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de sus reflejos, en cambiar la naturaleza misma del reflejo. Violencias de las que,como sabemos, el mar se vengará. De ahí la paradoja de esta empresa: paraconducir la política al elemento firme del saber y el coraje se hace necesarioabordar las islas de la refundación y atravesar nuevamente el mar, entregando alcapricho de mareas y marinos los planos de la refundada ciudad de pastores.Tal podría ser el primer objetivo de este anuncio no comprometedor, de esteanuncio sin promesa: indicar algunos lugares y caminos de reflexión en torno aesta figura de los bordes que no ha cesado de acompañar al pensamiento de lopolítico, como también sobre esa vieja y siempre actual posición de la filosofía - alborde de lo político - vinculada a la idea de un alejamiento del borde fatal, de uncambio de rumbo; conversión que no ha cesado de acompañar, de maneraparlanchina o silenciosa - digamos silenciosamente parlanchina - la reflexión, lairreflexión, o la distracción de la filosofía frente a lo político desde la
metanoia
griega hasta la
Kehre
alemana.Empero, se ha hecho patente a la vez que la actualidad podía proporcionar a esainterrogante una nueva significación. Mil discursos, sabios o profanos, anuncianhoy el fin de la edad en que la política erraba de costa a costa. Y se diceterminado, asimismo, el tiempo en que los filósofos legisladores pretendíanreinstalarla en su terreno, arriesgando conducirla a nuevos precipicios: la políticaabandonaría hoy, finalmente, el territorio de los bordes - los bordes del origen odel precipicio - en que la enclaustraba la tutela filosófica. Libre, de ahora enadelante ésta se desplegaría en el espacio sin orillas de su propia supresión. El finde la política sometida sería también el fin de la política misma. Vivimos, se dice,el fin de las divisiones políticas, de los desgarramientos sociales y de losproyectos utópicos. Hemos entrado en la época del esfuerzo productivo común yde la libre circulación, del consenso nacional y la competencia internacional. Enlugar de islas utópicas y milenarismos, la tardía sabiduría de nuestro tiempopropone paraísos terrestres más accesibles, plazos más próximos: el Centro oEuropa, 1993 o el año 2000.Sin embargo, y considerándola más detenidamente, esta temática ofrece algunassorpresas. Así, el notable norteamericano que anunciara con tanto ruido que ennuestra época se situa el fin de la historia nos advierte, con más modestia, que esefin es el mismo que proclamara Hegel en 1807, a riesgo de dejarnos en laindecisión: ese intervalo particularmente denso, los dos siglos que demorara lahistoria en consumar su muerte, obedecerán, acaso, a la siempre lenta eliminaciónde las supervivencias o bien al error funesto del exégeta Marx, que no viera en lapromesa hegeliana el anuncio del fin de la historia, sino el fin de su prehistoria?Podríamos limitarnos simplemente a sonreír ante la prisa con que los gestionariospolíticos anticipan el momento en que, acabada la política, podrán finalmente
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