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Hôjôki Sobre mi ermita - Kamo no Chômei - Traducción de Fernando Barbosa

Hôjôki Sobre mi ermita - Kamo no Chômei - Traducción de Fernando Barbosa

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16/08/09 10:07Hjki Sobre mi ermita - Kamo no Chmei - Traduccin de Fernando BarbosaPágina 1 de 9http://www.revistanumero.com/38hojo.htm
HÔJÔKI
SOBRE MI ERMITA
1
Por Kamo no Chômei
2
Traducción de Fernando Barbosa
Este ensayo, escrito en 1212, es uno de los primeros y más importantes textos de latradición cultural japonesa con influencia budista.
 
1
Las aguas del arroyo, que siempre corre, siguen allí pero nunca son las mismas; las burbujas que flotan en unestanque tranquilo, desapareciendo ahora, formándose luego, jamás permanecen largo tiempo. De la mismamanera ocurre con los hombres y con los sitios donde habitan.En la magnífica capital imperial, las casas de los de arriba y los de abajo parecen perdurar de generación engeneración, soportando las cumbreras alineadas y los tejados que se codean entre sí. No obstante, lainvestigación revela que sólo pocas de ellas existieron en el pasado. En algunos casos, lo que se quemó el añoanterior, fue reconstruido en el actual; en otros, una gran casa dio paso a una pequeña. Y lo mismo sucedecon los ocupantes. Los lugares continúan sin cambios, la población sigue siendo de gran tamaño, peroescasamente sobreviven una o dos de las veinte o treinta personas con quienes me trataba.Al igual que las burbujas en el agua, alguno muere en la mañana y otro nace en la noche. ¿De dóndevienen y adónde van todos aquellos que mueren y nacen? No lo sabemos. Y ¿para beneficio de quién, por quérazones se esfuerza penosamente un hombre en construir un refugio que sea agradable a la vista? Tampoco losabemos. El dueño, bajo el techo de su casa, es como la gota de rocío que rivaliza en fugacidad con eldondiego de día sobre el cual se posa. La flor podrá permanecer después de que se evapore el rocío pero semarchitará luego bajo el sol de la mañana; o podrá caerse antes de que se desvanezca la humedad. Pero elrocío no sobrevivirá hasta el anochecer.
 
2
He sido testigo de un número de sucesos notables en los más de cuarenta años transcurridos desde cuandoempecé a entender la naturaleza de las cosas. Cerca de la hora del perro
, en una noche borrascosa —creoque era el día 28 del cuarto mes del tercer año de Angen
4
— se desató un incendio en la parte suroriental dela capital que se extendió hacia el noroccidente. Al final, alcanzó la Puerta de Suzaku, el Gran Recinto deEstado, la Academia y el Ministerio de Asuntos Populares, reduciéndolos todos a cenizas durante la noche. Suorigen parece haber estado en una vivienda temporal, construida por unos danzarines cerca de la intersecciónde Higuchi y Tomi-no-kôji. Esparciéndose de un lado a otro, por los vientos erráticos, ardió en forma deabanico abierto: estrecho en la base y ancho en su extremo.El humo sofocante envolvió casas distantes; las llamas azotadas por el viento descendían a la tierra por todos los sitios en las cercanías. El cielo, contra el horizonte, enrojeció con las pavesas encendidas por el fieroresplandor, mientras las llamas saltaban al tiempo sobre una y otra manzana bajo una atmósfera espeluznante,liberándose con la fuerza irresistible del ventarrón. A la gente, todo debió parecerle tan irreal como un sueñoen el sendero del fuego. Algunos fueron víctimas del humo. Otros perecieron de inmediato en el abrazo de lasllamas. Otros más lograron escapar vivos, pero no pudieron rescatar sus bienes y todos sus apreciados tesoros
 
