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Spurgeon, Ch. Discursos a Mis Estudiantes

Spurgeon, Ch. Discursos a Mis Estudiantes

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02/06/2013

 
DISCURSOS A MIS ESTUDIANTES
 PLATICA I 
La Vigilancia que de sí Mismo Debe TenerEl Ministro
“Ten cuidado de ti mismo y de tu doctrina.” —1 Ti.4: 16. Todo obrero sabe cuán necesario le es conservar su herramienta en buen estado, porque"si los instrumentos se embotasen y no los amolase, tendría que emplear más fuerzas." Si alobrero se le gastara el filo de su azuela, sabe que se vería obligado a redoblar su esfuerzo, so pena de que su obra saldría mal ejecutada. Miguel Ángel, el predilecto de las bellas artes,comprendía tan bien el importante papel que desempeñaban los útiles que usaba, que hacia consus propias manos sus brochas y pinceles, ejemplificándonos de ese modo al Dios de la Graciaque con especial cuidado se adapta a sí a todo ministro verdadero. Es verdad que el Señor puedetrabajar sin el auxilio de instrumento alguno, conforme lo verifica a veces valiéndose de predicadores indoctos para la conversión de las almas; y también lo es que puede obrar aun sinagentes, como lo hace cuando salva a los hombres sin ninguna clase de predicadores, aplicandola palabra directamente por medio de su Santo Espíritu; pero no podemos considerar los actossoberanos y absolutos de Dios, como regla para normar los nuestros. El puede, supuesto loabsoluto de su carácter, obrar como mejor le plazca; pero nosotros debemos hacerlo, según nos lo preceptúan sus más claras dispensaciones; y uno de los hechos más palpables es que el Señor generalmente adapta los medios a los fines, en lo cual se nos da la lección de que es natural quetrabajemos con tanto mayor éxito, cuanto mejor sea nuestra condición espiritual. En otras palabras: generalmente efectuaremos mejor la obra de nuestro Señor, cuando los dones y graciasque hemos recibido se hallen en buen orden; y lo haremos peor, cuando no lo estén. Esta es unaverdad práctica para nuestra guía. Cuando el Señor hace excepciones, éstas no hacen más que probar la exactitud cíe la regla que acabamos de sentar. Nosotros somos, en cierto sentido, nuestros propios instrumentos, y de consiguiente,debemos conservarnos en buen estado. Si me es menester predicar el Evangelio, no podré hacer uso sino de mi propia voz. y por tanto, debo educar mis órganos vocales. No puedo pensar sinocon mi propio cerebro, ni sentir sino con mi propio corazón, y en consecuencia, debo cultivar mis facultades intelectuales y emocionales. No puedo llorar y sentirme desfallecer de ternura por las almas, sino en mi propia naturaleza renovada, y por tanto, debo conservar cuidadosamente laternura que por ellas abrigaba Cristo Jesús. En vano me será surtir mi biblioteca, organizar sociedades, o proyectar estos o aquellos planes, si me muestro negligente en el cultivo de mímismo; porque los libros, las agencias y los sistemas son sólo remotamente los instrumentos demi santa vocación: mi propio espíritu, mi alma y mi cuerpo son la maquinaria que tengo más a lamano para el servicio sagrado; mis facultades espirituales y mi vida interior son mi hacha dearmas y mis arreos guerreros. McCheyne, escribiendo a un ministro amigo suyo que andabaviajando con la mira de perfeccionarse en el alemán, usó un lenguaje idéntico al nuestro: "Sé quete aplicarás con todo empeño al alemán, pero no eches en olvido el cultivo del hombre interior,quiero decir, del corazón. Cuán diligentemente cuida el oficial de caballería de tener su sablelimpio y afilado, frotándole con tal fin cualquiera mancha con el mayor cuidado. Recuerda que
 
