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culturas en extinción

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02/06/2013

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¿Podrán las culturas ancestrales encontrar la libertad de cambiar según sus principios?Por WADE DAVIS
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ENTRE los indios KOGIS del norte de Colombia, un niño de cuatro años es alejado de su familia y llevado alas alturas de la Sierra Nevada, donde será preparado para el sacerdocio. Los siguientes dieciocho años no verá laluz del Sol, recluido en cabañas de piedra por dos periodos de nueve años, en clara consonancia con los nuevemeses que pasó en el seno de su madre natural. Una vez en el seno de la Madre divina, las tinieblas y sombras enque vivirá le darán el don de la videncia, la capacidad de ver no sólo el futuro y el pasado sino también más alláde las ilusiones materiales del Universo.Al final, después de años de estudio y práctica rigurosa, llega el gran momento de la revelación: una mañanaclara, cuando el Sol domina las laderas de las montañas, el iniciado es llevado hacia la luz del amanecer Hastaese momento el mundo sólo ha existido en su pensamiento; ahora lo contempla por primera vez en su plenitud,que es la belleza trascendente de la Tierra. En un instante confirma todo cuanto ha aprendido; a su lado, de pie, elanciano que lo ha preparado cubre el horizonte con un movimiento del brazo, como diciendo “Ves, es como tedije’Esta tradición es tan sólo un ejemplo del repertorio infinito de la imaginación humana engendrado por la cultura.En Haití, una sacerdotisa del vudú responde al ritmo de los tambores y, guiada por el espíritu, recoge brasas alrojo vivo sin lastimarse. En las tierras bajas amazónicas, un cazador waorani detecta la esencia de orina animal acuarenta pasos e identifica, en medio de la selva tropical, a qué especie pertenece. En México, un agricultor mazateca envía complejos mensajes al otro lado de los amplios valles de la región montañosa donde vive consilbidos que imitan la entonación de su lengua. Un vocabulario basado en el viento.Saber que estos pueblos existen, que el chamán jaguar viaja más allá de la Vía Láctea, que los mitos de losancianos atapascos guardan su resonancia, significa recordar que nuestro mundo no existe en un sentido univoco,sino que es un modelo de la realidad. Los penans, nómadas de las selvas de Borneo; los pastores ariaals de losdesiertos de Kenya; los agricultores chipayas, que arrancan su sustento de las tierras yermas de Bolivia: hay otras posibilidades, otras formas de pensar y vivir con la Tierra.En todo el mundo, cerca de 300 millones de personas, lo que equivale apenas a cinco por ciento de la poblacióntotal, aún mantienen una fuerte identidad como miembros de una cultura indígena con raíces históricas ylingüísticas, perteneciente, según los mitos y la memoria, a un lugar en particular. Con todo, sus visiones únicasde la vida se van disolviendo cada vez más en la espiral de los cambios.En Brasil, la fiebre del oro trae enfermedades a los yanomamis y en una década acaba con la cuarta parte de la población y muchos de los 8,500 sobrevivientes quedan en el hambre y el desamparo. En Nigeria, contaminantes provenientes de la industria petrolera saturan el delta del río Níger, hogar de los ogonis, empobreciendo losotrora fértiles suelos.n Tfbet, seis mil monumentos y monasterios, todos templos de sabiduría y veneración, son reducidos aescombros a manos de los chinos. En las selvas del Congo, las enfermedades sexualmente transmisibles yde otros tipos traídas de fuera están devastando a los pigmeos.
