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Compilación de textos (cuentos y ensayos) por Profa. Ruth X. Vargas Scuotri para elcurso ESPA 3101Universidad de Puerto Rico en Humacao, Departamento de EspañolPublicación sólo para uso académicoI."La mancha de humedad" (Juana de Ibarbourou)
1.Hace algunos años, en los pueblos del interior del país no se conocía el empapelado de las paredes.Era éste un lujo reservado apenas para alguna casa importante, como el despacho del Jefe dePolicía o la sala de alguna vieja y rica dama de campanillas. No existía el empapelado, pero si lahumedad sobre los muros pintados a la cal. Para descubrir cosas y soñar con ellas, da lo mismo.Frente a mi vieja camita de jacarandá, con un deforme manojo de rosas talladas a cuchillo en elremate del respaldo, las lluvias fueron filtrando, para mi regalo, una gran mancha de diversostonos amarillentos, rodeada de salpicaduras irregulares capaces de suplir las flores y los paisajesdel papel más abigarrado. En esa mancha yo tuve todo cuanto quise: descubrí las Islas de Coral,encontré el perfil de Barba Azul y el rostro anguloso de Abraham Lincoln, libertador de esclavos,que reverenciaba mi abuelo; tuve el collar de lágrimas de Arminda, el caballo de Blanca Flor y lagallina que pone los huevos de oro; vi el tricornio de Napoleón, la cabra que amamantó aDesdichado de Brabante y montañas echando humo, de las pipas de cristal que fuman sus giganteso sus enanos. Todo lo que oía o adivinaba, cobraba vida en mi mancha de humedad y me daba sutumulto o sus líneas. Cuando mi madre venía a despertarme todas las mañanas generalmente yame encontraba con los ojos abiertos, haciendo mis descubrimientos maravillosos. Yo le decía conlas pupilas brillantes, tomándole las manos:2.–Mamita, mira aquel gran río que baja por la pared. ¡Cuantos árboles en sus orillas! Tal vez sea elAmazonas. Escucha, mamita, cómo chillan los monos y cómo gritan los guacamayos.Ella me miraba espantada: –¿Pero es que estás dormida con los ojos abiertos, mi tesoro? Oh, Dios mío, esta criatura no tiene bien su cabeza, Juan Luis.Pero mi padre movía la suya entre dubitativo y sonriente, y contestaba posando sobre mi corona detrenzas su ancha mano protectora: –No te preocupes, Isabel. Tiene mucha imaginación, eso es todo.3.Y yo seguía viendo en la pared manchada por la humedad del invierno, cuanto apetecía miimaginación: duendes y rosas, ríos y negros, mundos y cielos. Una tarde, sin embargo, meencontré dentro de mi cuarto a Yango, el pintor. Tenía un gran balde lleno de cal y un pincelgrueso como un puño de hombre, que introducía en el balde y pasaba luego concienzudamente por la pared dejándola inmaculada. Fue esto en los primeros días de mi iniciación escolar. Regresabadel colegio, con mi cartera de charol llena de migajas de biscochos y lápices despuntados. De pieen el umbral del cuarto, contemplé un instante, atónita, casi sin respirar, la obra de Yango que paramí tenía toda la magnitud de un desastre. Mi mancha de humedad había desaparecido, y con ellami universo. Ya no tendría más ríos ni selvas. Inflexible como la fatalidad, Yango me habíadesposeído de mi mundo. Algo, una sorda rebelión, empezó a fermentar en mi pecho y como burbuja que, creciendo, iba a ahogarme. Fue de incubación rápida cual las tormentas del trópico.
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Tirando al suelo mi cartera de escolar, me abalancé frenética hasta donde me alcanzaban los brazos, con los puños cerrados. Yango abrió una bocaza redonda como una O de gigantes, sequedó unos minutos enarbolando en el vacío su pincel que chorreaba líquida cal y pudo preguntar  por fin lleno de asombro:4.–¿Qué le pasa a la niña? ¿Le duele un diente, tal vez?Y yo, ciega y desesperada, gritaba como un rey que ha perdido sus estados: –¡Ladrón! Eres un ladrón, Yango. No te lo perdonaré nunca. Ni a papá, ni a mamá que te lomandaron. ¿Qué voy a hacer ahora cuando me despierte temprano o cuando tía Fernanda meobligue a dormir la siesta? Bruto, odioso, me has robado mis países llenos de gente y de animales.¡Te odio, te odio; los odios a todos!El buen hombre no podía comprender aquel chaparrón de llanto y palabras irritadas. Yo me tiré de bruces sobre la cama a sollozar tan desconsoladamente, como sólo he llorado después cuando lavida, como Yango el pintor, me ha ido robando todos mis sueños. Tan desconsolada e inútilmente.Porque ninguna lágrima rescata el mundo que se pierde ni el sueño que se desvanece... ¡Ay, yo losé bien![
Fuente:
Juana de Ibarbourou. "La mancha de humedad".
Chico Carlo
. Buenos Aires: EditorialKapelusz, 1953.
II. "La mancha de humedad" (José Enrique Rodó)
1.
