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T.S. Eliot - La Tierra Baldia

T.S. Eliot - La Tierra Baldia

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Published by Bárbara Pereira
La Tierra Baldía
T.S. Eliot
La Tierra Baldía
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05/11/2014

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La Tierra Baldía
T.S. Eliot
A Ezra Pound
il miglior fabbro
.I. EL ENTIERRO DE LOS MUERTOSAbril es el mes más cruel: engendralilas de la tierra muerta, mezclarecuerdos y anhelos, despiertainertes raíces con lluvias primaverales.El invierno nos mantuvo cálidos, cubriendola tierra con nieve olvidadiza, nutriendouna pequeña vida con tubérculos secos.Nos sorprendió el verano, precipitóse sobre el Starnbergerseecon un chubasco, nos detuvimos bajo los pórticos,y luego, bajo el sol, seguimos dentro de Hofgarten,y tomamos café y charlamos durante una hora.
Bin gar keine Russin, stamm'aus Litauen, echt deutsch.
Y cuando éramos niños, de visita en casa del archiduque,mi primo, él me sacó en trineo.Y yo tenía miedo. Él me dijo: Marie,Marie, agárrate fuerte. Y cuesta abajo nos lanzamos.Uno se siente libre, allí en las montañas.Leo, casi toda la noche, y en invierno me marcho al Sur.¿Cuáles son las raíces que arraigan, qué ramas crecenen estos pétreos desperdicios? Oh hijo del hombre,no puedes decirlo ni adivinarlo; tu sólo conocesun montón de imágenes rotas, donde el sol bate,y el árbol muerto no cobija, el grillo no consuelay la piedra seca no da agua rumorosa. Sólohay sombra bajo esta roca roja(ven a cobijarte bajo la sombra de esta roca roja),y te enseñaré algo que no esni la sombra tuya que te sigue por la mañanani tu sombra que al atardecer sale a tu encuentro;te mostraré el miedo en un puñado de polvo.
Frisch weht der Wind der Heimat zumein Irisch Kind,Wo weilest du? 
«Hace un año me diste jacintos por primera vez;me llamaron la muchacha de los jacintos.»— Pero cuando regresamos, tarde, del jardín de los jacintos,
 
llevando, tú, brazados de flores y el pelo húmedo, no pudehablar, mis ojos se empañaron, no estabani vivo ni muerto, y no sabía nada,mirando el silencio dentro del corazón de la luz.
Oed' und leer das Meer.
Madame Sosostris, famosa pitonisa,tenía un mal catarro, aun cuandose la considera como la mujer más sabia de Europa,con un pérfido mazo de naipes. Ahí —dijo ella—está su naipe, el Marinero Fenicio que se ahogó,(estas perlas fueron sus ojos. ¡Mira!)aquí está la Belladonna, la Dama de las Rocas,la dama de las peripecias.Aquí está el hombre de los tres bastos, y aquí la Rueda,y aquí el comerciante tuerto, y este naipeen blanco es algo que lleva sobre la espalday que no puedo ver. No encuentroal Ahorcado. Temed, la muerte por agua.Veo una muchedumbre girar en círculo.Gracias. Cuando vea a la señora Equitone,dígale que yo misma le llevaré el horóscopo:¡una tiene que andar con cuidado en estos días!Ciudad Irreal,bajo la parda niebla del amanecer invernal,una muchedumbre fluía sobre el puente de Londres ¡eran tantos!Nunca hubiera yo creído que la muerte se llevara a tantos.Exhalaban cortos y rápidos suspirosy cada hombre clavaba su mirada delante de sus pies.Cuesta arriba y después calle King William abajohacia donde Santa María Woolnoth cuenta las horascon un repique sordo al final de la novena campanada.Allí encontré un conocido y le detuve gritando: «¡Stetson!,¡tú, que estuviste contigo en los barcos de Mylae!¿Aquel cadáver que plantaste el año pasado en tu jardín,ha empezado a germinar? ¿Florecerá este año?¿No turba su lecho la súbita escarcha?¡Oh, saca de allí al Perro, que es amigo de los hombres,pues si no lo desenterrará de nuevo con sus uñas!Tú,
hypocrite lecteur! — mon semblable — mon frère!
»II. UNA PARTIDA DE AJEDREZLA SILLA en que estaba sentada, como un bruñido trono,se reflejaba en el mármol, donde el espejode soportes labrados con pámpanos y racimosentre los cuales un Cupido dorado se asomaba(otro ocultaba sus ojos bajo el ala)copiaba las llamas de los candelabros de siete brazosque arrojaban su luz sobre la mesa, mientrasel brillo de sus joyas, desbordando profusamente
 
de los estuches de raso, subió a su encuentro.En redomas de marfil y cristal policromo,destapadas, acechaban sus raros perfumes sintéticos,ungüentos, en polvo o líquidos —turbando, confundiendoy ahogando los sentidos en olor; agitados por el airefresco que soplaba de la ventana, ascendían,alimentando las alargadas llamas de las velas,proyectando sus humos sobre los laquearios,animando los diseños del artesonado techo.Enormes leños arrojados por el mar, patinados de cobre,ardían verdes y anaranjados, en su marco de piedra policroma,y en su luz mortecina nadaba un delfín tallado.Sobre la repisa de la chimenea —ventana abiertaa una escena silvestre—estaba representadala Metamorfosis de Filomela, tan rudamente forzadapor el bárbaro rey; pero aún allí el ruiseñorllenaba todo el desierto con inviolable vozy todavía ella lloraba, y aún el mundo persigue«Tiu Tiu» a oídos sucios.Y otros tocones marchitos de tiempose alzaban en los muros, donde figuras de ojos abiertosse inclinaban, imponiendo silencio a la estancia.Se oyeron pasos en la escalera.Al resplandor del fuego, bajo el cepillo, sus cabellosse cruzaron en puntos ígneos,brillaron en palabras y se aquietaron salvajemente.«Estoy nerviosa esta noche. Muy nerviosa. Quédate conmigo.Háblame. ¿Por qué nunca hablas? Habla.¿En qué piensas? ¿Qué piensas? ¿Qué?Nunca sé en qué piensas. Piensas.»Creo que nos hallamos en la calleja de las ratasdonde los muertos perdieron sus huesos.«¿Qué ruido es ese?»
 
El viento bajo la puerta.«¿Qué ruido es ese ahora? ¿Qué hace el viento?»
 
Nada, como siempre. Nada.
 
«¿Nosabes nada? ¿No ves nada? ¿Note acuerdasde nada?»Recuerdoque esas perlas fueron sus ojos.«¿Estás viva o no? ¿No hay nada en tu cabeza?»
 
PeroO O O O ese aire shakespeaheriano:es tan elegantetan inteligente.«¿Qué haré ahora? ¿Qué haré?¿Salir tal como estoy y andar por la calle

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