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El Leopardo Caza Al Anochecer

El Leopardo Caza Al Anochecer

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Novela, aventura, historica, electrizante relato del famoso escritor Sudafricano Wilbur Smith
Novela, aventura, historica, electrizante relato del famoso escritor Sudafricano Wilbur Smith

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El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
WILBUR SMITH.EL LEOPARDO CAZA EN LA OSCURIDAD.Craig Mellow, escritor de éxito en crisis, acepta la misión que le confía el WorldBank y retorna a la tierra de sus padres, Zimbabwe. De repente se encuentraenvuelto en un feroz conflicto de intereses que tiene como protagonistas agentesdel servicio secreto, guerrilleros, políticos corruptos y dos ministros del nuevorégimen, dos leopardos cazando en la noche. Escenarios de majestuosa belleza,acción persistente y pasiones vibrantes: Wilbur Smith al rojo vivo.Wilbur Smith nació en 1933 en Rhodesia del Norte (la actual Zambia),pero creció yestudio en Sudáfrica. Y ahora es considerado el escritor de aventura mas importantede nuestro tiempo. Entre sus muchas novelas, todas de gran suceso, recordamos:Furia, El leopardo caza en la oscuridad, Voraz como el mar, Cuando comen losleones, El dios del río y el séptimo papiro, aparecidos en Editorial Longanesi.Wilbur SmithEl leopardo caza en la oscuridad.Traducción de Hernán Kelly.Título originalThe Leopard Hunts in the Darkness.EL LEOPARDO CAZA EN LA OSCURIDAD.A Danielle,con Todo mi amor.Soplaba una suave brisa que ya había recorrido mas de mil millas, porquevenia del Kalahari, el vasto y desolado desierto que los pequeños bosquimanosamarillos llamaban “ El Gran Seco. Ahora que había llegado al valle del Zambesi serompía en vórtices y remolinos entre las colinas y los acantilados accidentados.El elefante macho estaba cerca apenas por debajo de la cresta de una de esascolinas. Era muy astuto para cometer el error de destacar su mole contra el cielo.En cambio se había ocultado detrás de las tiernas hojas nuevas de los árboles demsasa, confundiéndola con el gris de la roca del fondoDio unos pocos pasos y aspiró el aire con la amplia nariz peluda, despuésretiró la trompa y delicadamente se sopló en la boca.Los dos órganos olfativos colocados debajo del labio superior se abrieroncomo un capullo de rosa y el elefante aspiró el aire.Reconoció el polvo fino y picante del lejano desierto, el polen de cientos deplantas, el tibio olor bovino de los búfalos que pastaban en el fondo del valle yel fresco olor del agua donde abrevaban. Captó estos y otros aromas, y calculóexactamente la distancia a la fuente de cada olor.Aunque no eran estos los aromas que buscaba. Buscaba el acre hedor que tapa atodos los otros: el olor de tabaco africano mezclado con el rancio e inconfundiblemiasma del carnívoro, el sudor seco, en la lana sucia, la parafina, el jabón, elcuero curtido de las botas: en suma, el olor del hombre. Y allí estaba, tan fuertey cercano como había estado en todos los largos días desde que la caza habíacomenzado.Una vez mas el viejo macho sintió la atávica ira crecer en el. Innumerablesgeneraciones de su especie habían sido perseguidas por ese olor. Desde cachorrohabía aprendido a odiarlo y temerlo, y casi toda su vida se había regido por eso.Solo recientemente había habido una interrupción en esta vivencia de caza yhuida continuada. Por once años había habido una tregua, un tiempo de tranquilidadpara las manadas a lo largo del Zambesi. El macho no podía saber ni entender larazón: que entre sus perseguidores se libraba una terrible guerra civil.Guerra que había transformado esas vastas áreas a lo largo de la ribera surdel Zambesi en una especie de tierra de nadie, demasiado peligrosa para loscazadores de marfil o aun para los guarda fauna cuyos deberes incluían la matanzadiscriminada de la población excedente de elefantes. Las manadas habían prosperado
