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DOLORES ALEIXANDRE - EL MEJOR DE LOS VINOS - BODAS DE CANÁ DE GALILEA - JUAN 2,1-11.pdf

DOLORES ALEIXANDRE - EL MEJOR DE LOS VINOS - BODAS DE CANÁ DE GALILEA - JUAN 2,1-11.pdf

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Published by: Patricio Igor Gallardo Vargas on Nov 11, 2013
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11/11/2013

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El mejor de los vinos
Dolores Aleixandre, R.S.C.J.
Mi padre fue comerciante de vinos en Caná de Galilea y, desde pequeño, me habitué a escucharle dar su opinión al catarlos, después de permanecer unos instantes con los ojos cerrados para concentrarse en el sabor y el aroma de lo que probaba: - Éste resulta muy afrutado...; éste, demasiado áspero..., éste es de una cosecha espléndida... Sin darme cuenta fui aprendiendo yo también y, con el paso de los años, me hice indispensable en los banquetes y fiestas, no sólo de Caná sino de toda la comarca y, a veces, hasta de fuera de Galilea. Por eso, cuando Ana y Bartolomé, dos jóvenes de Caná, decidieron casarse y me pidieron que hiciera de maestresala en el banquete de su boda, acepté con gusto: conocía a los padres de ambos, comerciantes de buena posición, y estaba seguro de que no iban a regatear nada con tal de que la celebración fuera un éxito y los convidados estuvieran satisfechos.
 
Habíamos preparado todo con esplendidez, incluso por encima del cálculo de invitados que esperábamos, pero cuando me di cuenta de que faltaba sitio en las mesas y que iba entrando más gente de la prevista, empecé a preocuparme. Vi a María de Nazaret, una amiga de la madre del novio, pero, junto a ella, apareció también su hijo Jesús con su grupo de amigos inseparables, y cuando los vi llegar pensé: “Como cada invitado se traiga a sus parientes y a los amigos de sus parientes, las previsiones se nos vienen abajo...” Y eso fue lo que ocurrió: empezó a faltar vino y los sirvientes iban y venían nerviosos entre la gente, con sus jarras vacías. Yo estaba medio furioso medio avergonzado, pensando no sólo en mi fracaso, sino sobre todo en el disgusto de los novios y sus familias, que iban a ser recordadas como tacañas o, al menos, como poco previsoras, y su alegría se iba a ahogar en el agua que era la única bebida que podíamos servir.
Vino para alegrar la fiesta
 De pronto, un sirviente se me acercó con un cacillo lleno de vino y me dijo que lo probara: lo hice y ¡era el mejor de cuantos había probado en mi vida! ¿Qué estaba ocurriendo? Me dirigí muy alterado hacia el novio y lo encontré con una copa en la mano. - ¿De dónde ha salido este vino?, le pregunté. ¿Por qué no me has avisado de que guardabas para el final este vino, infinitamente mejor que el que hemos servido al principio? Y si lo tenías, ¿cómo has permitido que pasáramos tan malos momentos, pensando que se había acabado? Se echó a reír mientras apuraba el contenido de la copa y me di cuenta de que el vino comenzaba a hacerle efecto. - Sé tanto como tú, me dijo, pero te aseguro que me da igual, que beban todos y se embriaguen en este día inolvidable... Yo seguía asombrado y busqué al sirviente que me había traído el vino: me contó que habían notado inquieta a María, la de Nazaret, al darse cuenta de que escaseaba el vino, y la vieron hablando en voz baja con su hijo que, al parecer, hizo un gesto de desentenderse del asunto. Entonces ella, inesperadamente, se acercó a los servidores y les susurró: - Mi hijo va a hablar con vosotros, hacedle caso aunque os parezca extraño lo que os diga. Fiaos de él y hacedlo. Entonces Jesús se levantó y les ordenó que llenaran de agua las tinajas: ellos, aunque atónitos, le obedecieron, y fue entonces cuando les dijo que me lo dieran a probar a mí.

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