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se convirtieron en cenizas. ¡El valor de tales propiedades debió ser inimaginable! El fuego reclamó las casas dedieciséis nobles mayores, sin decir nada del incontable número de aquellos de menor importancia. Se reportóque un tercio completo de la capital fue destruido. Decenas de hombres y mujeres murieron. Innumerablescaballos y bueyes perecieron.Todas las empresas del hombre son insubstanciales, por lo que debe considerarse como un acto de lamayor insensatez el que un hombre invierta su tesoro y se cree un problema sin fin, sólo por construir unacasa en un lugar tan peligroso como la capital.De nuevo, alrededor del cuarto mes del cuarto año de Jishô
, un tifón azotó las cercanías de laintersección de Nakamikado y [Higashi] Kyôgoku, siguiendo luego todo el camino hasta la avenida Rokujô.Ninguna casa, grande o pequeña, escapó de la destrucción en un área de tres a cuatro cuadras a la redondade donde la ráfaga apareció con todo su ímpetu. En algunos casos, las edificaciones enteras se desplomaron;en otros, solamente se salvaron las vigas y los pilares. Los portones fueron arrancados y dejados a tres ocuatro cuadras; los cercados volaron lejos y las propiedades quedaron sin cercados. Y no necesitaría decir loque pasó con los objetos pequeños. Todo lo que había en las casas saltó a los cielos; los tejados de corteza deciprés y las tejas se arremolinaban como hojas de invierno arrastradas por el viento. El polvo se elevaba comoel humo para enceguecer a la gente; el terrible ojo de la tormenta se tragaba el sonido de las voces. Parecíaque hasta el pavoroso viento del infierno era menos terrible. Pero la destrucción y los daños no sólo alcanzaronlas casas; una gran cantidad de personas sufrieron mutilaciones y heridas durante la reconstrucción de losedificios. El viento se desplazó hacia el sur y el sureste llevando la visita de la aflicción a un númeroincalculable de gente.Los tifones son usuales, pero ninguno otro como éste. Quienes lo vivieron se angustiaron al pensar que setrataría de un fenómeno extraordinario, una señal de un ser sobrenatural.De nuevo, alrededor del sexto mes del cuarto año de Jishô, la corte súbitamente se trasladó a una nuevacapital
. Nadie se habría imaginado tal cosa. Cuando se considera que han pasado más de cuatrocientos añosdesde el establecimiento del actual trono imperial durante el reinado del emperador Saga, no cabe duda de queel tener que escoger una nueva sede ha debido obedecer a justificaciones excepcionales. Es más querazonable el que la gente se haya sentido intranquila y temerosa.No obstante, los reclamos fueron vanos. El emperador, los ministros de Estado, los nobles de mayor rango ytodos los demás, se trasladaron. Nadie permaneció en la vieja capital, así ocupara una posición de pocaimportancia en la corte. Aquellos que aspiraban a una oficina y un rango, o que dependían del favor de susprotectores, hicieron todo lo posible para trasladarse con la mayor prontitud; aquellos que habían perdido laoportunidad de tener éxito en la vida, o que habían sido rechazados por la sociedad, permanecieron atrás,hundidos en la lobreguez. Las residencias que una vez habían estado alero con alero fueron más y másdevastadas a medida que pasaban los días. Las casas fueron desmanteladas y puestas a flotar en el río Yado,mientras sus antiguos sitios se convertían en campos desolados frente a los ojos de los observadores.En un rotundo cambio de valores, todo el mundo apreciaba ahora los caballos y las sillas de montar, yabandonaba el uso de los bueyes y los carruajes. Las propiedades en los circuitos al occidente y sur del mar fueron muy apreciadas, mientras aquellas al norte o sobre el mar oriental se consideraban indeseables.Por esta época, algunos asuntos me llevaron a la nueva capital, en la provincia de Settsu. El reducidoespacio, muy limitado para construir todas las calles necesarias
, hizo crecer rápidamente la ciudad sobre loscerros del norte, lo mismo que hacia el sur por la pendiente que descendía al mar. Las olas rugientes nuncacesaron su clamor; el viento marino soplaba con particular frenesí. El palacio imperial me sorprendió por loinusitadamente novedoso e interesante. Situado en los cerros, como en verdad lo estaba, me pregunté a mímismo si la casa de madera de la emperatriz Saimei no habría sido similar 
.Me pregunté en dónde estaría la gente para levantar todas las casas que se enviaban corriente abajo cadadía, en número suficientemente alto como para taponar el río. Pero todavía quedaban muchas parcelas detierra desocupadas y pocas casas. La vieja capital ya estaba en ruinas; la nueva todavía tenía que tomar forma. Sin una sola alma, se sentía como una nube a la deriva, sin raíces. Los habitantes originales selamentaban por la pérdida de sus tierras; los nuevos que llegaban se preocupaban por el yeso y la madera. Enlas calles, aquellos que se movilizaban en carruajes, ahora lo hacían a caballo; los que antes lucían vestidoscortesanos o de cacería, ahora se vestían con trajes ordinarios. De la noche a la mañana, las costumbres de lacorte se habían transformado y las personas se comportaban como rústicos guerreros.He oído que tales cambios presagian disturbios civiles, y eso fue precisamente lo que sucedió. Al paso decada día, la situación se hizo más inestable, las personas perdieron más su compostura y el común de lasgentes sintió más temores. Al final, la crisis llevó a que se regresara a la vieja capital en el invierno de esemismo año. Pero vaya a saberse lo que sucedió con todas las casas que se tumbaron por doquier. Ninguna se
 