P
aseaba en compañía de un amigo, hace años, frente a la ruinosa pared de un edificio, cuandoseñalándome aquél una mancha de humedad que sombreaba un gran trozo del muro, díjome,mientras me hacia detener el paso:2.–Mira, qué admirable cabeza para una bruja del “Macbeth”, ¡si algún artista de esos que,cumpliendo el precepto de Leonardo, están atentos a estos caprichos de la casualidad, la viera ysupiese hacerla suya! ...3.Miré, y no vi sino la mancha informe, extendida al azar sobre el blanco sucio del muro. En vanomi acompañante instaba mi atención: yo sólo una informe mancha veía. Entonces, acercándose aella, y siguiendo con el índice el contorno: –Repara, me indicó, en la frente estrecha y las greñashirsutas; mira en esta línea la corva, innoble nariz; observa el ojo oblicuo, los labios contraídos enun gesto de odio; ve aquí el flaco pescuezo... Y al compás que mi acompañante me indicaba, lafigura iba ordenándose en mi percepción, y una fisonomía, entre risible y siniestra, brotaba de loscontornos de la sombra, completados por algunas grietas del muro.4.Después que logré asir con la atención la forma representativa en que podían, efectivamente,concertarse, mediante un poco de buena voluntad, aquellas líneas confusas, la percepción de estaimagen en la mancha de humedad fue tan inmediata y clara para mí, que apenas concebía cómo pude dejar de notarla a la primera indicación de mi amigo; y cuantas veces, desde entonces, pasofrente a aquel ruinoso muro, ella se destacaba, infaliblemente, a mis ojos, de manera superior a mivoluntad, la cual en vano se esforzaría por volverme a la simple percepción de una mancha.5.Esto puede corroborarse por la observación común. ¿Quién es el que descifrando, por ejemplo,uno de esos gráficos enigmas, en que se trata de encontrar una figura que se forma del blanco delas otras, no habrá notado cuanto supera al esfuerzo de la voluntad, dejar de discernir la figurasecreta, en la visión del conjunto, una vez que se ha acertado con ella?6.No es otro el modo cómo una lectura intensa y eficaz te impone para siempre un concepto delmundo y de la vida. Un libro
enérgico
, si coincide con propicia ocasión, tanto más cuando aún no
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hay en tu alma una idea neta y fija del mundo, el cual equivale entonces para ti a la mancha dehumedad donde no ves nada representativo y concreto, es el acompañante que te enseña a ordenar tu concepción de la realidad dentro de una imagen precisa. Nada será capaz de sustituir en ti estaimagen por tu indefinido anterior. Nadie podrá emancipar tu pensamiento del orden que le fueimpuesto con ella, si no es quien tenga arte para hacer que descifres una nueva y más, patentefigura en la mancha de humedad...
Fuente
: José Enrique Rodó. “La mancha de humedad”.
 Los últimos motivos de Proteo…
Manuscritoshallados en la mesa de trabajo del maestro. Prólogo de Dardo Regules. Montevideo: J. M. Serrano, 1932.
III. "El revólver" (Emilia Pardo Bazán)
1.EN un acceso de confianza, de esos que provoca la familiaridad y convivencia de los balnearios, laenferma del corazón me refirió su mal, con todos los detalles de sofocaciones, violentas palpitaciones, vértigos, síncopes, colapsos, en que se ve llegar la última hora... Mientras hablaba,la miraba yo atentamente. Era una mujer como de treinta y cinco a treinta y seis años, estropeada por el padecimiento; al menos tal creí, aunque, prolongado el examen, empecé a suponer quehubiese algo más allá de lo físico en su ruina. Hablaba y se expresaba, en efecto, como quien hasufrido mucho, y yo sé que los males del cuerpo, generalmente, cuando no son de inminentegravedad, no bastan para producir ese marasmo, ese radical abatimiento. Y notando cómo lasanchas hojas de los plátanos, tocadas de carmín por la mano artística del otoño, caían a tierramajestuosamente y quedaban extendidas cual manos cortadas, le hice observar, para arrancar confidencias, lo pasajero de todo, la melancolía del tránsito de las cosas...2.—Nada es nada— me contestó, comprendiendo instantáneamente que, no una curiosidad, sino unacompasión, llamaba a las puertas de su espíritu. —Nada es nada..., a no ser que nosotros mismosconvirtamos ese nada en algo. Ojalá lo viésemos todo, siempre, con el sentimiento ligero, aunquetriste, que nos produce la caída de ese follaje sobre la arena.3.El encendimiento enfermo de sus mejillas se avivó, y entonces me di cuenta de que habría sidomuy hermosa, aunque estuviese su hermosura borrada y barrida, lo mismo que las cintas de uncuadro fino, al cual se le pasa el algodón impregnado de alcohol. Su pelo rubio y sedeño mostrabarastros de ceniza, canas precoces... Sus facciones habíanse marchitado; la tez, sobre todo, revelabaesas alteraciones de la sangre que son envenenamientos lentos, descomposiciones del organismo.Los ojos, de un azul amante, con vetas negras, debieron de atraer en otro tiempo; pero ahora losafeaba algo peor que los años: una especie de extravío, que por momentos les prestaba relucir delocura.4.Callábamos; pero mi modo de contemplarla decía tan expresivamente mi piedad, que ella,suspirando por ensanchar un poco el siempre oprimido pecho, se decidió, y no sin detenerse decuando en cuando a respirar y rehacerse, me contó la extraña historia.5.—Me casé muy enamorada... Mi marido era entrado en edad respecto a mí; frisaba en los cuarenta,y yo sólo contaba diecinueve. Mi genio era alegre, animadísimo; conservaba carácter de chiquilla,y los momentos en que él no estaba en casa, los dedicaba a cantar, a tocar el piano, a charlar y reír con las amigas que venían a verme y que me envidiaban la felicidad, la boda lucida, el esposoapasionado y la brillante situación social.6.Duró esto un año —el año delicioso de la luna de miel—. Al volver la primavera, el aniversario denuestro casamiento, empecé a notar que el carácter de Reinaldo cambiaba. Su humor era sombríomuchas veces, y sin que yo adivinase el porqué, me hablaba duramente, tenía accesos de enojo. Notardé, sin embargo, en comprender el origen de su transformación: en Reinaldo se habían
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