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AFLICCIÓN E IRADE UN CAZADOR DE CABEZASINTRODUCCIÓN
Tomado de l texto Cultura y VerdadDe Renato RosaldoPREFACIOCuando alguien, con la autoridad de un maestro, describe al mundo y tu noesta en él, hay un momento de desequilibrio síquico, como sí te miraras en elespejo y no vieras nada.ADRIENNE RICH,INVISILITY IN ACADEME
Actualmente las preguntas sobre La cultura parecen tocar algún nervio, ya que rápidamente se convierten en cuestionesangustiosas de identidad. Los debates académicos sobre educación multicultural también caen con facilidad en losanimosos conflictos ideológicos de esta nación multicultural. ¿Cómo pueden los Estados Unidos respetar la diversidad yal mismo tiempo encontrar unidad? ¿Necesita este país un “crisol” para homogeneizar a la gente en una corriente“culturalmente invisible”? ¿O puede desarrollar doctrinas alternativas que expliquen mejor su diversidad cultural? Estelibro compromete al dogma nacional dominante sobre crisoles y valores esenciales, tratando de articular una visión pluralista de la cultura y verdad, conforme a las identidades divergentes de los Estados Unidos.Mi actual entendimiento sobre la importancia del análisis social surgió de la “Controversia de la Cultura Occidental”en la Universidad Stanford durante 1986-88. Sin esta batalla acad6mica mi libro se hubiera terminado antes, pero no tan bien. Es requisito para los estudiantes de primer grado en Stanford, el curso de un año sobre cultura occidental que ¡osobliga a leer una “lista principal” de “libros grandiosos” del tradicional canon europeo. Los grandes autores, a menudotratados como monumentos sagrados que idolatrar, y no compañeros con quienes dialogar, representaban supuestamenteuna tradición magna que se extendía en línea recta desde Hormero, Shakespeare a Voltaire, Los estudiantes debíanaprender “nuestra herencia” antes de entrar al estudio de ‘otras” tradiciones culturales.Sin embargo, cl conflicto surgió cuando un número importante de estudiantes y profesores se cuestionaron el “nosotros”que definían “nuestra herencia” como un estante de libros escritos en otra época (antes de la primera guerra mundial) yen otro lugar (antigua Atenas y Europa Occidental). ¿Cómo podía una aristocracia académica auto-elegida de EstadosUnidos, envolverse en una herencia cultural que no incluye autores americanos, sin mencionar a mujeres o personas noeuropeas? Aunque todos los ciudadanos estadounidenses podían sentirse marginados por la lista de libros grandiosos,algunos miembros docentes, por su campo de estudio, género o herencia cultural, se sentían insultados por el curso decultura occidental. Sufrimos la destrucción total que la poetisa Adrienne Rich describe de forma tan mordaz en elepígrafe anterior.En años recientes la antropología cultural ha vuelto a tomar forma en parte por lo aprendido de los conflictos sobre larealidad social multicultural. Al mismo tiempo, descubrió que puede realizar contribuciones importantes a secuelas queahora enfrentan naciones de cultura diversificada. Este libro surgió del doble proceso de ser reformado por conflictosmayores y encontrar nuevas posiciones desde las que se expresen pensamientos y sentimientos sobre la diversidadcultural. Para mí, como chicano, las cuestiones de la cultura no sólo emergen de mi disciplina, sino también de políticasmás personales de identidad y comunidad.Los cambios en el pensamiento social que se describen y reformulan en este libro se originaron de un ampliomovimiento; no son propiedad de un solo individuo, disciplina o escuela. He aprendido de los escritos de numerosos predecesores, contemporáneos y sucesores que han contribuido a la observación del análisis social. Este libro secristalizó durante un año en el Centro de Humanidades de Stanford (1986-87) cuando redacté la mayor parte delmanuscrito. Leí mucho durante un año, sobre temas pertinentes a este proyecto en el Centro de Estudios Avanzadossobre Ciencias de la Conducta (1980-81), financiado por la Fundación Nacional de Ciencia (#BNS 7622943) y una beca postdoctorado paf