química en la que las plantas producen pesticidas en respuesta a una agresión y losinsectos desarrollan resistencia. Pero así ocurre.Si nos formáramos una idea exacta de la verdadera naturaleza de la naturaleza —sialcanzáramos a comprender el auténtico significado de la evolución—, veríamos unmundo donde todas las especies de animales, insectos y plantas vivos cambian a cadainstante en respuesta a todos los demás animales, insectos y plantas vivos. Poblacionesenteras de organismos crecen y decaen, se transforman y cambian. Este incesante yperpetuo cambio, tan inexorable e incontenible como el oleaje y las mareas, implica unmundo en el que toda acción humana conlleva forzosamente efectos inciertos. Elsistema que en su totalidad llamamos «biosfera» es tan complejo que no podemosconocer de antemano las consecuencias de nada de lo que hacemos
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.1. Esta incertidumbre es propia de todos los sistemas complejos, incluidos los sistemasartificiales. Tras caer el mercado de valores estadounidense un 22 por ciento en un solodía en octubre de 1987, entró en vigor una nueva normativa destinada a prevenir tanbruscas bajadas. Pero era imposible saber de antemano si esa normativa aumentaría laestabilidad o empeoraría la situación. Según John L. Casti, «la imposición de lanormativa era simplemente un riesgo calculado por parte de los responsables de labolsa». Véase la amena obra de Casti Would-be Worlds, Wiley, Nueva York, 1997, p. 80y ss.Por esta razón, incluso nuestros más lúcidos esfuerzos del pasado han tenido efectos nodeseados, bien a causa de una insuficiente comprensión, bien porque el mundocambiante ha respondido a nuestras acciones de manera inesperada. Desde este puntode vista, la historia de la protección del medio ambiente resulta tan desalentadora comola historia de la contaminación del medio ambiente. Todo aquel que afirme, porejemplo, que la política industrial de la tala de bosques es más perjudicial que la políticaecológica de la prevención de incendios ignora el hecho de que tanto una como otra sehan puesto en práctica con absoluta convicción, y ambas han alterado irrevocablementeel bosque virgen. Ambas aportan sobradas pruebas del obstinado egoísmo quecaracteriza la interacción humana con el medio ambiente.El hecho de que la biosfera responda de manera imprevisible a nuestras acciones no justifica la inacción. Ahora bien, sí es una poderosa razón para obrar con prudencia, ypara adoptar una actitud de duda ante todo aquello en lo que creemos y todo lo quehacemos. Por desgracia, nuestra especie ha demostrado hasta el presente unaasombrosa temeridad. Cuesta imaginar que vayamos a comportarnos de otro modo enel futuro.Creemos saber lo que hacemos. Siempre lo hemos creído. Al parecer, nuncareconocemos que si nos hemos equivocado en el pasado, bien podemos equivocarnosen el futuro. En lugar de eso, cada generación considera los anteriores errores fruto deideas mal concebidas por mentes menos aptas, y a partir de ahí empieza a cometer suspropios errores.
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