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Sarlo Beatriz - Horacio Quiroga Y La Hipótesis Técnico-Científica

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Beatriz Sarlo - Horacio Quiroga y La hipótesis técnico-científica
 Beatriz Sarlo
Horacio Quiroga y La Hipótesis Técnico-Científica
Ricardo Ortiz era argentino, y había nacido en lacapital federal. Su familia, de cuantiosa fortuna,dedicóle a la ingeniería eléctrica, para lo cual Ortizmostraba desde muy pequeño fuerte inclinación.Hizo sus estudios en Buffalo con brillante éxito.Volvió a Buenos Aires, y en vez de ejercer su profesión, dedicóse al estudio de pilas eléctricas;creía estar en la pista de un nuevo elemento deintensidad y constancia asombrosas.
 El hombre artificial 
Datos de una biografía
Dos amigos, no precisamente preocupados por sostener una hitesis, sino poconfeccionar una “vida” de escritor donde todo encuentre un lugar adecuado, incluso aquellosrasgos menos tolerables para la moral de la época, ofrecen a los lectores de su libro, escrito enlos meses que siguen a la muerte de Horacio Quiroga, múltiples noticias sobre sus pasionestécnicas.
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  No menos de veinte veces, en un volumen de cuatrocientas páginas pequeñas,nombran los experimentos, los talleres, los fracasos y los caprichos técnicos del biografiado:las menciones parecen, más que buscadas, inevitables, cuando los autores se refieren a lasdiferentes casas habitadas por Quiroga, donde el taller de química, galvanoplastia o el hornode cerámica ocupaban el centro; al equipaje con el que partía hacia Misiones; al trabajo físicoinvertido en el escenario rural del que su segunda mujer huyó de tedio; a las empresas que allímismo intentó para liberarse de una escritura obligada que los diarios y revistas pagaban mal;a las pasiones de juventud y madurez primero por el ciclismo, más tarde por su moto, luego por un barco construido por él mismo, y finalmente por un Ford a bigotes.Los dos biografistas, Delgado y Brignole, no fundan, con estos datos, otra interpretaciónque la psicológica: la tendencia a un “placer complejo” que incluye la actividad física y eldesafío al ingenio. No avanzan más uniendo los datos que proporcionan: esto los hacesingularmente valiosos, porque son a la vez inevitables y sólo motivados por la biografía, quehilvana los temas del mito quiroguiano; pero uno de esos temas, precisamente el de la pasiónexperimental y el pionerismo técnico, es un no-tema, algo que está allí sin merecer unsubrayado.Todavía en Salto y antes de los veinte años, Quiroga “si alguna predilección manifestaba,
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José M.Delgado y Alberto J. Brignole,
Vida y obra de Horacio Quiroga,
La Bolsa de los Libros, BibliotecaRodó, Montevideo, 1939.
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Beatriz Sarlo - Horacio Quiroga y La hipótesis técnico-científica
fuera de su pasión desordenada por la lectura, ella se refería, no a las profesiones liberales,sino a los oficios de la artesanía. Las máquinas, sobre todo, ejercían sobre él una atracciónsingular”. A la mecánica, se agrega poco después la química:
Sus habitaciones de la casa urbana y de la quinta se convirtieron en laboratorios armadoscon toda clase de retortas, probetas, destiladores y frascos llenos de los más diversosálcalis y ácidos. Se pasaba largas horas encerrado en ellas, repitiendo las experienciasfundamentales del análisis y la síntesis. Pero su imaginación no podía resignarse a este papel pasivo y rutinario, tentándolo con frecuencia a pruebas absolutamente inéditas por ella sugeridas.
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Enseguida, previsiblemente, vino la fotografía, considerada “más como un oficio que comoun arte”:
A las revistas de ciclismo y las efigies de sus campeones, a la biblioteca y el arsenalquímicos, se vinieron a agregar galerías fotográficas, baterías de cubetas aporcelanadas,líquidos fijadores y reveladores, kodacs y, en un rincón, una cámara oscura.
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Ya en Buenos Aires, y algunos os desps, Quiroga y Brignole comparten undepartamento; de la habitación ocupada por Quiroga, su amigo recuerda la mezclaescenográfica de actividades y enseres, pero, sobre todo, las herramientas de su nueva pasión,la galvanoplastia y la electrólisis: se trata de una versión moderna de las quimeras deconversión y reversión de materiales, a las que Roberto Arlt, singularmente, tampoco fueajeno.
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Una pasión que tiene tanto de estético como de técnico, porque está fundada sobre latransformación de la materia y, sobre todo, sobre su enriquecimiento: los metales menosatractivos se convierten, por la electrólisis, en materias brillantes y pulidas, más cercanas aloro y al bronce, con la nobleza superficial de la sustancia rica que ha sido creada y adherida enel proceso. Pero, al mismo tiempo, la electrólisis es la forma moderna de la alquimia, apela ala imaginación del transformador de materiales y tiene, en esos años, un atractivo artístico junto al evidente sentido práctico.En rigor, Quiroga se relaciona tan activamente con la técnica como con la artesanía.Representa algo nuevo, dentro del universo cultural rioplatense: se trata de la cercanía efectivacon la materia y la herramienta; se trata del puente, establecido por sobre los libros y lasrevistas técnicas que leía,
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con un ‘saber hacer’ que no tenía ni prestigio intelectual ni mayores
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Delgado y Brignole, cit., pp. 56 y 57.