eres una espada de Dios, instrumento suyo, confío en ello, y un vaso de elección para llevar sunombre. En gran medida, según la pureza y la perfección del instrumento, será el éxito. No bendice Dios los grandes talentos tanto como la semejanza que se tiene con Jesús. Un ministrosanto es una arma poderosa en la mano de Dios."Para el heraldo del Evangelio, el estar espiritualmente desarreglado en su propia persona,es tanto para él mismo como para su trabajo, una verdadera calamidad; y con todo, hermanosmíos, ¡cuán fácilmente se produce tal mal! ¡Cuánta vigilancia, por lo mismo, se necesita para prevenirlo! Viajando un día por expreso de Perth a Edinburgo, nos vimos repentinamentedetenidos, a consecuencia de haberse roto un pequeño tornillo de una de las dos bombas de quevirtualmente constan las locomotoras empleadas en los ferrocarriles; y cuando de nuevo nos pusimos en camino, tuvimos que avanzar al impulso de un solo émbolo que funcionaba en lugar de los dos. Sólo un pequeño tornillo se habla inutilizado, y si ese hubiera estado en su lugar, eltren habría andado sin pararse todo su camino; pero la falta de esa insignificante pieza de hierrodesarregló todo lo demás. Se dice que un tren se paró en uno de los ferrocarriles de los EstadosUnidos, con motivo de haberse llenado de moscas los depósitos de grasa de las ruedas de loscarros. La analogía es perfecta: un hombre que bajo todos conceptos posea las cualidadesnecesarias para ser útil, puede por algún pequeño defecto que tenga, sentirse extraordinariamenteentorpecido, o reducido a un estado absoluto de incapacidad. Semejante resultado es de sentirseen extremo, por estar relacionado con el Evangelio que en el sentido más alto, está adaptado a producir los mejores resultados. Es cosa terrible que un bálsamo curativo pierda su eficaciadebido a la impericia del que lo aplica. Todos vosotros conocéis los perjudiciales efectos que confrecuencia se producen en el agua que corre por cañerías de plomo; pues de igual modo elEvangelio mismo al correr por hombres espiritualmente dañados, puede perder su mérito hasta elgrado de hacerse perjudicial a sus oyentes. Es de temerse que la doctrina calvinista se conviertaen la enseñanza peor, si se predica por hombres de vida poco edificante, y se presenta como unacapa que puede cubrir toda clase de licencias; y el arminianismo, por otra parte, con su amplituden ofrecer la misericordia, puede causar un serio daño a las almas, si el tono ligero del predicador da lugar a que sus oyentes crean que
 pueden
arrepentirse cuando les plazca, y que deconsiguiente no hay urgencia en acatar desde luego las prescripciones del mensaje evangélico.Además, cuando un predicador es pobre en gracia, cualquier bien duradero que pudiera ser elresultado de su ministerio, será por lo general débil, y no guardará ninguna proporción con lo quehabría derecho de esperar. Una siembra abundante será seguida por una cosecha escasa; el interés producido por los talentos será en extremo pequeño. En dos o tres de las batallas perdidas en laúltima guerra americana, se dice que las derrotas se debieron a la mala clase de la pólvoraministrada por ciertos contratistas falsarios del ejército, pues eso fue causa de que no seobtuviera el efecto buscado por el cañoneo. Lo mismo puede acontecernos a nosotros. Podemosno dar con nuestra mira, desviarnos del camino que intentamos seguir y desperdiciar nuestrotiempo, por no poseer verdadera fuerza vital dentro de nosotros mismos, o no poseerla en talgrado que conforme a ella pueda el Señor bendecirnos. Cuidaos de ser predicadores falsarios.
Uno de Nuestros Principales Cuidados Debe Ser el que Nosotros Mismos Seamos Salvos
El que un predicador del Evangelio sea ante todo participante de él, es una verdad simple, pero al mismo tiempo una regla de la mayor importancia. No vivimos entre los que aceptan lasucesión apostólica de los jóvenes, tan sólo porque éstos pretenden asumirla. Sí la vida de2
 