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reconstruyó en su estilo original.Se nos ha dicho que los sabios emperadores del pasado gobernaron con compasión. Ellos entejaron suspalacios con cortezas de árbol y se negaron a perfilar los aleros; condonaron los ya exiguos impuestos cuandovieron que las cocinas de la gente ordinaria hacían menos humo que antes. La razón era simplemente queapreciaban a su pueblo y deseaban ayudarlos. Comparar el pasado con el presente deja ver la clase degobierno que hoy tenemos.Se presentó de nuevo una espantosa hambruna (creo que sucedió durante la era Yôwa
9
, pero fue hacetanto tiempo que no estoy seguro). Las cosechas de granos se arruinaron por varias calamidades que sesucedieron una tras otra: sequía en la primavera y en el verano; tifones e inundaciones en el otoño. Fue envano que los campesinos labraran los campos en la primavera y sembraran las plantas en el verano: no hubocosecha en el otoño ni el trajín del almacenamiento en el invierno. Algunos campesinos abandonaron sustierras y vagaron por ahí; otros desertaron de sus casas para vivir en las montañas. Se oró y se realizaronrituales extraordinarios, pero no se logró nada.La capital siempre había dependido del campo para todas sus necesidades. Ahora, cuando nada llegaba, lagente estaba ansiosa y fuera de sí. Con desespero ofrecían todos sus tesoros a cualquier precio pero nadie seinteresaba. Los pocos que se empeñaban en comerciar cuidaban su oro y subían exageradamente el precio desus granos. Las calles estaban saturadas de mendigos y las lamentaciones llenaban el aire.El primero de los dos años de la hambruna lentamente se acercaba a su fin. Pero justamente, aunque todoel mundo anticipaba que con el nuevo año se retornaría a la normalidad, apareció una epidemia que haría lascosas aún peores. Como peces boqueando en un charco, el populacho hambriento se acercaba cada día másal borde de los extremos, hasta cuando la gente de cierta apariencia respetable, vestida con sombreros ybotines
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, tuvo que mendigar de casa en casa. Estos seres abrumados por la miseria caminaban al borde delestupor y del colapso.Numerosas personas perecieron de hambre en las calles o murieron al lado de los muros entejados. Comono había manera de deshacerse de los cuerpos, un hedor fétido llenaba el aire y una incalculable cantidad decadáveres hería los ojos. Sería innecesario decir que la muerte se extendía tan densamente en las orillas delrío Kamo, que no había espacio ni siquiera para permitir el paso de caballos y carruajes.Con los leñadores y los demás trabajadores ya muy debilitados para realizar las labores normales, se desatóuna escasez de leña. Y aquellos que no tenían otros medios de subsistencia, echaron abajo sus casas paravenderlas en el mercado. No obstante, la suma que así lograba recoger un hombre era inferior a susnecesidades diarias. Resultaba doloroso encontrar pedazos de madera cubiertos de laca roja, de oro o de plata,arrumados en medio del resto de leños. Era obvio que las personas, desesperadas, iban a los templos viejos arobarse las imágenes sagradas; arrancaban los adornos de los recintos y rompían todo lo que sirviera parahacer fuego. Por haber nacido en una época tan decadente, he debido ser testigo de escenas tan oprobiosascomo éstas.También sucedieron cosas profundamente tristes, como los casos de las parejas que no quisieron separarse.Aquel que tenía el afecto más acrisolado, era seguro el primero en morir. Y ello se debía a que él o ellaanteponían el bienestar del otro al propio, dándole a su pareja la poca comida que encontraban. Lo mismoocurría con los padres, que siempre sucumbían antes que sus hijos. Algunas veces se veía a un infanterecostado y chupando del pecho de su madre, sin percatarse de que la vida de ella había terminado. Adoloridoporque tanta gente estuviera pereciendo de esa manera, el Abate Ryûgyô del templo de Ninnaji para tratar deayudar a los muertos a alcanzar la iluminación, escribió la letra sánscrita «A» en la frente de cada cadáver queencontró
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.Las autoridades se encargaron de llevar el registro de las muertes ocurridas en el cuarto y quinto meses. Enese período se contabilizaron más de 42.300 cadáveres en las calles de las áreas situadas al sur de Ichijô, alnorte de Kujô, al occidente de Kyôgoku y al oriente de Suzaku. Por supuesto, muchos más murieron antes ydespués. Y el número no tendría límites si hubiéramos incluido las riberas de los ríos Kamo y Shira, el sector occidental y los suburbios alejados del centro, sin contar todas las siete provincias de Japón.La gente dice que algo similar ocurrió durante el reinado del emperador Sutoku, cerca de la era Chôshô
12 
,pero desconozco lo sucedido. No obstante, de esta hambruna fenomenal sí he sido testigo.Si bien recuerdo, fue más o menos en la misma época cuando ocurrió un terrible sismo. No fue un temblor común y corriente. Las montañas se vinieron abajo y sepultaron los riachuelos; el mar se volcó y anegó latierra. El agua brotaba por entre las fisuras de la tierra; rocas enormes se partían y rodaban sobre los valles.Los botes que navegaban cerca de la orilla fueron levantados por las olas; los caballos que iban por loscaminos perdieron el paso. Ni un templo budista ni una pagoda quedaron intactos en toda la vecindad de lacapital. Unos se resquebrajaron, otros se vinieron al suelo. El polvo se esparció como el humo; la tierra que se

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