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Trabajo Estetica

Trabajo Estetica

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11/01/2013

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Establecer cuando ha comenzado la Modernidad resulta tan complejo, que las discusiones sobre su origen se extienden hasta la actualidad. En este ensayo se cotejarán las posturas de los diferentes autores sobre el tema tomando como eje de análisis los elementos particulares que estos autores identifican y utilizan para analizar el fenómeno, tratando de establecer puntos de encuentro y diferencias. Se tomará como punto de partida a Toulmin, quien parte de las diferentes visiones de la modernidad hechas  por otros autores, y encuentra que todas ellas tienen en común el posicionar el surgimiento del pensamiento moderno con el racionalismo de Descartes y las investigaciones Físicas de Galileo, en la mitad del siglo XVII. Sin embargo, discrepa de estas formulaciones, que llama
“tesis oficial”,
 afirma que a pesar de la veracidad de estas teorías, el racionalismo generó en la era muchos avances que la definen, y niega que el siglo XVII haya sido una época de prosperidad económica y paz. Los cambios hacia el racionalismo no se dieron como corte abrupto, sino que fueron el resultado tardío de la obra de muchos escritores que ya comenzaron a dar vestigios de este  pensamiento moderno alrededor del siglo XVI. Esta concepción, se asemeja a la de Berman quien ubica el proceso de modernización en el siglo XVI y sigue su desarrollo hasta el siglo XIX, agrupando esta primera etapa de surgimiento a todas las ideas desarrolladas por los autores planteados por Toulmin, dando mismo valor a Descartes y Galileo como a sus antecesores. Berman plantea a la modernidad como una era de contradicciones, el hombre se sumerge en una vorágine constante donde
“todo lo sólido se desvanece en el aire”, “
está
cargado de su contrario”
, y el miedo a la desorientación y a la desintegración son una constante amenaza. Toma el pensamiento de Nietzsche y Marx para dar cuenta de la existencia de esta
“existencia dialéctica” que experimenta el hombre moderno que se ve claramente plasmada en la
s ideas de estos filósofos. En ellos, el hombre aparece como objeto y sujeto, como prisionero de la fragmentación pero como único responsable posible de un cambio. Esta corriente de pensamiento histórico se enmarca en tres fases: la primera, de inicios del siglo XVI hasta finales del siglo XVIII, donde las personas empiezan a experimentar la vida moderna,  buscando un vocabulario adecuado y teniendo poca sensación de sí mismos como parte de una comunidad moderna (reflejada en el pensamiento de Rousseau); la segunda , a partir del siglo XIX, en donde se empieza a vivir en la dicotomía de la nueva conciencia de la vida moderna y el recuerdo de la espiritualidad y materialidad antiguas, y en donde nace, el pensamiento contradictorio de Nietzche y Marx y por último, la tercera etapa, el siglo XX, donde la idea de modernidad concebida en la fragmentariedad, pierde su capacidad de organizar y dar sentido a la vida de las  personas. En esta última etapa, Bergman encuentra el problema del estancamiento del pensamiento, en tanto, el hombre moderno para los filósofos modernos, ha desaparecido. Foucault, para Berman, es uno cuyos pensamientos
ofreció a la generación de los sesenta ese “sentimiento de pasividad”
. Ahora bien, a pesar de diferenciarse en la concepción del rol del hombre en la historia (Hombre como objeto oprimido por el sistema, sin libertad
 – 
Foucault- y, hombre en contradicción objeto y sujeto con posibilidad de cambio), podemos establecer algunos puntos comunes. Foucault, plantea que la modernidad surge en el siglo XIX, pero le precede una época clásica que surge en el siglo
XVII en donde prevalece una “historia del orden”, lo que se corresponde con la primera etapa postulada
 
