indígenas están afirmando su identidad cultural, reclamando el derecho a controlar su futuro y es Jbrzándose por recuperar las tierras ancestrales’
Esta es su décima estancia entre los penans; para mí es la tercera visita. Tras pedirle que organice una expediciónde la noche a la mañana, Tu’o está listo al amanecer con su equipo. Durante dos largos días nos internamos en laselva por una ruta que asciende y cae con cada una de las colinas que se suceden. Deleitados por estar lejos delcampamento, los penans se dedican a buscar rastros en la selva, como la caza de cálaos al atardecer, las huellasde venados y osos, la recolección de los frutos maduros de los mangos. Para ellos, aun para los que acaban dehacerse sedentarios, el punto de llegada está en todas partes y en ninguna y la capacidad de sobrevivencia está por toda la selva. A la tercera mañana nuestro grupo arriba a la cima de una colina empinada; hemos llegadohasta los nómadas. Apenas raya el Sol y los gritos de los gibones llenan la bóveda de la selva. El humo de lasfogatas se mezcla con la suave niebla. Un grupo de cazadores regresa. Tu’o inclina la cabeza y reza su oraciónmatutina: “Gracias por el sol que aparece, por los árboles y por la selva de abundancia, los árboles que fueroncreados por Ti, y no por los hombresEn esta colina, en Lamin Sampé, donde generaciones de penans se han sucedido, quedan cuatro familias queviven bajo precarias techumbres de palos y roten situadas en lo alto de la selva. Su jefe es Asik, a quien conocídiez años atrás en las riberas del río Tutoh, que entonces discurría limpio. Asik acababa de estar en prisión por participar en bloqueos con los que se había logrado detener la tala en buena parte de Sarawak. Ademánquijotesco en cuanto confrontación entre cerbatanas y
bulldozers,
las protestas encendieron el movimientoambientalista internacional, al punto de hacer que el senador estadounidense Al Gore describiera a los penanscomo los soldados en el frente de batalla para salvar la l’ierra. Pero la tala no se detuvo.“Desde los tiempo. de nuestros orfgencs —u lamenta Amik— hemos protegido los árboles y los animales, cadacosa viva de la selva. Lo sabemos. Está en nuestras leyendas y tradiciones. Cuando pensamos en los lugares y ennuestra tierra, nuestros corazones~ ~se inquietan. A donde quiera que voy siento ganas de llorar.”Para los penans ver destruidas sus selvas significa mucho más que perder sus medios de subsistencia: significa la muerte de un pueblo. La selva es su casa; toda su historia estáregistrada en el paisaje. Peter Brosius, antropólogo de la Universidad de Georgia, vivió casi cuatro años entre los penans. “La tierra —opina— está llena de significados culturales. Sólo para las corrientes de agua tienen más dedos mil nombres, cada uno portador de su propia historia. Los
bulldozers
y las carreteras deforman los rasgosidentificables. Una vez abierta la bóveda de la selva, la masa impenetrable de maleza espinosa imposibilita el paso y el movlmiento. La resonancia cultural del paisaje, todos los sitios de importancia biográfica, social ehistórica quedan ocultos, y se desata, por ende, una especie de amnesia colectiva.”POR LA MAÑANA acompañamos a los niños a recolectar frutos de la selva. Pajak, el más viejo de los nómadas,quien jura que nunca entrará a un campamento, envía con nosotros a dos de sus hijas, Tudé y Lesevet. El salvajelaberinto de veredas y vegetación habría logrado extraviarnos en un segundo de no ser porque podemos seguir los ligeros pasos de las niñas, que aún no cumplen ni diez años de vida. Las pequeñas saltan sobre cañadas,sortean palmas espinosas, resoplan de gusto mientras trepan, una mano en rápida sucesión de la otra, por lianasque llevan a ramas llenas de langsats blancos dulces como el néctar que, sacudida la rama, son recogidos y lleva-dos al campamento en cestos de roten.Por el camino, cerca del campamento, Asik nos muestra plantas que curan, otras que matan y hierbas mágicasque, según se cree, dan poder a los perros de caza y desvanecen las fuerzas de la oscuridad. Existen árboles que producen resinas y gomas poco comunes que se comercian con los mercaderes viajantes, enredaderas de las quese obtienen cordeles y fibras para hacer cestos, una liana cuyos rescoldos arden por días y que sirve paratransportar el fuego.la planta
más
importante de todas es el shagú o palma asiática, el árbol de la vida. Esa mañana, Asik ya habíarecolectado toda una cosecha. Luego, sobre una cama de hojas frescas, parte las secciones de los troncos enmitades longitudinales y con parsimonia muele la suave médula. Disuelta en agua, la médula forma una densa pasta que al secar se convierte en harina de shagú, base de la subsistencia de los nómadas. En una tarde, Asik yJuna aseguran el alimento de una semana.Dos noches después, cerca del crepúsculo, cuando los truenos llenan el valle y la bóveda de la selva cobravida con el electrizante estruendo de las cigarras, nos sentamos cerca de una fogata en la que Tu’o prepara lacabeza de un pequeño venado. Todo lo que escuchamos, explica, es parte de un lenguaje del espíritu: el trueno es
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