color turquesa del mar Caribe, o aquel increíble volcán Chimborazo de inauditamagnificencia, que tanto lo impactó. Él mismo se expresaba en ese sentido, pero resultarazonable imaginar que, si de elegir se hubiera tratado, difícilmente hubiese elegidohacer todos y cada uno de los viajes que hizo, teniendo en cuenta las condiciones en quedebió hacer muchos de ellos, algunos repitiéndolos varias veces y por haberse visto, enmás de una oportunidad, forzado a hacerlos sufriendo terribles dolores por sus problemas de salud. Es que en medio de tantos viajes, tantas batallas, tantos paisajes,¿no habrá soñado Bolívar con el descanso del guerrero, el cálido abrigo de un hogar, la paz de un ámbito familiar con sus ruidos, olores, y rincones particulares y reconocibles,al menos por un lapso de tiempo medianamente prolongado? ¿Cuántas veces seencontró el Libertador en un momento de remanso, en un lugar agradable, en compañíade aquella persona con la que él quería estar, y simplemente, luego de recibir una cartacon malas noticias, debió partir abruptamente casi sin pensarlo, a solucionar inesperadascomplicaciones que requerían su inmediata intervención, obligándolo a trasladarse através de inmensas distancias? ¿Cuántas veces debió apurarse para llegar lo antes posible a algún lejano sitio de su quimérica Colombia, donde le esperaba unainsurrección, un traidor, un revés militar o una catástrofe? Quizá tantas veces que no es posible contarlas. Pero entre tantos desplazamientos, a lo largo de tantos años, desde sullegada al mundo hasta el día de su partida final, ¿donde permaneció Bolívar paradescansar, para refugiarse, para desaparecer durante un instante de aquel convulsionadomundo nuevo que él estaba creando y que, en medio de su vorágine, reclamaba permanentemente su presencia? Increíblemente, a lo largo de sus cuarenta y siete años,en muy pocas oportunidades de su vida pudo Bolívar permanecer en un mismo sitiodurante períodos relativamente prolongados, o al menos sitios que pudiera él haber considerado que le resultaban placenteros. Un lugar en el cual él quisiera estar, que noquisiera abandonar, al cual, si debía partir, recordaría siempre. No un alojamiento,temporal, una casa ajena, una tienda de campaña, sino un lugar que le ofreciera algo quesólo puede ofrecer un verdadero hogar. Ya desde pequeño la adversidad lo obligó aabandonar su casona natal en Caracas; luego, siendo tan sólo un adolescente, se marchóde su tierra camino a Europa y después de algunas idas y vueltas comenzó suinterminable derrotero por el mundo colonial americano hasta que su vida se extinguiócuando contaba con tan sólo 47 años de edad.Veamos, de acuerdo a los diferentes momentos y circunstancias de su vida,cuáles pueden haber sido aquellos lugares que podrían considerarse como las casas másimportantes de la vida de Simón Bolívar, aquellas por las cuales él, por diversascircunstancias, debe de haber sentido algo especial.Sin dudas, el hogar natal sería uno de ellos, aquel lugar en el cual uno nace y pasa toda su infancia en compañía de su familia, y que, aunque debiera ser abandonadosiendo uno tan sólo un pequeño, queda grabado para siempre en la mente y en elcorazón como uno de los más importantes escenarios del desarrollo de nuestras vidas.Ese escenario que vio el inicio de la vida de Bolívar fue la casa familiar de Caracas,seguramente la primera casa importante de Bolívar.Si a lo largo de la vida de una persona, las casas más importantes desde el puntode vista personal, además de la casa familiar, son quizá aquellas donde uno permaneciócierto tiempo, feliz, plácido, donde ocurrieron hechos de trascendente importancia, y encompañía de esas personas amadas con las que se deseaba estar y compartir, sóloexistirían dos casas en la vida de Simón Bolívar que podrían cumplir estascaracterísticas. Son dos casas en las cuales el Libertador se instaló, donde encontróestabilidad, donde pudo ejercer sus funciones sin tener que correr a diario de un lado aotro o a dónde podía regresar si debía partir, donde fue feliz, donde descansó, y donde
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