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05/02/2014

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 A ù
 • COITI
Mi Hermana y Yo
Federico Nietzsche
1
 
Librodot Mi Hermana y Yo Federico Nietzche
CAPÍTULO PRIMERO
1
Anoche tuve un sueño. ¿O debiera decir una pesadilla? Una pesadilla es algo que se eleva del subconsciente al consciente, plagado de sobresaltos y desazón, para castigar o asustarnos. Pero lo que me sucedió anoche fue un presentimiento frenético de felicidad. Si  pienso en ello como en una pesadilla es porque, contrariamente a los sueños comunes, que se elevan y desaparecen en las sombras, éste era profundo y claro, y permanece todavía conmigo en lugar de desvanecerse. Me pareció que la última ciudadela del enemigo había caído. Mi madre —a quien cada día he odiado más intensamente desde mi niñez— estaba muerta. La vi con mis  propios ojos encerrada en un cofre de madera, que fue arrojado dentro de un hueco en la tierra y cubierto con cal. Me encontraba en el cementerio, con un grupo de gente sombría y sollozante, ninguno de cuyos rostros vi claramente, excepto el de Elisabeth, que se mantenía a su lado. ¿Se habría originado en la malevolente visita que las dos me hicieron ayer? El sueño se desplazó desde el cementerio hasta el carruaje que nos trasladó, a mi hermana y a mí, hasta la casa (me pregunto en qué lugar estaba situado ese hogar). No cambiamos una palabra durante el largo y ruidoso viaje. Nos sentamos el uno contra el otro y dejamos que los vacíos, amargos e inútiles años, arruinados por esa tirana presencia, se fundieran con sus elementos químicos. Sentí lo mismo que debe experimentar la tierra cuando el hielo del invierno da lugar al nuevo brote de flora y vegetación. Mi corazón sufrió por anticipado. El mismo fervor debe haberse originado también en Elisabeth. Imaginé esto, como siempre lo hago en sueños, con un torrente emocional no dirigido tan claramente como en la vida, pero no por eso menos real. En un momento dado eché una mirada furtiva a su frío y hermoso rostro, y descubrí en su boca una débil sonrisa, que se elevaba vivamente hacia sus magníficos y luminosos ojos. Si no hubiese sido por la presencia del conductor (velado como la gente en el funeral) tal vez hubiera tratado de besarla. Si se puede transmitir un pensamiento de una persona a otra con palabras concebidas y asociadas pero no manifestadas, ésa constituía mi primera comunicación a Elisabeth, al volver a la casa del sueño
 (tan extrañamente familiar para mí, tal como la recuerdo): Hay tres camas en esta casa, y dos de ellas permanecerán desocupadas durante todo el tiempo en que pueda influirte...
Este pensamiento nunca se le hubiera ocurrido a Elisabeth. En caso de sugerírselo, ciertamente habría reaccionado en forma violenta y desfavorable. El mundo de mi hermana es el de luces y sombras dispersas, las luces de sus verdaderas pasiones y las sombras de las ideas falsas con las cuales el mundo la ha hechizado. No se puede esperar, bajo ninguna circunstancia, que actué tan definitiva e imperiosamente como lo hago yo. Pero la semilla del pensamiento puede sembrarse en su mente. Con un hermano enfermo, tan necesitado de cariño y simpatía, ¿quién puede predecir lo que pueda suceder? Por todo lo que ha pasado entre nosotros (directamente en nuestros años de infancia,
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Librodot Mi Hermana y Yo Federico Nietzche
y directa e indirectamente luego) no es, ni hermana ni ninguna de las otras cosas — consejera y sostén espiritual— como hubiera querido que yo y el mundo pensara que era. Para mí, Elisabeth es primeramente una mujer, el soleado y caluroso puerto hacia el cual gravita toda mí vida.
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El cementerio estaba tan luminoso y agradable que brilla poderosamente en mi sueño. Cementerios —esos palacios sin techo, de pobres y ricos por igual, que sólo visitamos cuando estamos obligados, y nunca nos desagradan o desengañan— son realmente las habitaciones más duraderas y acogedoras que construimos para nosotros. Invierno o verano nos saludan con sinceros brazos abiertos:
 Bienvenido, viejo amigo. ¿Así que has venido a ver el lugar de tu última morada?
¿Has notado alguna vez las pequeñas piedras redondas detrás de las tumbas cuadradas y grandes? No se lo digas a nadie, pero son en realidad las bolitas con las que  juegan los ocupantes de las tumbas durante las tediosas horas de ronda que deben pasar entre los vivientes, cuando cae la noche y los horrendos y cansados celadores se retiran a comer sus potajes o a dormir en sus húmedos lechos. Sigo pensando en esa gente fatua que desafió al ángel Gabriel, dando instrucciones a sus herederos de que quemaran sus restos y esparcieran las cenizas de su carne y huesos a los cuatro vientos. La inmortalidad personal es una suposición suficientemente ilógica y descabellada para seguirla. ¿Pero no es más razonable batallarla tanto, y con maniobras tan violentas? Un viento se levantó en mi sueño y sopló a través de las calles de su
 térra incógnita
mientras el carruaje nos alejaba del cementerio. Lo oía atentamente mientras su ruido se elevaba sobre el débil chirrido de las ruedas del carruaje. Parecía que nos perseguía, a Elisabeth y a mí, tratando de decirnos algo. ¿Se trataría del mismo vientecillo que ahogó finalmente la voz del oficiante cuando pronunció un vacío discurso sobre la virtud y misericordia de mi madre? Le hablé en un murmullo para que Elisabeth no me oyera:
 ¿Es algo que dejé en el cementerio que debía haberme llevado, vientecillo? ¿Pero qué puede ser? No ciertamente esperanza, o fuerza, o ambición, o deseo —menos que todo, deseo—, pues todo lo que deseo está conmigo, sentada a mi lado, abrigada contra mí como sólo el amor puede abrigar. Fémina personificada.
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La causa de mi cólera de ayer por la tarde fue la inesperada sugestión de mi hermana, de que lo mejor para mí sería dejar este horrible lugar e ir a vivir con ella al Paraguay. (Esto fue sólo unos días antes de su retorno a ese país para arreglar sus asuntos.)
Yo pensaba que no te gustaba Paraguay,
 le recordé.
 No para mí,
 admitió.
 Entonces, ¿por qué para mí?  Para ti significaría la resurrección. ¿Como Jesús?
Se encogió de hombros.
 Ya empiezas a proferir sacrilegios. ¿No sabes el efecto que
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