a minorías, administrada por el Consejo Nacional de Investigación. Las primeras versiones de ciertoscapítulos del libro se publicaron en otra parte y agradezco de nuevo los comentarios de personas cuyos nombres yareconocí antes y que no repetiré aquí. Las formulaciones preliminares de mi proyecto se beneficiaron del consejoeditorial y estimulo de Grant Harnes, Bill Carver, Vikram Seth y Helen Tartar.Los grupos de lectura de docentes interdisciplinarios de la Universidad Stanford, sobre todo el de investigación deestudios culturales y el seminario docente del Centro de Stanford para investigación Chicana, donde actualmente soydirector, diseñaron de forma importante este libro. Agradezco a dos grupos de lectura de estudiantes graduados de la1
 
Universidad Stanford, uno en teoría social del departamento de historia y el otro en teoría de la práctica deldepartamento de antropología, por sus comentarios críticos sobre cl borrador. También obtuve beneficios en discusionessimilares de miembros del grupo de trabajo de estudios culturales del Programa lnteruniversitario sobre Temas Latinos ydel Seminario Latino de Verano realizados en Stanford en 1988. Asimismo deseo agradecer a las siguientes personas por sus comentarios: Eytan Bercovitch, Russell Berman, Bud Bynack, Richard Chabran, James Clifford , RosemaryCoombe, Ethan Goldings, Smadar Lavie, Rick Maddox, Donald Moore, Kirin Narayan, Kathleen Newman, Víctor Ortiz, Vicente Rafael, José Saldívar y Cynthia Ward. Joanne Wyckofl, de Beacon Press, por sus valiosos consejoseditoriales y a Sharon Yamamoto por su extraordinaria labor como jefa de redacción. Como compañera vitalicia eintelectual, Mary Louise Pratt inspiro graan parte de los pensamientos y sentimientos que este libro comunica.INTRODUCCIÓN. AFLICCIÓN E IRA DE UN CAZADOR DE CABEZASSi le pregunta a un hombre mayor, ilongote del norte de Luzón, Filipinas, por qué corta cabezas humanas, su respuestaes breve y ningún antropólogo podría explicarla con prontitud: Dice que la ira, nacida de la aflicción, lo impulsa a matar a otro ser humano. Afirma que necesita un lugar “a donde llevar su rabia”. El acto de cortar y arrojar la cabeza de lavíctima le permite ventilar y desechar la ira de su pena, explica. Aunque la labor de un antropólogo es aclarar otrasculturas, no puede encontrar más explicaciones a la declaración concisa de este hombre. Para él, aflicci6n, ira y cazar cabezas van unidas de forma evidente por sí misma. Entienda o no. De hecho, por mucho tiempo yo no entendí.En lo que sigue, quiero hablar sobre cómo hablar de la fuerza cultural de las emociones.’ La
 freno emocional 
de unamuerte, por ejemplo, deriva menos del hecho, en bruto abstracto, que de la ruptura permanente de una relación íntima particular. Se refiere al tipo de sentimientos que uno experimente al enterarse de que el ni lo que acaban de atrope liar es propio y no de un extraño. Más qué hable de la muerte en general, debe considerarse la posición del sujeto dentro delárea de relaciones sociales, para así comprender nuestra experiencia emocionalMi esfuerzo por demostrar la fuerza de una declaración simple i literal, va contra las normas clásicas de la antropología,que prefiere la cultura a través del engrosamiento de telarañas simbólicas de significado. En conjunto, los analistasculturales no usan la palabra
 fiera,
sino términos como
descripción densa, multidicción, polisemia, riqueza y textura.
Lanoción de fuerza, entre otras cosas, cuestiona la suposición antropológica común de que el mayor sentido humano resideen cl bosque más denso de símbolos y que cl detalle analítico o “profundidad cultural” es igual a la explicaciónaumentada de una cultura, o “elaboración cultural”. ¿En verdad la gente siempre describe densamente lo que más leimporta?LA IRA EN LA AFLICCIÓN ILONGOTEPermítanme hacer una pausa para presentarles a los ilongotes, con quienes mi esposa, Michelle Rosaldo, y yo vivimos ydirigimos investigaciones de campo durante treinta meses (1967-69, 1974). Son alrededor de 3500 y residen en unameseta, 145 kilómetros al noreste de Manila, Filipinas.
