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Bala Fría, Historias que resuelven #1

Bala Fría, Historias que resuelven #1

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El primer ejemplar de Bala Fría, la publicación resultante del taller de periodismo narrativo "Por mis propios medios", dictado por Leo Felipe Campos en Julio de 2009. Bala Fría, está lleno de crónicas, de historias que pretenden saciar el hambre por el periodismo que simplemente no se hace en los medios convencionales. Bala Fría, Historias que resuelven. Buen provecho a todos!
El primer ejemplar de Bala Fría, la publicación resultante del taller de periodismo narrativo "Por mis propios medios", dictado por Leo Felipe Campos en Julio de 2009. Bala Fría, está lleno de crónicas, de historias que pretenden saciar el hambre por el periodismo que simplemente no se hace en los medios convencionales. Bala Fría, Historias que resuelven. Buen provecho a todos!

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10/01/2012

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Esto que usted tiene en sus manos es una excusa para acercarse a laciudad reconocida desde el anonimato y sus extraños placeres. Pero tambiénpara aclarar, de entrada, que aunque todavía haya muchos que se resistan a creerlo,la ética, la moralidad y la conciencia periodística no necesitan rendirle cuentas ni a lascorporaciones ni a las instituciones del gobierno. Faltaba más, ni a las leyes.La historia comienza con una palabra de Rodolfo Walsh y su valiente atrevimiento: una lectura hecha envoz alta para identificar las posibles diferencias entre el oficio de escribir y el arte de narrar; y acaba, como casisiempre, con elegantes tropiezos. Pero siga leyendo, que acaba bien.Trece talleristas se reunieron en la sede del Instituto Cultural Brasil Venezuela y revisaron materiales de José Martí,Truman Capote, Gay Talese, Ryszard Kapuscinski, Susana Rotker, Robert Fisk, Alberto Salcedo Ramos, Pedro Lemebel,Martín Caparrós, Boris Muñoz, Alma Guillermopietro, Leila Guerriero, José Carlos Paredes, José Roberto Duque, VíctorNúñez Jaime y Octavio Paz.En tres semanas, el análisis y la práctica sirvieron de estímulo para creer en otra forma de ejercicio para esto que llamamosnuestra profesión: la del periodista. Del buen periodista.Temas aparte sobre la discutible necesidad de combate entre los grandes medios, públicos y privados, y la escasa credibilidadque esto representa al momento de registrar vidas, en Bala Fría –título mañoso y de doble lectura– el resultado a partir de lainvestigación y el contraste de testimonios arrojó un nuevo mosaico, otro más, sobre los rasgos mínimos de esa ciudad queinsiste en levantar la cara para llevar la contraria.Las pequeñas partículas de altísimo interés que despiertan estos registros, es la demostración, al menos para mí, de queel futuro de los periódicos se ubica muy cerca de la gran explosión. Y que allí donde al Mercado y al Estado se le haceácil dominar a los enormes paquidermos, se le hará más difícil controlar a un montón de hormigas en fuga, queentienden que por sus propios medios es posible darle forma a esas historias que nos definen. Que coninvestigación, paciencia, descubrimiento y autocrítica también se hace la guerra. Y que eso nos resuelve.
Leo Felipe Campos Editor y creador del taller Por mis propios medios: Periodismo del siglo XXI Producción y corrección:  Johanna Marghella.
CLARAORI
 
