas colinas sembradasde vides se recortaban contra un cielo azul brillante.Estuvo allí de pie durante unos minutos, hasta que el criado lo hizopasar a la gran biblioteca. El hombre que estaba sentado tras la mesa,ocupando un gran sillón frailero, lo miró con la total indiferencia que le erausual. Aquel hombre no inducía a la sonrisa. Él recordaba muy bien supelo canoso, y su modo vigoroso de hablar.Levantó los ojos hacia el recién llegado, que se mantenía de pie juntoa la puerta, y de momento no lo reconoció. Podía ser un profesor, unperiodista, o cualquier otra cosa. Lo miró con una muda pregunta, y el otrose presentó a sí mismo:-¿No me recuerda? Soy el hijo de sus vecinos, mi madre fue amiga...de su esposa.Hubo un instante de vacilación. Captó el rápido parpadeo del hombre,el fruncimiento de sus cejas. Luego, sin levantarse, le tendió la mano, y élse la estrechó.-Por supuesto que sí. Me alegro de su visita, y lo invito a que nosacompañe esta noche a la cena. Es para celebrar la vendimia, ya sabe.-Élasintió.-Lo sé, pero no sabía que fuera precisamente hoy. No quisiera ser inoportuno... -vaciló.

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