 
Subsisten mediante la caza de venado y cerdo salvaje, y con elcultivo de huertos regados por la lluvia (de temporada), de arroz, patatas, dulces, mandioca y verduras. Sus relacionesfamiliares (bilaterales) se suponen por hombres y mujeres. Después del matrimonio, los padres con sus hijas casadasviven en la misma casa o en una adyacente. La unidad más grande dentro de la sociedad, un grupo descendiente deamplio dominio territorial, llamado el
be’tan,
se hace patente sobre todo en el contexto del feudo. Para ellos, sus vecinosy sus etnógrafos, la cacería de cabezas persiste como la práctica cultural más prominente.Cuando los ilongote me explicaron cómo la ira en la aflicción podía impulsar a los hombres a cazar cabezas, descartésus narraciones lineales como demasiado simples, débiles, opacas, improbables. Tal vez confundí, inocentemente, laaflicción con la tristeza. Era cierto que no poseía experiencia personal que me permitiera imaginar la ira poderosa quelos ilongotes encontraban en la pena. Mi propia incapacidad para concebir esto me llevo a buscar otro nivel de análisisque pudiera ofrecer una explicación para el deseo de los hombres mayores de cazar cabezas.Sólo catorce años después de mi grabación sobre la aflicción y la ira de un cazador de cabezas, empecé a comprender su fuerza abrumadora. Durante años creí que una elaboración más verbal (que no era venidera) u otro nivel analítico(que siguió siendo elusivo) podrían explicar mejor los motivos de estos hombres para la caza de cabezas, Hasta que yomismo sufrí
una
 pérdida devastadora, pude entender mejor que los hombres ilongotes significaban exactamente lo quedescribían de la ira en la aflicción como fuente de su deseo por cortar cabezas. Considerando su valor nominal y otorgándole toda su importancia, su declaración revela mucho sobre loque obliga a estos hombres a cazar cabezas.En un esfuerzo por obtener una explicación “más profunda” sobre dicha cacería, exploré la teoría del intercambio,quizá porque había informado sobre tantas etnografías clásicas. Un día en 1914, expliqué el modelo de intercambio delos antropólogos a un hombre mayor ilongote llamado Irisan. Le pregunté qué pensaba de la idea de que la cacería decabezas resultara de que una muerte (la víctima decapitada) revocara otra (la próxima en la casta). Parecía confundido,así que procedí a describirle que la víctima de la decapitación era intercambiada por la muerte de una de su propia castay así se compensaba la balanza. Irisan reflexioné un momento y contestó que suponía que alguien podía pensar algo así pero que los demás ilongotes no creían eso. Tampoco existía una prueba directa para mi teoría del intercambio en2
 
rituales, alardes, canciones o en La conversación casual.
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En retrospectiva, pues, estos esfuerzos por imponer la teoría del intercambio sobre un aspecto de la conducta de losilongotes, resultaren infundados. Supongan que hubiera descubierto lo que buscaba. Aunque la noción de equilibrar la balanza posee una coherencia elegante, uno se pregunta cómo podría ese dogma teórico inspirar a un hombre paraquitarle la vida a otro con el riesgo de perder la suya.Mi experiencia todavía no me proporcionaba los medios para imaginar la ira que puede surgjr por una perdidadevastadora. Por lo mismo, no podía apreciar en su totalidad el problema exacto de significado a que los ilongotes seenfrentaron en 1974. Poco después de que Ferdinand Marcos declara la ley marcial en 1972, los rumores de que elfusilamiento era el nuevo castigo para la cacería de cabezas, llegaron a las colinas de los ilongotes. Los hombresdecidieron entonces suspender tal cacería. En épocas pasadas, cuando la caza de cabezas se hizo imposible, losilongotes permitieron que tu frase fuera disipando, como mejor pudiera, en el transcurso de su vida diaria. En 1974 seles presentó otra opción empezaron a considerar ti conversión evangélica al cristianismo como un medio para¿controlar’ su aflicción. La gente dijo que si aceptaban la nueva religi4n, tendrían que abandonar sus métodos antiguos,incluyendo la cacería de cabezas. También podrían arreglárselas con su pena de una forma menos agonizante, ya que podían creer que el difunto partió a un mundo mejor. Ya no tenían que enfrentarse con la terrible fatalidad de la muerte.La fuerza del dilema enfrentado por los ilongotes se me escapé entonces. Aun cuando grabé sus declaraciones sobrela aflicción y la
necesidad de desechar 
su ira, no comprendí la importancia de sus palabras. En 1974, por ejemplo, cuando MichelleRosaldo y yo vivíamos entre ellos, un bebé de seis meses murió, quizá de neumonía. Esa tarde visitamos al padre y loencontramos desecho. “Sollozaba y miraba fijamente con sus ojos vidriosos e inyectados de sangre, la manta de algodónque cubría a su bebé.”
