El Leopardo caza al Anochecer Wilbur Smith
en esos años, pero ahora las persecuciones habían recomenzado con toda la vieja eimplacable ferocidad.Con la rabia y el terror en el corazón, el viejo macho levanto la trompa otravez y aspiro el olor tan temido en los senos de su cráneo. Luego se volvió ylentamente cruzo la rocosa cresta, una mera mancha grisácea contra el azul pálidodel cielo Africano. Siempre aspirando anduvo hasta donde su manada se diseminabasobre la pendiente opuesta de la colina.Había casi trescientos elefantes distribuidos entre los árboles. La mayoríade las hembras tenían cachorros con ellas, algunos tan jóvenes que parecían gordoslechones pequeños para caber bajo las panzas de sus madres, desenrollaban laspequeñas trompas sobre las cabezas y estiraban el cuello hasta las ubres hinchadasque colgaban entre las patas anteriores de sus madres.Los cachorros mas grandes retozaban a su alrededor, jugando ruidosamente,hasta que la exasperación de alguno de los adultos hacia que desgajara una rama dealgún árbol y blandiéndola en la trompa la descargaba sobre el inoportuno,dispersando a los jóvenes elefantes que huyan chillando alegremente, mas quebarritando de miedo.Las hembras y machos jóvenes se alimentaban con metódica calma. Enfilando latrompa profundamente en la densa mata, plagada de espinas para arrancar un racimode bayas maduras y después colocarlas bien adentro de la garganta, como un viejotragando una aspirina; o usando la punta de un manchado colmillo marfileño paradespegar la corteza de un árbol de msasa, y luego arrancando una tira de tresmetros e introduciéndosela con placer tras el colgante labio triangular inferior; oalzando su voluminoso cuerpo sobre las patas posteriores como un perro mendigandocomida, y estirando la trompa para alcanzar las tiernas hojas en la cima de unárbol alto, o utilizando la ancha frente y las cuatro toneladas de peso parasacudir otro árbol haciendo caer una lluvia de bayas maduras. Mas abajo de laladera, dos jóvenes machos habían combinado esfuerzos para voltear un árbol dedieciocho metros cuyas hojas mas altas estaban mas allá de su alcance. Mientrascaía a tierra con un crujido de fibras quebradas, el jefe de la manada cruzo lacresta e inmediatamente el alegre fragor ceso abruptamente para ser reemplazado poruna calma que contrastaba con la intensa actividad previa.Los mas pequeños se arrimaron ansiosamente a los costados de sus madres, ylos adultos se inmovilizaron defensivamente, con las orejas desplegadas y solo laspuntas de sus trompas vibrando.El gran macho llego junto a ellos con su trote oscilante, con sus gruesoscolmillos amarillentos levantados, su alarma evidente en la posición de las orejas.Todavía portaba el olor del hombre en su cabeza y cuando llego al grupito mascercano de hembras, extendió la trompa y soplo sobre ellas el aire contaminado.Instantáneamente ellas giraron instintivamente a sotavento, de manera que elolor continuara llegándoles, el resto de la manada vio la manada y se dispusieronen formación de huida, cerrándose, con los mas jóvenes en el centro junto a susmadres, las viejas estériles rodeándolos, los machos jóvenes a la vanguardia de lamanada y los machos mas antiguos junto a sus asistentes askaris, sobre los flancos;y partieron con el oscilante trote devora-terreno que podían mantener un día, unanoche y otro día sin interrupciones.Huyendo, el viejo macho se sentía confuso. Nunca había experimentado unapersecución tan persistente como esta: ya habían transcurrido ocho días de tener alos hombres detrás, pero no obstante los perseguidores nunca se habían acercadopara hacer contacto con la manada.Estaban siempre al sur, llegándole su olor pero siempre manteniéndose fueradel alcance de su débil vista. Parecía que eran muchos, mas de los que alguna vezhabía encontrado en sus vagabundeos, una línea de ellos se extendía como una red através de los senderos que llevaban al sur. Solamente una vez los había visto, enel quinto día, habiendo llegado al limite de la paciencia, había ordenado a latropa a girar y tratar de romper la línea. Y ellos estaban allí presentes, paraespantarlos, las diminutas figuras de pie como bastoncitos, tan decepcionantementefrágiles y sin embargo tan letales, saltando desde la hierba amarilla, bloqueandosu escape al sur, agitando colchas y batiendo sobre latas de kerosén vacías, hastaque flaqueo su coraje y el viejo macho les dio la espalda y condujo a sus huestesuna vez mas descendiendo los escabrosos contrafuertes hacia el gran río.Esa pendiente estaba surcada por las sendas de elefantes usadas por diez milaños por las manadas: senderos que seguían las mas mínimas pendientes y encontrabanlos pasos y pasajes a través de esas colinas rocosas. El viejo macho llevo a su
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