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en esos años, pero ahora las persecuciones habían recomenzado con toda la vieja eimplacable ferocidad.Con la rabia y el terror en el corazón, el viejo macho levanto la trompa otravez y aspiro el olor tan temido en los senos de su cráneo. Luego se volvió ylentamente cruzo la rocosa cresta, una mera mancha grisácea contra el azul pálidodel cielo Africano. Siempre aspirando anduvo hasta donde su manada se diseminabasobre la pendiente opuesta de la colina.Había casi trescientos elefantes distribuidos entre los árboles. La mayoríade las hembras tenían cachorros con ellas, algunos tan jóvenes que parecían gordoslechones pequeños para caber bajo las panzas de sus madres, desenrollaban laspequeñas trompas sobre las cabezas y estiraban el cuello hasta las ubres hinchadasque colgaban entre las patas anteriores de sus madres.Los cachorros mas grandes retozaban a su alrededor, jugando ruidosamente,hasta que la exasperación de alguno de los adultos hacia que desgajara una rama dealgún árbol y blandiéndola en la trompa la descargaba sobre el inoportuno,dispersando a los jóvenes elefantes que huyan chillando alegremente, mas quebarritando de miedo.Las hembras y machos jóvenes se alimentaban con metódica calma. Enfilando latrompa profundamente en la densa mata, plagada de espinas para arrancar un racimode bayas maduras y después colocarlas bien adentro de la garganta, como un viejotragando una aspirina; o usando la punta de un manchado colmillo marfileño paradespegar la corteza de un árbol de msasa, y luego arrancando una tira de tresmetros e introduciéndosela con placer tras el colgante labio triangular inferior; oalzando su voluminoso cuerpo sobre las patas posteriores como un perro mendigandocomida, y estirando la trompa para alcanzar las tiernas hojas en la cima de unárbol alto, o utilizando la ancha frente y las cuatro toneladas de peso parasacudir otro árbol haciendo caer una lluvia de bayas maduras. Mas abajo de laladera, dos jóvenes machos habían combinado esfuerzos para voltear un árbol dedieciocho metros cuyas hojas mas altas estaban mas allá de su alcance. Mientrascaía a tierra con un crujido de fibras quebradas, el jefe de la manada cruzo lacresta e inmediatamente el alegre fragor ceso abruptamente para ser reemplazado poruna calma que contrastaba con la intensa actividad previa.Los mas pequeños se arrimaron ansiosamente a los costados de sus madres, ylos adultos se inmovilizaron defensivamente, con las orejas desplegadas y solo laspuntas de sus trompas vibrando.El gran macho llego junto a ellos con su trote oscilante, con sus gruesoscolmillos amarillentos levantados, su alarma evidente en la posición de las orejas.Todavía portaba el olor del hombre en su cabeza y cuando llego al grupito mascercano de hembras, extendió la trompa y soplo sobre ellas el aire contaminado.Instantáneamente ellas giraron instintivamente a sotavento, de manera que elolor continuara llegándoles, el resto de la manada vio la manada y se dispusieronen formación de huida, cerrándose, con los mas jóvenes en el centro junto a susmadres, las viejas estériles rodeándolos, los machos jóvenes a la vanguardia de lamanada y los machos mas antiguos junto a sus asistentes askaris, sobre los flancos;y partieron con el oscilante trote devora-terreno que podían mantener un día, unanoche y otro día sin interrupciones.Huyendo, el viejo macho se sentía confuso. Nunca había experimentado unapersecución tan persistente como esta: ya habían transcurrido ocho días de tener alos hombres detrás, pero no obstante los perseguidores nunca se habían acercadopara hacer contacto con la manada.Estaban siempre al sur, llegándole su olor pero siempre manteniéndose fueradel alcance de su débil vista. Parecía que eran muchos, mas de los que alguna vezhabía encontrado en sus vagabundeos, una línea de ellos se extendía como una red através de los senderos que llevaban al sur. Solamente una vez los había visto, enel quinto día, habiendo llegado al limite de la paciencia, había ordenado a latropa a girar y tratar de romper la línea. Y ellos estaban allí presentes, paraespantarlos, las diminutas figuras de pie como bastoncitos, tan decepcionantementefrágiles y sin embargo tan letales, saltando desde la hierba amarilla, bloqueandosu escape al sur, agitando colchas y batiendo sobre latas de kerosén vacías, hastaque flaqueo su coraje y el viejo macho les dio la espalda y condujo a sus huestesuna vez mas descendiendo los escabrosos contrafuertes hacia el gran río.Esa pendiente estaba surcada por las sendas de elefantes usadas por diez milaños por las manadas: senderos que seguían las mas mínimas pendientes y encontrabanlos pasos y pasajes a través de esas colinas rocosas. El viejo macho llevo a su