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El hombre sufría intensamente ya que era el séptimo hijo que perdía. Sólo unos años antes, tresde sus hijos murieron uno tras otro en cuestión de días. En ese entonces, la situación era sombría ya que la gente presente hablaba tanto de la cristiandad evangélica (la posible renunciación a cortar cabezas) como de sus rencorescontra los llaneros (la contemplación de las incursiones de caza de cabezas en los valles circundantes).En los días y semanas subsecuentes, la aflicción del hombre lo afecta de manera no anticipada. Poco después de lamuerte del bebé, el padre se convirtió a la cristiandad evangélica. Salté a la conclusión apresurada de que el hombrecreía que la nueva religión de alguna forma evitaría más muertes en su familia. Cuando expresé mis pensamientos a unamigo ilongote, me reprendió diciendo que me había equivocado: “Lo que el hombre busca en realidad en la nuevareligión no es la negación de nuestra muerte inevitable, sino una forma de superar su aflicción. Con el advenimiento dela ley marcial, la cacería de cabezas no da una posibilidad para ventilar su ira y con ello reducirla. Si continuara con suforma de vida ilongota, el dolor de su pena sería insoportable”.’ Mi descripción de 1980 ahora me parece tan apta, queme pregunto cómo pude escribir las palabras y fracasar en la apreciación de la fuerza del penoso deseo del hombre por ventilar su ira.Otra anécdota representativa resalta más ¡ni falla en imaginarme la ira posible en la desdicha de los ilongotes. Enesta ocasión nuestros amigos ilongotes nos urgieron a que tocáramos la cinta de una celebración de cacería de cabezasque hablamos presenciado cinco años atrás. Tan pronto la pusimos y escuchamos el alarde de un hombre que habíamuerto en los años intermedios, la gente nos dijo que apagáramos la grabadora. Michelle Rosaldo informó sobre latensa conversación que siguió:Mientras Irisan cobraba ánimo para hablar, la habitación se cargó de una electricidad un tanto sobrenatural Lasespalda se irguieron y mi ira ss convirtió en nerviosismo y algo parecido al miedo cuando vi que los ojos de latanestaban rojos. Entonces, Tukbaw, cl “hermano” ilongote de Renato, rompió el quebradizo silencio, diciendo que ti podía aclarar ¡as cosa Nos explicó que les lastimaba escuchar una celebración de cacería de cabezas porque lagente sabía que nunca más habría otra. Expresó “La canción nos desgarre, nos arranca el corazón, nos hace pensar en nuestro tío muerto. Sería mejor si hubiera aceptado a Dios, pero sigo siendo un ilongote de corazón;cuando escucho la canción, mi corazón se oprime como cuando piense en esos donceles incompletos a quienesnunca llevaré a cortar cabezas.” Entonces Wagat, la espesa de Tukbaw, expresó con la mirada que todas mis preguntas te dolían, y me dijo: “Detente, ¿no es suficiente? Hasta yo, una mujer, no puedo soportar lo que sientoen el corazón.”Desde mi posición actual, es evidente que la grabación del alarde del hombre muerto evocaba poderosos sentimientosde aflicción, sobre todo ira y el impulso de cazar cabezas. En ese entonces sólo pude sentir aprehensión y percibídifusamente la fuerza de las emociones que experimentaban Insan, Tukbaw, Wagat y los otros.El dilema para los ilongotes se originaba en un conjunto de prácticas culturales con las que resulta una agonía vivir cuando se bloquean. La suspensión de la cacería de cabezas requería de
ajustes
dolorosos a otras formas de superar laira que encontraban en la desdicha. Uno puede comparar su dilema con la noción de que el impedimento para realizar rituales puede crear ansiedad.’ En el caso ilongote, la noción cultural de que arrojar una cabeza humana tambiéndesecha la ira, crea un problema de significado. cuando cl ritual de cacería ya no puede llevarse a cabo- Ciertamente el problema clásico de significado de Max Weber “
 La
ética protestante y el espíritu del capitalismo" es precisamente deese tipo.’ En un plano lógico, la doctrina calvinista de la predestinación parecía impecable: Dios ha escogido al elegido, pero los mortales no pueden conocer su decisión. Entre aquellos cuya preocupación principal es la salvación, la doctrina3
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