 Agosto.
2009./ Caracas, Venezuela
Edición Única./ 
 
Que es patrimonio del pueblo, dice. Que tieneque estar funcionando, que nada de manten-imiento. Que qué hacemos sin él y que lo prendande una buena vez, vuelve a decir. Y, energúmenoya, el ciudadano anónimo cuelga el teléfono. Así,otras seis o siete llamadas. Protesta caraqueña,pura y dura.Eso, cuando lo apagaron durante tres días. El 11,12 y 13 de agosto de 2008, por un mantenimientorutinario, se bajó el
breaker 
y murieron, durante72 horas, los 600 bombillos. Desaparecieron lashoras y los minutos. Aparecieron quejas y reclamos. Se bajó el
breaker 
y adiós a la hora oficialde Caracas. Demasiados caraqueños sin relojdurante esos tres días en los que se apagó el relojde La Previsora.Pero volvió. A los tres días ya estaba, de nuevo,encendido y andando. Y de nuevo se mira haciaallá arriba. Se revisa, se sincroniza, se cerciora, seapura el paso, se toca más corneta, se suspirasabiéndose con tiempo o se da por vencido porqueya es demasiado tarde. Se ignora el reloj que setiene en la muñeca izquierda. Para qué, si allá estáel mega reloj, el grandote. El reloj por excelencia:la hora caraqueña.Tan conocido como el
Big Ben 
londinense, diceorgulloso Ignacio Fungariño, el padre del aparato;quien, junto con Gonzalo Martín, FranciscoMartínez y José Ramón Lozada, diseñó esamonstruosidad que fue, en su tiempo, el reloj másgrande del mundo. Más grande que el más grandehasta ese momento, que estaba en alguna iglesiamexicana y que apenas rozaba el metro y medio.Fungariño, quien recuerda con humor que losllamaron locos y desquiciados cuando develaronsus planos. Quien en 1972 -cree él que fue en1972- dejó olvidadas otras responsabilidades paradedicar 9 meses a darle la hora a La Previsora.Quien, con 69 años de edad le hace manten-imiento quincenal y se trepa y encarama paraasegurarse, dice él con su acento vasco, de que lamáquina camine. Así no sepa si sigue siendo el másgrande, el más preciso. Probablemente no, dice.Pero poco le importa. Igual quiere que camine.El problema es, dice Fungariño, que todos misamigos saben que yo estuve metido en lo del relojy cada vez que falla me caen encima. Tu reloj estámalo, me dicen. Y se ríe, Fungariño, mientrasentra al ascensor de la torre La Previsora.Sube 22 pisos, otros cuatro en otro ascensor y sigue por ahí, por esa salida de emergencia. Unpiso más que se sube a pie y una puerta queFungariño patea, patea dos veces más y abre. Lacabina del reloj, presenta. Y no te pegues ahí quehay corriente que jode, señala Fungariño con suizquierda a cables y cables y cables que, como elresto del cuarto, parecen tener más de sus reales 37años. La maquinaria golpeada y demacradafunciona, pero funciona como funcionan lascamioneticas viejísimas y destartaladas que encualquier momento pueden terminarse dequebrar. De romper. De requetedestartalarse. Ahora, anuncia Fungariño, vamos a trepar. Ya salióde la cabina vieja y mínima y ahora está en ese otrocuarto, que da hacia la azotea. Unas escaleras demetal, un candado que se abre y una compuertaoxidada y chirriante que no se desliza, que seempuja y se queja y se tropieza y ya el técnicovasco está a contraluz delante de un cieloazulísimo. Venga pues, dice Fungariño, que mira atoda Caracas mínima desde el techo de la horacaraqueña.27 pisos arriba, donde comienza el reloj, la vista legana a la de cualquier mirador y la brisa es másque la del mismísimo cortafuegos de El Ávila. Sedomina la autopista, el Guaire, Plaza Venezuela y su bola Pepsi, Parque Central, Chacaíto, la CotaMil y el cerro completo, de lado a lado.Fungariño aprovecha y habla de su criatura. Se haconvertido en un ícono de la ciudad, dice. A susespaldas, los 600 bombillos y sus filamentos y suscables y sus metales lo respaldan. Se saben el relojmás importante. Saben que son la hora de laciudad. Y Fungariño dice que el reloj de LaPrevisora de alguna manera define a Caracas,porque uno lo ve y sabe que está aquí, en lacapital.Otra compuerta vieja y oxidada más y otrasescaleras más que se bajan muy pegado a lasescaleras porque si no te raspas toda la espalda,dice Fungariño, y ya se entra a la barriga delaparato. Y se abre una lámina de metal y ahí estánlas tripas completas, que son los cables y losbombillos que hacia adentro son tripas pero haciafuera son números que dan, puntualmente, lahora. Cuatro pisos de pura tripa. Y de calor. Calor dentro de la estructura quesofoca hasta que se abre la lámina y de nuevo llega

Por
ÁNGEL ZAMBRANO COBO
02.
 
la brisa caraqueña a 27 pisos de altura. Y llega todoel ruido de ambulancias, cornetazos, tubos deescape y camiones. Pitidos de fiscales de tránsito y,distantes, una que otra mentada de madre. Viajahasta allá arriba el ruido mientras en primer planoestá una estructura metálica con sus cables y faroles y filamentos y después, en segundo y tercero y cuarto, el oeste de Caracas. Desde la tazade Nescafé hasta el Centro Simón Bolívar. Todo.El reloj marca casi las cinco de la tarde. Abajo seacumula la gente en las colas para los por puesto y encandila el sol y Plaza Venezuela comienza a serun estacionamiento y los peatones temen el Metroabarrotado. Comienza la hora pico allá abajo y todos, o casi todos, miran hacia arriba. Ven elreloj, calculan que si aún no son las cinco y diez,quizás la mejor vía sea Bello Monte. O no, mejorno. A esta hora, todavía, la mejor vía es la AvenidaLibertador. Conductores y peatones y autobuserosy motorizados sacan cuentas. Ven, todos, hacia loscables y bombillos que dicen que lo peor deltráfico no ha llegado. Y desde arriba, desde elpunto al que miran, todos se ven iguales. Todosson parte de allá abajo.Se ve tan pequeña Caracas que se sabe que esereloj se ve desde el bulevar de Sabana Grande o laautopista o el Jardín Botánico y no es nada de otromundo. Ícono, sí, pero desde tan lejos es casi unreloj despertador. No se ve que son 300 bombillosen cada una de las dos caras que hacen las líneasque hacen los números que dan la hora. Diminu-tos, los bombillitos, desde allá.Porque abajo, entre carros, cornetas, fuentesrecién reparadas y calles y bulevares, no se sabedemasiado acerca de los minutos y horas que vivenarriba. Desde la Gran Avenida no se cuentan pormillares los cables y circuitos. El vendedor delotería no palpa los 3,15 metros que mide cadanúmero. La vendedora de mamones y manzanas y piñas no comenta que el reloj consume tantaenergía como el faro del estadio universitario. Elque alquila teléfonos celulares no se asombra conlos cuatro pisos que hay que bajar para llegar alfondo del reloj y ningún peatón comenta que sí,que lo jura, que cuando se hizo ese reloj fue el másgrande y más exacto del mundo. Del mundomundial, sí señor. Y tampoco va Fungariño por la vida explicandoque lo especial del reloj es que cada número tienesu trazado propio. Que no es como cualquier relojdigital en el que el tres es igual al ocho pero condos rayitas menos. Que no, porque se quiso haceralgo especial. Tampoco va alardeando que lamáquina que le da el tiempo al asunto es suiza, demarca Patek Phillipe y de las mejores del mundo.Sí señor, también del mundo mundial.No va Fungariño diciéndole a los caraqueños queCaracas es otra vista desde el reloj de La Previsora.No le dice que por mucho que miren hacia allá,como lo hacen todos los días, no han visto nuncasu ciudad detrás de tanto cable y tanto bombillo y tanta altura de 27 pisos. No le dice que miranhacia el reloj, pero nunca se han visto desde la horacaraqueña.
03.

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