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Decir Adios Decirse Adios 9-19

Decir Adios Decirse Adios 9-19

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11/24/2013

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Antes de i
Cuando falleció Piero yo estaba fuera del país. Sentí mucha tristeza por no haber podido acompañarlo en sus últimos días. Entre el diagnóstico de cáncer y su muerte transcurrpoco tiempo. Al enterarme del pronóstico —“pocos meses de vida”, dijo el doctor— decidí acompañarlo y escucharlo. Hubiese querido hacer muchas cosas por él pero fue imposi-ble. La enfermedad lo devoró en un santiamén. Hablamos de sus inquietudes. Piero escribía un pequeño diario acerca de su enfermedad; más que diario, eran reflexiones e ideas sobre su padecimiento. Me lo entregaba o me lo leía confor-me lo escribía. Lo abracé y seguí sus pasos. Ante la muerte de los seres queridos, el pasado regresa y duele. A pesar de la certeza y de la necesidad del final, decir adiós, saber que nunca más volveremos, es difícil. Nunca la muerte será fácil.Fue muy duro no estar a su lado cuando murió. Su muerte llegó muy temprano. Me hubiera gustado haberlo ayudarlo a beber, tomar su mano, escucharlo, hablar en voz baja con él, contestar el teléfono, decirle nuevamente que no se preocupara por sus encargos, caminar a su lado, leer en voz alta algunas notas de su diario o releer los poemas que tanto nos gustaba compartir. Leer con los amigos en voz alta poemas viejos o nuevos, poemas no escritos pero soñados, es uno de los grandes regalos de la vida. Un soneto yo, el siguiente Piero. Luego juntos. Como cuando se coge de la
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mano o se abraza por primera vez a los compañeros en el kínder, en la primaria.Lamenté mucho no estar al lado de Piero cuando se fue. Sentí dolor por él y por mí. El dolor no era culpa, sino otra cosa: una sensación extraña, algo así como un vacío indescriptible cuya profundidad incomoda porque nunca se alcanza. Pensé en la crudeza de la vida. Pensé en los in-contables significados de la palabra ausencia. Recordé una idea de Piero: “La vida sigue. No espera. La vida no sabe de la vida”. Recordé una idea mía: “Cuando muere un ser querido desaparecen algunos
 
rincones de la cotidianidad. Quedan otros recovecos: amistad, remembranzas, cariño, vivencias. En esos espacios la vida sigue. Quedan certezas: la muerte de un amigo no aniquila la amistad; aunque resulte paradójico, endurece, y a la vez, suaviza la vida”.Conversamos mucho acerca de su enfermedad y de la proximidad de la muerte. El diálogo continuaba en sus dia-rios. En ellos, con sus lápices, con sus gomas, se vertía y se rasgaba la vida.
 
Cuando los compartía conmigo, yo los leía con fruición. En esas páginas, sobre todo cuando confrontó a la muerte, Piero era todos los Pieros que yo conocí. Días atrás releí sus últimas notas. Su diario de la enfermedad fue su compañero y su testamento vital.Piero tuvo dos finales: el de su enfermedad y el de sus sueños. Con el tiempo el cáncer devoró su cuerpo y acabó con sus deseos. Con el tiempo sus sueños dejaron de ser sue-ños. Borraron la realidad y se lo llevaron; la bruma lo acogió entre sus brazos. Quienes miran con valentía la proximidad de su muerte intentan domar la enfermedad. Piero lo hizo hasta donde pudo. Luchó con gallardía. Finalmente, su mal  y sus sueños lo devoraron.Piero murió en su cuarto. El médico que certificó su de-ceso escribió: “Edema pulmonar agudo. Cianosis generali-zada. Cáncer diseminado”. La enfermera que lo cuidó el día
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previo a su muerte desapareció. Tres días antes de hacerlo me contó los sueños de Piero:  —Una semana antes de morir, el señor Piero sentía que amanecía empapado; soñaba que moriría ahogado. Cada mañana me repetía la misma historia: “Toda la noche ca- yeron sobre gotas de agua. Una tras otra. No cesaban. El agua se acumulaba a mi alrededor conforme avanzaba la noche. Tenía que apurar varios vasos de agua para no morir ahogado”. Creo que el señor Piero murió ahogado en su sueño.  —¿Qué le respondías? —Le explicaba: “Todo es un sueño. Mire su cama, su cuarto, su ropa. Todo está seco. No hay agua. Sólo fue un sueño”. —¿Qué te decía Piero? —Intentaba convencerme. Me decía: “Estás equivoca-da. No busques protegerme. Toda la noche me ayudaste. Cargabas y cargabas cubetas. ¡Mírate en el espejo! ¡Estás agotada!” —¿Qué le respondías? —El señor Piero se intranquilizaba. Cuando le decía que no cargué cubetas, que todo había sido un sueño suyo, se enojaba. Pretendía convencerme a toda costa. Buscaba su ropa mojada y volteaba hacia uno y otro lado tratando de encontrar las cubetas. Se angustiaba mucho. Temía que le sucediera algo… —Ante sus demandas, ¿qué hacías? —Preferí mentirle. Su angustia era terrible, por eso le dije que tenía razón. Que sí había cargado varias cubetas llenas de agua, que sí le había ayudado durante toda la no-che a sacar las cubetas.Nadie supo la causa de su fallecimiento. Sólo la muerte sabe cómo aniquila a las personas. Sólo ella sabe cómo es-trangula a las células y cómo acaba con la vida. La muerte
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