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“¡Cordero de Dios! Tú muerte ha dado
Perdón, paz, y esperanza del cielo:
‘Consumado es;’ ¡elevemos
Himnos de gracias y alabanzas!”
El pensamiento predominante relacionado con la muerte del Redentor,
debe ser de alabanza agradecida. Que nuestro Señor haya muerto en la
cruz es una fuente muy natural de tristeza, y muy bien pueden quienes
lo traspasaron (y todos nosotros nos contamos entre ellos), mirarle y llorar
por su pecado y afligirse por Él, como quien se aflige por su primogénito.
Antes de saber que hemos sido perdonados nuestra aflicción tiene
que ser sumamente opresiva, pues mientras el pecado no sea quitado,
somos culpables de la sangre del Salvador.
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