colegio de los mismos, ha sido vivaz más bien que espiritual; si los honores que allí hanadquirido los deben a ejercicios atléticos más bien que a sus trabajos por Cristo, nosotrosnecesitamos en tal caso, pruebas de otro género de las que ellos pueden presentarnos. Por crecidos que sean los honorarios que hayan pagado a los más sabios doctores, y por grandes quesean los conocimientos que hayan recibido, en cambio, no tendremos por eso una evidencia deque su vocación les ha venido de lo alto Una piedad sincera y verdadera es necesaria como el primer requisito indispensable. Sea cual fuere el "llamamiento" que alguien pretenda haber recibido, si no ha sido llamado a la santidad, puede asegurarse que no lo ha sido al ministerio."Atavíate primero a ti mismo, y adorna después a tu hermano," dicen los rabinos. "Lamano que trata de limpiar algo," dice Gregorio, "es menester que esté limpia." Si vuestra sal notiene sabor ¿cómo podréis sazonar con ella? La conversión es una cosa
 sine qua non
en unministro. Vosotros aspirantes a nuestros púlpitos, es menester que nazcáis de nuevo. Ni es la posesión de esta primera cualidad una cosa que pueda tenerse como concedida por cualquiera, porque hay una muy gran posibilidad de que nos engañemos acerca de si estamos convertidos ono. Creedme, no es juego de niños el que os aseguréis de vuestro llamamiento y elección. Elmundo está lleno de imposturas, y abunda en seductores que explotan la presunción carnal y seagrupan en torno de los ministros con la avidez con que lo hacen los buitres en torno de loscuerpos en putrefacción. Nuestros corazones son engañosos, de manera que la verdad no se hallaen la superficie, sino debe ser sacada de su más profundo interior. Debemos examinarnos anosotros mismos muy afanosa y profundamente, no sea que por algún motivo después de haber  predicado a los demás, resulte que nos hallamos en la línea de los réprobos.¡Cuán horrible es ser predicador del Evangelio y no estar sin embargo convertido! Quecada uno se diga en secreto desde lo más recóndito de su alma: "¡Qué cosa tan terrible será paramí el vivir ignorante del poder de la verdad que me estoy preparando a proclamar!" Un ministroinconverso envuelve en sí la más patente contradicción. Un pastor destituido de gracia essemejante a un ciego elegido para dar clase de óptica, que filosofara acerca de la luz y la visión,disertara sobre ese asunto, y tratara de hacer distinguir a los demás las delicadas sombras ymatices de los colores del prisma, estando él sumergido en la más profunda oscuridad. Es unmudo nombrado profesor de canto; un sordo a quien se pide que juzgue sobre armonías. Es comoun topo que pretendiera educar aguiluchos; como un leopardo elegido presidente de ángeles. Aun supuesto de tal naturaleza se le podrían aplicar las más absurdas metáforas, si el asunto desuyo no fuese tan solemne. Es una posición espantosa en la que se coloca un hombre queemprende una obra para la ejecución de la cual es entera y absolutamente inadecuado; pero suincapacidad no lo exime de responsabilidades, puesto que deliberadamente las ha querido asumir.Sean cuales fuesen sus dotes naturales y sus facultades mentales, nunca será el ministro a propósito para una obra espiritual, si carece de vida espiritual; y en ese caso cumple a su deber cesar en sus funciones ministeriales mientras no adquiera la primera y más simple de lascualidades que para ello se han menester.El ministro inconverso asume un carácter igualmente horroroso en otro respecto. Si no harecibido comisión, debe ser muy desgraciada la posición que tenga que ocupar. ¿Qué puede ver de lo que entre el pueblo pase que le dé consuelo? ¿Qué será lo que sienta cuando oiga loslamentos de los penitentes, o escuche sus ansiosas dudas y solemnes temores? Es natural que seadmire al pensar que sus palabras deben haberse apropiado para conseguir tal fin. La palabra deun hombre inconverso puede ser bendecida para la conversión de las almas, puesto que el Señor a la vez que desconoce a un hombre semejante, honrará con todo, su propia verdad. ¡Cuán perplejo debe sentirse un hombre así al ser consultado respecto de las dificultades que se3

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