 por Berman. Posteriormente, predomina una “historia de la locura”, que
 coincide con la segunda y tercera etapas de Berman en la que los hombres pierden el sentido de la modernidad. La diferencia radica en que mientras Foucault considera a la modernidad a partir del siglo XIX, el otro autor habla de vestigios de modernidad a partir del siglo XVI. Y, si bien coinciden las etapas, Foucault, al igual que Koselleck, autor que desarrollaremos luego, señala un brusco, conciso, rotundo y bien definido quiebre, que demarca de manera definitiva un momento y el otro. Toma el concepto de Epistéme, (la raíz y el eje articulador de las relaciones entre los objetos), para señalar el quiebre como el choque de dos epistémes, la del Mundo Antiguo que el llama Epistéme Clásica y la otra, Epistéme Moderna. La Epistéme Moderna da inicio a una nueva etapa en el siglo XIX, y trae con ella los conceptos de inconsciente, y ciencias antropológicas y sociales; las palabras y los objetos se separan y aparece el hombre moderno.
Entonces, mientras que para Toulmin fue un “resultado tardío” y para Berman fue
 un proceso dialectico en devenir (por eso dicotómico y contradictorio), para Foucault hay un quiebre, un parámetro que distancia el  pensar moderno del antiguo. El hecho de plantear tres fases plantea, retornando a Berman, tres nacimientos de la modernidad en diferentes grados. Esta elección de abordar la historia que, además de Toulmin, se encuentra con la tesis de Halbwachs, quien señala la diferencia entre cómo se registran los sucesos en la historia y en la memoria colectiva, de ciertos grupos por un lado, y en la memoria individual por el otro, poniendo el énfasis en la historia como transición, como cambios que se dan progresivamente y no de un forma repentina. Halbwachs señala que para las  personas que son testigos de los hechos y los cambios históricos, los cambios son paulatinos y según ejes de familia, religión y clase social, sin referencia espacio temporal y no de un momento a otro. Son los historiadores y quienes registran la memoria histórica, quienes le dan el valor fragmentado a los acontecimientos. En este sentido también hay un punto en común con Koselleck, ya que este también concibe los cambios como procesos. Ahora  bien, profundizando en el pensamiento de Koselleck, la época moderna se caracteriza por el aumento progresivo de la diferencia entre experiencia y expectativa. La modernidad sólo se puede concebir
como un “tiempo nuevo” en
que el las experiencias realizadas se alejan cada vez más de las expectativas. La experiencia, es para él un pasado  presente, en la que los acontecimientos son incorporados y pueden ser recordados, incluye tanto las racionalizaciones como lo inconsciente del comportamiento, y la experiencia propia tanto como la ajena. La expectativa, por su parte es futuro hecho presente, refiere a lo aún no experimentado, a lo que se puede descubrir y siempre esta en el horizonte. Cuando las expectativas, no se pueden derivar de la experiencia del pasado, alimentando un potencial utópico excedente, comienza el agitado dinamismo socio-político de la Modernidad. De
la tensión de estos “conceptos contrarios” se puede deducir el tiempo histórico.
 Aquí podemos encontrar alguna
similitud con el concepto de “Tabula rasa” de Toulmin
 y el estableci
miento de un “tiempo nuevo”
: para él, la modernidad olvida sus propias raíces, deja el análisis de la realidad concreta, desplaza el peso de la prueba, cree que puede abjurar las ideas heredadas de nuestras culturas en pos de encontrar un punto cero que sirva de punto de  partida para cualquier filosofía racional, y eso es imposible,.
 
Retomando, Koselleck, además, incorpora la idea de progreso, relacionándolo con el descubrimiento de un nuevo horizonte de expectativas. Es aquí evidente una diferencia, si tomamos las ideas de Foucault y volvemos también al texto de Berman. El concepto de progreso, no coincide con la falta de libertad del Foucault ni la vida fragmentada de Berman. El progreso aparecería (como en el positivismo) como un todo positivo. A pesar de esta diferencia, Berman y Koselleck vuelven a unirse cuando éste toma la idea de choque, quiebre y aceleración. Como en lo dialéctico Bermaniano, lo nuevo y lo viejo chocan. Y este choque, según Koselleck, se había vuelto un acontecimiento de la vida coti
diana desde la Revolución Francesa. Y si bien la sociedad vivía en un “espacio de experiencia común”, esta plataforma se quebraba según la posición social, la generación política, etcétera.
Para concluir, habiendo cotejado las posturas de todos los autores, se puede establecer que, a pesar de todas las diferencias, la Modernidad representó para el hombre un cambio, una nueva forma de pararse frente al mundo que lo hizo reformularse en todos los aspectos de su vida y lo confrontó con la concepción misma de su naturaleza.

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