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Run Run

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RUN-RUN
Por Álvaro Podestá N (Chile) Run-Run era un niño saltarín. En la sala del Jardín, compartiendo la colación, o lavándose las manos con agua y con jabón, de improviso Run-Run daba un saltito y se volvía a sentar. Run-Run era bajito, tenía los ojos grandotes y usaba una gorra con visera larga de aviador. Si se le antojaba dar un saltito mientras corría, pataleaba en el aire, y luego continuaba con sus correrías.  __ ¿Por qué saltas, Run-Run? __Le decían. Y Run-Run contestaba:  __No sé. Y luego daba un saltito al revés.
 
¿Por qué saltaría en realidad? Tal vez porque era chiquito. Así podía ver más lejos. O para espantar mosquitos. Para que no lo picaran. O a lo mejor saltaba por deporte, así llegaría a ser un as del rebote. Nadie lo sabía con certeza, tampoco Run-Run, que contestaba no sé, no sé, no sé, encogiéndose de hombres y saltando a la una, a las dos y a las tres. Decidida a resolver este misterio, la tía llamó un buen día a Run-Run y lo recibió dando saltitos igual que él, para ganarse su confianza.  __ ¿Por qué saltas? __Le dijo la tía a Run-Run. Un poco confundido, Run-Run se quedó observándola y le preguntó a su vez:  __Y tú, ¿por qué brincas, tía? Preguntas iban, preguntas venían, y la conversación ni avanzaba ni retrocedía, hasta que la mamá de Run-Run hizo su aparición. ¡Aaaaaaaaalta! ¡Muy alta! Así era la señora Run-Run. Tanto, que su sonrisa y la chispa de sus ojos se confundían con la tibieza acogedora del sol.  Al verla, Run-Run comenzó a rebotar para alcanzar su mejilla y estamparle un ¡muac! sonoro. ¡Boing! ¡Boing! Pero era tal la altura de su mamá, que por más que lo intentó, no la pudo besar. Run-Run estaba triste, pues su saltito se había quedado corto otra vez. Run-Run practicaba y practicaba, pero como era chatito, aún no lograba saltar tan alto como para besar a su madre. Así es que la señora Run-Run debía doblarse
grandisisísima
 como era, para que su hijo saltador la pudiese alcanzar. ¡Muac, muac, muácate!

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