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manada por una de ellas y los elefantes lo siguieron en fila india a través de lospasajes estrechos y se abrieron de nuevo mas allá.La marcha continuo toda la noche. Aunque no había luna, las blancas estrellaslos iluminaban y la manada se desplazo casi sin sonidos por el bosque oscuro. Enuna oportunidad, después de medianoche, el viejo macho se detuvo y espero junto ala senda, dejando que la manada continuara. En el espacio de una hora volvió acaptar el olor del hombre en el viento, mucho mas distante, pero allí, siempreallí, y se apuro para alcanzar a las hembras.Al alba los elefantes entraron en una zona que no habían visitado en diezaños. Era la angosta franja a lo largo del río que había sido escena de intensaactividad humana durante la larga guerra, razón por la cual la habían evitado hastaahora, cuando eran obligados reticentemente a volver.La manada se movía ahora con menos urgencia: habían dejado a losperseguidores bien lejos atrás, y disminuyeron la marcha para alimentarse al paso.El bosque era mas verde y exuberante allí en las tierras bajas del valle. Losárboles de msasa habían cedido lugar a los mopani y a los baobab gigantes queprosperaban en la zona mas tórrida, y el viejo macho, pudo sentir el agua adelantey las tripas le resonaron sedientas en la panza. Sin embargo un misterioso instintole advertía de otro peligro al frente como el que tenia detrás. Se detuvo a menudo,moviendo lentamente la gran cabeza gris de un lado al otro, las orejas desplegadascomo pantallas de radar y sus pequeños y débiles ojos brillando mientrasinvestigaba cautelosamente antes de proseguir.Y de golpe se detuvo una vez mas. Algo en el limite de su campo visual lellamo la atención, algo que brillaba como metal con los oblicuos rayos del solmatutino. Reculo alarmado, y detrás de el toda la manada, contagiada de su temor,retrocedió.El viejo macho se paro a observar el reflejo y lentamente paso el miedo,porque nada se movía excepto por el paso de la brisa a través del bosque, ningúnsonido, salvo el susurro en las ramas y el sedante parloteo y zumbido de pájaros einsectos indiferentes a su alrededor. Sin embargo el viejo macho espero, mirandoadelante y cuando cambio la luz noto que había otros objetos metálicos idénticos enuna línea cruzando delante de el y transfirió su peso de una pata a la otra,emitiendo un suave ronroneo de indecisión en su garganta.Lo que alarmaba al elefante era una fila de carteles de chapa aplicados a lospostes plantados en el terreno hacia tanto tiempo ya, que el olor del hombre sehabía disipado. Sobre cada cartel había un lacónico aviso pintado de rojo que elsol había desteñido al rosa pálido: un cráneo estilizado y tibias cruzadasacompañaban la escritura PELIGRO – CAMPO MINADO.El campo minado se había creado en los años previos por las fuerzas deseguridad del extinto gobierno rhodesiano blanco, para formar un cordón sanitario alo largo del Zambesi en la tentativa de impedir a los guerrilleros del ZIPRA y delZANU que penetraran en el territorio del Estado desde sus bases situadas del otrolado del río en Zambia. Millones de minas antipersonales, y de Claymore masgrandes, formaban una franja impenetrable, tan larga y ancha que era imposiblelimpiarla del todo; el costo de hacerlo le resultaba prohibitivo para el nuevogobierno negro del país, que ya se debatía en serias dificultades económicas.Mientras el viejo macho vacilaba todavía, el aire se lleno de un sonidoensordecedor, el salvaje sonido de vientos huracanados. Venia desde atrás de lamanada, también del sur, y el viejo macho giro para ver de que se trataba.La nueva amenaza que se perfilaba sobre los árboles del bosque podía parecerun grotesco pájaro negro suspendido de un disco brillante. Llenando los cielos deruido, se abatió sobre la manada tan bajo que el viento del rotor sacudió las ramasde los árboles como un temporal, levantando de la tierra seca una nube de polvorojo.Empujado por esta nueva amenaza, el viejo macho giro y corrió hacia el frentemas allá de la línea de discos de metal, en el campo minado, seguido por la manadacompleta presa del pánico.Había recorrido medio centenar de metros cuando la primer mina exploto debajode el. Como un poderoso hachazo, el dispositivo antipersonal le voló la mitad de lapata posterior derecha. Jirones de carne viva y sangrante le colgaban, mientras enel fondo de la herida se veía blanquear el enorme hueso. En tres patas, el viejomacho avanzo, y la siguiente mina le estallo justo debajo de la pata anteriorderecha.
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