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Estos no son hechos aislados sino manifestaciones de un fenómeno mundial que será recordado seguramentecomo uno de los hitos de este siglo. No hay mejor forma de medir esta crisis que con el número de lenguasdesaparecidas: a lo largo de la historia han existido unas 10 mil lenguas; hoy, de las apenas seis mil habladas,muchas no se enseñan a los niños —de hecho, ya son lenguas muertas— y sólo 300 tienen más de un millón dehablantes. En un siglo más podría perderse la mitad de las lenguas hoy habladas.Más que un conjunto de palabras o de reglas gramaticales, una lengua es un destello del espíritu humano por elcual el alma de una cultura se apropia del mundo. “Una lengua —opina Michael Krauss, de la Universidad deAlaska— es tan divina y misteriosa como un organismo vivo. ¿Por qué habríamos de lamentar menos ladesaparición de una lengua que la extinción de una especie?”La analogía biológica es perfectamente aplicable. Cuando la extinción es compensada con el nacimiento denuevas especies, es un fenómeno normal; el alud de especies desaparecidas a causa de las actividades humanas,
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en cambio, no tiene precedente. Las lenguas, como las culturas y las especies, también han evolucionadosiempre, sólo que en nuestros días desaparecen a un ritmo alarmante: a la vuelta de una o dos generaciones.“Perder una lengua es como tirar una bomba sobre el Louvre’; se lamenta Ken Hale, del Instituto Tecnológico deMassachusetts. Conforme mueren las lenguas, mueren las culturas. Aparte de que el mundo se convierte en unlugar menos interesante, se sacrifica también el saber natural, los avances intelectuales de milenios.La cuestión es si las culturas ancestrales encontrarán la libertad de cambiar según sus propios principios,adoptando los aspectos que del mundo moderno les sean benéficos y rechazando las intrusiones que sólo dañensu espíritu y su legado. Con esta pregunta en mente emprendí dos viajes acompañado de mi colega, la fotógrafaMaria Stenzel: uno a las selvas tropicales de Borneo, hogar de algunos de los últimos nómadas del sureste deAsia; el otro, a los desiertos de Africa oriental, desde siempre habitados por pastores errabundos, entre ellos losariaals y los rendilles.ARAM SE LLAMA UN Río CON EL COLOR DE LA TIERRA. Al norte,las tierras deSarawak se pierden en el mar de China Meridional, donde flotas de cargueros japonesesllenan el horizonte en espera de las mareas y del momento de llenar sus bodegas de troncos bastos de las selvas de Borneo. Ciento cincuenta kilómetros río arriba, en las riberas del ríoTutoh, en el campamento de penans llamado Long Iman, mi viejo amigo Mutang cazacerdos salvajes para venderlos a los leñadores de un campamento cercano. Su padre, Tu’o, jefe de lavivienda comunal, nació en la selva, en los tiempos en que casi todos los penans eran cazadores yrecolectores.
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Pero toda su vida Mutang ha presenciado la tala frenética que desde hace tres décadas aqueja a Malasia, cuyasexportaciones de maderas tropicales —que en su mayoría vienen de los estados de Sabah y Sarawak— equivalenal 33 por ciento del total mundial. Los árboles caen, los penans quedan desprovistos de su medio natural desubsistencia y entonces tienen que desplazarse a los campamentos gubernamentales, construidos con el fin deque la gente abandone las selvas. El resultado es que menos de 300 de los apenas siete mil penans son nómadastodavía.Long Iman luce desolada: es una vivienda comunal de madera con techos de zinc, amplios cuartos vacíos yventanas cerradas que los protegen del viento, El río lleva cieno y desperdicios, sus aguas ya no pueden beberse.Las lluvias vespertinas convierten los claros que rodean el campamento en lodazales donde juegan los niños. Alencontrarnos Maria y yo con Tu’o, después de aterrizar junto al río, éste nos saluda calurosamente tocandonuestras manos y pasando luego sus dedos sobre su corazón. Ni él ni yo hemos de mencionar nuestros nombres:el uno al otro nos llamamos padéé, hermano, el saludo apropiado.Hace treinta años, oficiales del gobierno convencieron a Tu’o de que se asentara en Long Iman. Las instalaciones prometidas —escuelas y clínicas— nunca se construyeron. Los pocos puestos de trabajo son sobre todoocupaciones serviles en los aserraderos; casi sin experiencia, los penans no son buenos agricultores. Para Tu’o,rememorar el pasado no es cuestión de mera nostalgia sino la añoranza de los tiempos en que sus hijos no teníanque ir a dormir hambrientos y la gente vivía por la gracia de la selva, ajenos al cataclismo que los acechaba.Explico a Tu’o el propósito de nuestro viaje: llegar hasta uno de los últimos grupos nómadas, un puñado defamilias provenientes del río Uhong, que viven la mayor parte del tiempo en los alejados trechos del Parque Nacional Gunung Mulu, un refugio montañoso que nace en el río Tutoh. Sólo en los confines del parque la selvaes virgen y la forma tradicional de subsistencia se mantiene intacta. Nos acompaña lan Mackenzie, un lingüistacanadiense dedicado a una labor de años: compilar el primer diccionario y gramática de la lengua de los penans.
¿Un réquiem o un respiro?