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Ibíd., p.58.
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A juzgar por los registros de invenciones, la galvanoplastia por electrólisis comenzaba a preocupar tanto aempresas extranjeras radicadas en Buenos Aires como a los imaginativos rioplatenses, casi con la mismaintensidad que los adelantos fotográficos y fonográficos. Véase, en el Registro de Marcas y Patentes, Grupo 2,gaveta 26, “Electroquímica, electrólisis, galvanoplastia y similares; medios, aparatos, etc. empleados ycomposición o preparación de baños electrolíticos; electrodos y electrolitos; sus diferentes aplicaciones en laindustria”. Antes de 1913, y sin fecha, se patentan cinco inventos, tres de ellos argentinos y dos reválidas de patentes extranjeras. En fotografía, y también antes de 1913, hay 16 patentes otorgadas, de las que sólo dos sonreválidas de inventos norteamericanos. Pero el aumento verdaderamente espectacular del número de patentes entodos los rubros se produce a comienzos de la década del veinte, cuando de las alrededor de mil patentes anualesde la segunda década del siglo, se pasa a las 2.800 de 1923.
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“Había adquirido un gran bagaje de conocimientos en física y química industriales, así como en todo lo relativoa la artesanía. Su lectura favorita era la de los manuales técnicos Hoepli” (Delgado y Brignole, cit., p.299).
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Beatriz Sarlo - Horacio Quiroga y La hipótesis técnico-científica
tradiciones locales en las elites letradas. La vocación por el ‘saber hacer’ está, probablemente,en casi todas las aventuras de Quiroga: desde su primera empresa algodonera en el ChacoAustral, hasta el jardín botánico más o menos exótico que consiguió plantar, injertar ycombinar durante su último período en San Ignacio. En el medio, los ‘inventos’, que sus biógrafos llaman “quiméricas empresas” y que convendría mirar no sólo desde la perspectivade un escritor en la selva misionera, tratando de ganarse la vida fuera del mercado literario deBuenos Aires, sino como estrategias de instauración de un poder frente a la naturaleza por lamediación de la técnica y del ‘saber hacer’ técnico. Las empresas de innovación que fantaseason varias y se las atribuye a uno de sus personajes misioneros:
Fabricación de maíz quebrado siempre escaso en la localidad: mosaicos de bleck y arenaferruginosa; de turrón de maní y miel de abejas; de resina de incienso por destilaciónseca; de cáscaras abrillantadas de apepú, cuyas muestras habían enloquecido de gula a losmensús; de tintura de lapacho, precipitada por la potasa y de aceite esencial de naranja.
Esta enumeración se incrementa con creolinas, superfosfatos, materias colorantes,extracción de caucho, construcción de secadores y carriles, etc.
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En 1914, cuando la guerravolvió imposible la importación de carbón europeo, Quiroga se embarcó en la fabricación decarbón de leña, un proceso que excedía no sólo sus posibilidades económicas sino también susaber técnico y que terminó, irónicamente, en un gigantesco y algo ridículo incendio de loshornos durante la prueba definitiva.Estos proyectos de tecnología sicamente agraria desbordan la idea de un hobbytecnológico o de una vuelta de tuerca del dandysmo urbano por intermedio de una suerte deindustrialismo rural, aunque este último rasgo no puede pasarse por alto. En efecto, en elfervor del pionero tecnológico hay algo de jugador comprometido en apuestas cuyo desenlaceno domina, aunque crea poseer el saber, en este caso técnico, del juego; está también ladistancia irónica del dandy que Quiroga había sido, en ese gusto por el riesgo económico de laaventura que el buen sentido burgués considera alocada. Está, finalmente, el gusto literario por la experiencia vivida de un Robinson moderno, que recorre por sus propios medios el caminode la invención y las aplicaciones de la imaginación técnica: una figura de escritor que,totalmente desconocida en el Río de la Plata, remitía sin embargo a personajes de Jack London: naturalismo y materialismo filosófico en estado práctico.
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Quiroga siente el llamado de la dimensión tecnológica y la innovación aplicada, que seapoya, sin duda, en una poética naturalista, pero no sólo en ella. Si antes de escribir “Elconductor del rápido” se empeñó en realizar un viaje en tren acompañando al maquinista,
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yeste propósito sería perfectamente adecuado al imperativo estético-moral del naturalismo, su placer frente a la materialidad técnica más banal lo conducía a recorrer la Ferretería Francesade Buenos Aires con la dedicación y el placer de un
 flâneur 
de nuevo tipo, y buscar en las
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Horacio Quiroga,”Los destiladores de naranja”, y Delgado y Brignole, cit., p.224.
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En esto, la ficción de Quiroga se diferencia de la construida por otros modernistas sobre la base de algunashipótesis “científicas”. Nada hay más extraño a Leopoldo Lugones, para poner el ejemplo inevitable, que estas preocupaciones practicas, del todo ajenas al tono de los cuentos recopilados en
 Las fuerzas extrañas
(BuenosAires, 1906).
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Horacio Quiroga, “Cadáveres frescos”, en
Obras Inéditas y desconocidas,
Montevideo, Arca, 1968, pp.130 y ss.
*
Ocioso. (JB)
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