 Hay por lo menos dnco mil culturas indígenas en todo el mundo. Este mapa sólo sugiere su diversidad. Si bien son marginados de la mayoría de las sociedades, estos pueblos han sobrevivido. En opinión de Julian Burger, dela
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cina del Alto Comisionado para los Derechos Humanos de la ONU, “por todo el mundo los pueblos
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indígenas están afirmando su identidad cultural, reclamando el derecho a controlar su futuro y es Jbrzándose por recuperar las tierras ancestrales’ 
Esta es su décima estancia entre los penans; para mí es la tercera visita. Tras pedirle que organice una expediciónde la noche a la mañana, Tu’o está listo al amanecer con su equipo. Durante dos largos días nos internamos en laselva por una ruta que asciende y cae con cada una de las colinas que se suceden. Deleitados por estar lejos delcampamento, los penans se dedican a buscar rastros en la selva, como la caza de cálaos al atardecer, las huellasde venados y osos, la recolección de los frutos maduros de los mangos. Para ellos, aun para los que acaban dehacerse sedentarios, el punto de llegada está en todas partes y en ninguna y la capacidad de sobrevivencia está por toda la selva. A la tercera mañana nuestro grupo arriba a la cima de una colina empinada; hemos llegadohasta los nómadas. Apenas raya el Sol y los gritos de los gibones llenan la bóveda de la selva. El humo de lasfogatas se mezcla con la suave niebla. Un grupo de cazadores regresa. Tu’o inclina la cabeza y reza su oraciónmatutina: “Gracias por el sol que aparece, por los árboles y por la selva de abundancia, los árboles que fueroncreados por Ti, y no por los hombresEn esta colina, en Lamin Sampé, donde generaciones de penans se han sucedido, quedan cuatro familias queviven bajo precarias techumbres de palos y roten situadas en lo alto de la selva. Su jefe es Asik, a quien conocídiez años atrás en las riberas del río Tutoh, que entonces discurría limpio. Asik acababa de estar en prisión por  participar en bloqueos con los que se había logrado detener la tala en buena parte de Sarawak. Ademánquijotesco en cuanto confrontación entre cerbatanas y
bulldozers,
las protestas encendieron el movimientoambientalista internacional, al punto de hacer que el senador estadounidense Al Gore describiera a los penanscomo los soldados en el frente de batalla para salvar la l’ierra. Pero la tala no se detuvo.“Desde los tiempo. de nuestros orfgencs —u lamenta Amik— hemos protegido los árboles y los animales, cadacosa viva de la selva. Lo sabemos. Está en nuestras leyendas y tradiciones. Cuando pensamos en los lugares y ennuestra tierra, nuestros corazones~ ~se inquietan. A donde quiera que voy siento ganas de llorar.”Para los penans ver destruidas sus selvas significa mucho más que perder sus medios de subsistencia: significa la muerte de un pueblo. La selva es su casa; toda su historia estáregistrada en el paisaje. Peter Brosius, antropólogo de la Universidad de Georgia, vivió casi cuatro años entre los penans. “La tierra —opina— está llena de significados culturales. Sólo para las corrientes de agua tienen más dedos mil nombres, cada uno portador de su propia historia. Los
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y las carreteras deforman los rasgosidentificables. Una vez abierta la bóveda de la selva, la masa impenetrable de maleza espinosa imposibilita el paso y el movlmiento. La resonancia cultural del paisaje, todos los sitios de importancia biográfica, social ehistórica quedan ocultos, y se desata, por ende, una especie de amnesia colectiva.”POR LA MAÑANA acompañamos a los niños a recolectar frutos de la selva. Pajak, el más viejo de los nómadas,quien jura que nunca entrará a un campamento, envía con nosotros a dos de sus hijas, Tudé y Lesevet. El salvajelaberinto de veredas y vegetación habría logrado extraviarnos en un segundo de no ser porque podemos seguir los ligeros pasos de las niñas, que aún no cumplen ni diez años de vida. Las pequeñas saltan sobre cañadas,sortean palmas espinosas, resoplan de gusto mientras trepan, una mano en rápida sucesión de la otra, por lianasque llevan a ramas llenas de langsats blancos dulces como el néctar que, sacudida la rama, son recogidos y lleva-dos al campamento en cestos de roten.Por el camino, cerca del campamento, Asik nos muestra plantas que curan, otras que matan y hierbas mágicasque, según se cree, dan poder a los perros de caza y desvanecen las fuerzas de la oscuridad. Existen árboles que producen resinas y gomas poco comunes que se comercian con los mercaderes viajantes, enredaderas de las quese obtienen cordeles y fibras para hacer cestos, una liana cuyos rescoldos arden por días y que sirve paratransportar el fuego.la planta
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importante de todas es el shagú o palma asiática, el árbol de la vida. Esa mañana, Asik ya habíarecolectado toda una cosecha. Luego, sobre una cama de hojas frescas, parte las secciones de los troncos enmitades longitudinales y con parsimonia muele la suave médula. Disuelta en agua, la médula forma una densa pasta que al secar se convierte en harina de shagú, base de la subsistencia de los nómadas. En una tarde, Asik yJuna aseguran el alimento de una semana.Dos noches después, cerca del crepúsculo, cuando los truenos llenan el valle y la bóveda de la selva cobravida con el electrizante estruendo de las cigarras, nos sentamos cerca de una fogata en la que Tu’o prepara lacabeza de un pequeño venado. Todo lo que escuchamos, explica, es parte de un lenguaje del espíritu: el trueno es
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